Gin, Coke and Ice

Hoy toca un poco de autobombo, ome.

Soy un prolífico compositor de canciones. La pega es que la mayoría se quedan en mi móvil, o, lo que es peor, en mi cabeza, hasta que se desvanecen y, finalmente, mueren. Pero algunas privilegiadas han tenido el honor de ser tratadas en los Estudios Padre Marúriz. Es el caso de este «Gin, Coke and Ice», una de las canciones de las que me siento más orgulloso. Por eso, hoy he venido aquí a hablar de mi libro.

Gracias a la letra, arreglos, bajo y coros de Maleso, y a la voz y presencia de Susana Troyano (en una formación conocida comoMi hermano, mi cuñada & Yo, que dará que hablar en la próxima década), el pequeño germen que tenía en mi móvil y en mi mente pudo cobrar forma hace ya un año y pico. La canción se postula como un homenaje al soul de principios de los 60, una mezcla entre los girls-groups y la ingenuidad agresiva de Sam Cooke, todo ello pasado por el tamiz un tanto canalla – por aquello de la letra –  de la malograda Amy Winehouse. En fin, ni yo mismo sé qué digo. Ahí os la dejo para que no se pierda mi legado.

Y suerte.

Stop

La primera gota de sudor frío está a punto de alcanzar la ceja de Ignacio. Ha estado luchando para que eso no se produzca, para que no llegara a ese extremo. Ni siquiera una dosis extra de su medicación cuando nota los primeros síntomas está sirviendo de nada. Preveía que la batalla estaba perdida. Se conoce muy bien, así como conoce el desenlace de su ataque; pero nunca le ha ocurrido en un tren. ¡Y tiene que salir de allí! Pero la próxima estación está a hora y cuarto de camino. Es inútil hablar con las azafatas. No le conocen. Un ataque de ansiedad, cálmese, llegaremos pronto, ¿le traemos agua?. Será inútil. Tiene que detener el tren y correr. Están pasando por vastos campos donde los agricultores acarician sus tierras. Al fondo, la carretera. Debe correr. Pero nunca ha detenido un tren. ¿Quién ha detenido un tren? Debe buscar la palanca (roja, ¿no?) y hacer caso omiso a cualquier indicación de advertencia o a cualquier persona que vea sus intenciones e intente disuadirle. Se levanta, pálido, la mirada perdida y busca en la plataforma de separación de vagones la palanca que tiene que activar. No hay ni un cristal de protección. ¿Cualquiera puede detener un tren?. Mira al interior del vagón, la gente lee o mira las pantallas. No es momento de pensar en la gente. Y menos en esa gente. Agarra con decisión la palanca y tira hacia abajo con fuerza, haciendo saltar el resorte de seguridad. Se agarra a la barra de la ventana, esperando el frenazo seco, pero no ocurre nada, el tren sigue su marcha, la gente sigue leyendo. El pánico es él. ¿NO ha pasado nada? Espera. Mira por la ventana, todo sigue igual. O todo PARECE igual. Pero no es así: los agricultores ahora no se mueven, los coches están detenidos en la carretera. En el cielo hay una bandada de pájaros estáticos, como si estuvieran dibujados en la ventana.

La noche de Los Jerónimos

La ceniza del cigarrillo caía periódicamente sobre el arriate que bordeaba la terraza de mi habitación del Aparta Hotel Los Jerónimos. Su ubicación, cercano al Museo del Prado y colindante a la Iglesia de Los Jerónimos, sumada a la tranquilidad del entorno, convertía el lugar en el sitio idóneo para la «operación» que estaba a punto de realizar. Desde mi posición pude ver cómo se acercaba arrastrando los pies el hombre que supuse sería mi contacto: Damián, un antiguo profesor de Arte, hoy reconvertido en marchante y comprador de obras al servicio de un misterioso personaje. Acaudalado, por supuesto. Uno de los fantasmas de las subastas, imaginé.

El timbre sonó a la hora acordada. Apagué el televisor (no daría muy buena imagen a mi interlocutor si hubiese dejado conectado el programa que estaba viendo, presa del aburrimiento) y abrí la puerta con cierta ansiedad. Frente a mí, embutido en un abrigo gris demasiado largo (casi le tapaba los zapatos), se encontraba él. Nada más verme y, mientras le tendía mi mano y le invitaba a entrar, su gesto fue adquiriendo primero un aire de seriedad, y luego de cierto estupor. Al principio pensé que le recordaba a alguien y de ahí su sorpresa. Y al final descubrí que realmente era así.

– Supongo que ha traído la cantidad acordada – sus ojos pequeños y redondos no dejaban de mirarme mientras tomaba asiento -, y en efectivo.

En este punto he de contaros el motivo de mi encuentro con Damián. Mi papel en el asunto era hacer de simple correo entre mi jefe y Damián, porque, aunque entendía de Arte, mi conocimiento quedaba fuera del radio de acción de la transacción encomendada. Estaba a punto de adquirir la única obra de Filipo Bertematti, «Autorretrato», fechada en 1449. Bertematti fue un oscuro pintor renacentista, muy amigo de Pisanello, marcado por el hierro de la Inquisición. Se rumoreaba que sus pinturas invocaban al diablo y fue citado a declarar varias veces ante el Santo Oficio. Cuando se hizo pública su culpabilidad y estaba a punto de ser apresado en su casa-taller de Verona, Filipo prendió fuego a todas sus obras y se arrojó por la ventana, portando con él únicamente el lienzo que me disponía a adquirir, su autorretrato.

– Estoy impaciente por verlo -le dije mientras le acercaba el bolsito con el dinero acordado y le daba un trago a la copa de vodka.

Tras revisar el bolso, Damián abrió la maleta rectangular de la que no se había separado en todo momento, sacó el lienzo y me lo entregó sin mirarme a los ojos. Iba enfundado en una especie de marco de cartón duro.

He de confesar que me estremeció la primera visión de la pintura. «Autorretrato». El rostro que Filipo había trazado quinientos años antes era sorprendentemente parecido al mío. SU propio rostro era casi idéntico al mío. Podía diferenciarnos su pelo, más largo y cobrizo, y su mentón, mucho más poblado que el mío. Pero no el conjunto de facciones, la expresión, la mirada semidistante…

– Supongo que notó el gran parecid…. – me volví hacia Damián para expresarle mi estupor, pero no estaba. La puerta de la habitación estaba abierta. Damían se había ido.

Me dejé caer en el sofá, con la distancia medida para llegar a la copa con la mano, y con la mirada fija en el lienzo, en los ojos del pintor, en mis ojos. Allí permanecí no sé cuánto tiempo, no sé cuantos vodkas, mirándome a mí mismo, hasta que decidí no darle más vueltas y achacarlo todo a una asombrosa coincidencia. ¿Qué iba a ser si no?

Pronto el sueño me envolvió y me llevó a sus dominios. Me transportó al siglo XV, y me vi de repente en medio de la Piazza delle Erbe de Verona, sudoroso, huyendo de la multitud que me empujaba y golpeaba. Pude llegar a mi casa que, lógicamente, no era mi casa, era SU casa, llena de lienzos y pinturas demoníacas, que me hablaban. Me vi impregnándolas de disolvente, riendo como un orate, prendiéndoles fuego, salvo mi autorretrato, el cual guardé bajo mi jubón. El ambiente comