Poca sensibilidad

Ayer fue un día difícil en nuestro país. Una [Enlace bloqueado por la Tasa española AEDE] puso a España al borde del colapso.

 

Los líderes de las tres asociaciones mayoritarias del sector, Anapal, Fenapal y Apla (¿a que no sabíais que había tres asociaciones mayoritarias en este sector, eh?, ¿a que no sabíais que existía este sector, eh?) , gente sin corazón sin duda alguna, menospreciaron a millones de personas que, como yo, a diario acudimos a un despacho de loterías.

 

Sabiendo que tienen la sartén por el mango (el quinto poder, le llamaría yo) decidieron cerrar ayer todos estos despachos, lugares necesarios e imprescindibles en la vida de cualquier ser humano. Se me encogió el corazón al ver el despacho de loterías de mi pueblo cerrado. Me invadió una desazón como hacía tiempo que no recordaba yo, fíjate.

 

En fin, desde aquí quiero darle un tirón de orejas a los líderes de las tres asociaciones mayoritarias del sector, Anapal, Fenapal y Apla (¿a que no sabíais que había tres asociaciones mayoritarias en este sector, eh?, ¿a que no sabíais que existía este sector, eh?) , gente sin corazón sin duda alguna, por haber puesto en vilo el normal funcionamiento de un país. Total, todo por no estar de acuerdo con  los planes de Loterías y Apuestas del Estados (LAE) de que la Lotería Nacional se pueda vender por terminal -tal y como sucede con la Primitiva– y cambiar el régimen por el que se rigen las administraciones -pasar del administrativo al mercantil.

 

Me río yo de las huelgas de controladores aéreos al lado de esta.

 

Poca sensibilidad, joé.

 

El cajón de las medicinas

El otro día tuve que buscar una pastilla, para mi dolor de cabeza, y tuve que abrir el famoso cajón de las medicinas. En esos momentos pensé que ese acto era muy común, por suerte o por desgracia, en la mayoría de hogares. Y también pensé, que en la mayoría de hogares, por suerte o por desgracia, había un cajón para las medicinas (o en su defecto un mueble. No me vengáis con un botiquín porque eso ni se lleva ni cabe nada dentro. Mete una caja de Almax de 60 sobres en un botiquín si tienes cojones).

 

Pues eso, eché un vistazo a mi cajón, que tuvo sus días de gloria, buscando la pastilla en cuestión (creo que buscaba Ibuprofeno, LA panacea de nuestro tiempo), y, revolviendo el maremágnum de cajas, prospectos, termómetros y medicamentos pensé que probablemente en la mayoría de hogares ese cajón presentaría ese estado (más o menos lamentable), salvo en casa de mi padre donde cada caja, cada medicamento, está estrictamente colocada desde hace años en el mismo sitio. Y que no se atrevan a moverse.

 

En mi caso fue frustrante. De hecho me tuve que tomar un Nolotil ante el fracaso de mi misión. Al abrir el cajón se liberaron las fuerzas del averno y las cajas allí recluídas relajaron su presión, presentándose ante mí un panorama desolador. No sé cómo lo tendréis vosotros, pero allí no había quien encontrara nada. Prospectos pringosos, cajas que nunca había visto, medicamentos sueltos, sin nombre, tiritas, todo revuelto. Había incluso una caja en la que habían escrito a boli «Juan José Millás», en el colmo del surrealismo. Lo mejor son las cajas vacías. Esas son para el que no le duela nada. Había unas pocas también.

 
La prueba

En un arrebato de estupidez, pensé ordenarlo, incluso quitar los medicamentos caducados. Cuando ya tenía el Gelocatil del 2001 y el Zovirax de 1998 apartados, desistí del intento, retornándolos a su anárquico mundo.

 

Otra vez será. A fin de cuentas me dolía la cabeza, no estaba yo para muchos trotes.

 

Telefónica y yo

El otro día, harto ya de las llamadas desde números anónimos tras los cuales se agazapan teleoperadores (la mayoría sudamerican@s) al servicio de Telefónica para inundarme con ofertas de megas, líneas y packs, sin darme opción a decir que NO (no te dejan), decidí coger el toro por los cuernos y llamar al 1004 para poner fin a ese desenfreno comercial invasivo. Tras la musiquita de rigor, me atendió un operador (sudamericano también):

 

– Buenas tardes, mi nombre es XXXX YYYY (mantendré a la criatura en el anonimato, aunque no sé si algún día podré borrar su nombre de mi memoria), ¿en qué puedo ayudarle?

 

– Pues mire, me gustaría que dejaran de llamar a mi casa operadores de telefónica para ofrecerme productos. No quiero que me llamen más, a ver si eso es posible, ome.

 

 

Tras preguntarme mi nombre y DNI y hacer comprobaciones varias, mientras yo intentaba pinchar un trozo de pepino de la ensalada:

 

– Muy bien Don Juan Carlos. Ahora mismo notifico su solicitud, pero le aviso que esto sólo tendrá efecto con llamadas procedentes de Telefónica, y no de otros operadores.

 

– No se preocupe. De los demás operadores me encargo yo.

 

– Pues muy bien, ya ha sido dado de baja y no le llamarán más. ¿Alguna cosa más, Don Juan Carlos?

 

– No, nada más, muchas gracias – a punto de colgar, feliz, saboreando el trozo de pepino empapado en vinagre. Había vencido al emporio.

 

– Pues antes de irse, Don Juan Carlos, permítame ofrecerle el nuevo pack duo de Telefónica ,  que incluye el servicio ADSL de 6 megas, más el alquiler de línea….

 

No daba crédito a lo que estaba oyendo.

 

– Pero, espere, espere. Si acabo de llamarle para decirte que estoy hasta los huevos de las ofertas de Telefónica, y me da usted de baja, y ahora me hace justo lo que le he pedido que no me hagan más. ¡Esto es surrealista!

 

– Ya, Sr. Juan Carlos, peor entiéndame, es mi trabajo,no se ponga así.

 

– Ok, le entiendo, pero no quiero nada más. Muchas gracias.

 

Aún hoy repito ese maldito pepino.

 

El film transparente

Quería hablar sobre uno de los inventos más perversos del ser humano: el film transparente. Cuando era pequeño, esta aberración no existía, al menos en formato "home edition". Las industrias conserveras y eso seguramente lo utilizarían. Pero llegó un momento en que se comercializaron los rollos de film para envolver bocadillos y demás. Y yo tengo uno en mi casa (un rollo de estos dura tela marinera. Igual hasta me ha caducado).

 

Este invento no tiene más que inconvenientes, a no ser que lo tengas perfectamente colocado en uno de esos aparatos que venden para colocar y cortar el papel aluminio y el transparente (de estos aparatos del demonio también hablaremos otro día).

 

El primer inconveniente reside en detectar por dónde va el corte del rollo. Al final acabas abriéndolo con las uñas (si no te las  has mordido de la histeria) para poder empezar a sacar el dichoso film. Bien, una vez solventado esto ya parece todo más fácil. Consiste en ir desliando hasta obtener el tamaño adecuado con el que envolver el bocata en cuestión. Una vez calculado, viene lo bueno, que es cortarlo, y aquí hay que concentrarse. Olvidáos de las tijeras, porque tendréis que soltar una mano del rollo, dejando en libertad al malvado film, que se encogerá a las primeras de cambio, lo que será vuestra perdición. El primer intento de corte dadlo por nulo, como la primera rodaja del pan bimbo. Saldrá mal y se os arrugará el film. Al segundo intento iréis con mucho mimo rasgando cuidadosamente hasta que el film, en toda su extensión, se despliegue en el aire. Es un momento delicado, porque a partir de ahora el film tiende a buscarse a sí mismo y, conforme lo acercáis al bocadillo, se va cerrando en tu cara. Cuando por fin lo depositáis sobre el pan, el tamaño original se ha visto reducido a la mitad, lleno de pliegues. Al final envolvéis el pan malamente, con un trozo enano, dejando partes al aire.

 

Para acabar, a la hora de abrir el bocata para comerlo, estaréis conmigo en que no tiene nada que ver un bocadillo envuelto en su papel de aluminio, que el bocadillo pegajoso y reseco que aparece cuando quitas el puto plástico de los cojones, ome ya.

 

PD: ¿No os gustaba oler la mochila despuésde una excursión del colegio?

 

Los altramuces

No voy a hablaros de ningún nuevo grupo indie de La Mancha, no. Es un post gastronómico, gastroanímico.

 

El otro día estaba comiendo unos altramuces (viendo al Barça hacer trizas al Bilbao) cuando me dió por mirarlos fijamente a su único ojo y preguntarme, cual príncipe de Dinamarca, ¿de dónde salís, bichos? ¿del mar?, ¿de un árbol?, ¿se cazan?, ¿se elaboran?, ¿se plantan?, ¿los expulsa algún animal? Creo que ellos me miraron algo extrañados e hicieron corrillo, poniendo en duda seguramente mi lucidez mental. No les hice caso y acudí a Internet para estudiar su origen, su comportamiento, su sensibilidad.

 

Diceee:

"El altramuz blanco, chocho o lupino blanco (Lupinus albus),  es una especie leguminosa de la familia Fabaceae. Posee un fruto achatado que suele ser utilizado para alimentar ganados (es que somos unos animales). Es también comestible para el ser humano si previamente se le quita el amargor.

Para poder consumir los altramuces como aperitivo es necesario tenerlos más de 12 horas en remojo.

Junto con la soja, el altramuz es una de las fuentes más ricas en proteína vegetal, contiene 39 gramos por cada 100, frente a los 25 gramos que contienen otras legumbres." Tantos gramos.

 
Dice Internet que de este arbusto se sacan los altramuces. Yo no me lo creo.

 

Hay incluso páginas que te hablan de la historia del altramuz. Igual existe una Plataforma Por El Altramuz, quién sabe.

http://www.historiacocina.com/historia/articulos/altramuces.htm

 

Eso es todo. No ha quedao malote, ¿no?

Un día en las carreras

El otro día nos dio por ir a ver las carreras de caballos, al Hipódromo de Dos Hermanas (¿qué pasa? ¿y esas risas? no es Ascott, pero tiene su corazoncito, ome). Nunca había ido a un hipódromo, ni había visto una carrera de caballos, y eso que vengo de la ciudad del caballo. Así que nos plantamos allí una mañana de domingo en la que el sol helaba.

No sabía qué tipo de público me iba a encontrar, aunque me esperaba mayoría pija. Finalmente fue así, pero un pijerío que no convence, que no las tiene todas consigo. También había algún que otro cani despistado, y gente del mundillo hípico (se ven a legua, hacedme caso). No vi a ningún after-punk, eso sí.

 

Quedaban dos carreras cuando llegamos. Nos acercamos a la zona de apuestas, pero había mucha gente con papeles en la mano, y no entendía nada, me agobié y pedí dos cervezas (apuesta segura). Así que nos sentamos en la grada y vimos la penúltima carrera. Cada carrera tiene su favorito, y cada caballo y jockey tiene una historia. El hombre del megáfono te va detallando los pormenores de cada uno antes de la carrera. Como no habíamos apostado, pues no tenía gracia. Ganó un caballo y punto.

 

Así que para la última carrera, el Premio Porcelanosa, teníamos que apostar. Ya había leído en el periódico que el favorito era el número 1, "Entre Copas". Encontré unas taquillas de apuestas que estaban vacías, y, como no tenía ni idea, la chica me lo explicó a través del cristal:

 

"La apuesta mínima es dos euros. Puedes hacer 4 tipos de apuestas:

  1. Ganador: Ganas si el caballo que indicas resulta vencedor de la carrera
  2. Colocado (esta es la mía!): Ganas si el caballo que indica queda entre los tres primeros
  3. Gemelos: Eliges dos caballos, y ganas si entran primero y segundo.
  4. Trio: Eliges tres caballos y ganas si entran primero, segundo y tercero."

 

Luego, todo va en función de grado de favoritismo que tengan los caballos. Para eso hay unos monitores a los que no miré ni un segundo (eran cifras raras). Total, que aposté dos euros al número 3 como ganador, y otros dos al 7 como colocado. Tiré la casa por la ventana, un día es un día. Yo sabía que el favorito era el 1, pero el 1 no iba a ganar, ome.

 

 

Nos subimos a la grada de nuevo, y vimos la carrera, ya sintiéndola nuestra, como si lleváramos toda la vida apostando en el hipódromo. Al final ganó el número 1, sobrado, "Entre copas" (si va a su ciudad, joven, apueste por él), el número 7 llegó colocado, aunque no entre los tres primeros, y mi caballo ganador,el número 3, debe estar entrando en meta en estos momentos…(qué ridículo…).

El ome y la tierra (Día 2)

Ya lleva 24 horas entre nosotros, y el pequeño Ron se está aclimatando a la vida sedentaria y semiburguesa. (No os penséis que os voy a abrasar con la vida de Ron, como cualquier bloguero del montón, esto es sólo por la novedad, los 176 primeros días de vida, ome)

Pero ayer viernes por la tarde tuvimos un incidente escalofriante. Si habéis visto la excelente película "Al final de la escalera", el protagonista John Russel (George C. Scott. De pie, por favor) coge la puta pelotita de tenis que baja sus escaleras y la lanza al río, esperando no verla más. Cuando vuelve a casa, ve aterrorizado cómo la pelotita está bajando de nuevo sus escaleras. Si lo trasladamos a nuestro caso pajaril, ayer por la tarde abrí la puerta de mi casa, y me veo una criatura exactamente igual que Ron, en la misma postura y en el mismo sitio exacto, en la baranda del porche de la casa. El corazón me dio un vuelco. ¿Tendremos familia numerosa a este paso?. No. Al acercarme a la desdichada cría, ésta había fallecido del golpe, y había un pequeño charquito de color oscuro cercando su cabeza. No tuvo la suerte de Ron. La suerte de los campeones.

En el video de hoy podéis ver cómo va cogiendo soltura el pequeño, e incluso se anima a bailar al son de Tom Waits (muy de moda últimamente).

Con vosotros, Ron y "16 shells from a Thirty-Ought Six"

El ome y la tierra: Ron ha muerto

Ron ha muerto.

La suerte de los campeones de la que hablaba ayer, le dió la espalda esta noche, como se la dió al Real Madrid en Tenerife dos años seguidos.

Mientras dormíamos, su pequeña vida se ha apagado plácidamente. No ha sido capaz de superar el abandono, la caída del nido y la vida entre humanos.

Hoy ha sido enterrado en el panteón familiar bajo las tristes notas de "In the neighborhood", de Tom Waits (es un ensayo para cuando me toque a mí).

Descansa en paz, Ron. Te tributamos este video-homenaje:

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El ome y la tierra  
El ome y la tierra (Día 2)

El ome y la tierra

Ayer por la tarde, al regresar de un centro comercial de volver a comprobar que en "rebajas" te sacan la ropa de hace 15 años e intentan colártela a mayor precio que el que valía en su día (sólo me faltó ver una camisa con hombreras), nos encontramos en el porche de casa una diminuta criatura tumbada boca arriba, meneándose lastimeramente.

No era una cookie (cookie es cucaracha en el Aljarafe), no. Era una cría de gorrión hispano, de la familia de las leguminosas. Pero es (mientras escribo esto aún existe) la cría de gorrión más pequeña que he visto en mi vida. Es más, creo que es el ser vivo más pequeño que he visto en mi vida (a Danny de Vito aún no me lo he cruzado). Me daba miedo cogerlo, pero tampoco podíamos dejarlo ahí al sol de Sevilla, solo. Así que lo recogimos, fui a la Farmacia a por una jeringa y una papilla infantil (creo que el farmacéutico no se creyó que era para un gorrión prematuro, y me dijo "Chico, la droga es mala, de veras…y más con este calor que hace…Más chutes no, ni cucharas impregnadas de heroína"). Total, le dejé bailando Los Calis sobre el mostrador, jaleado por los clientes, y me fui a salvar una vida.

En el video de abajo podéis ver cómo Rakel alimenta con mimo al bicho (mitad pájaro mitad alienígena) y cómo éste, en agradecimiento, le baila al son de Fatboy Slim en el minuto 1:55. Si sobrevive, arrasará en Benicassim en unos años.

Le he bautizado como Ron, en honor a  Ron Wood, líder de The Birds antes de darle el "sí, quiero" a Mick Jagger. (Os recomiendo que abráis el enlace a la canción de The Birds, sobre todo si sois mods en la intimidad).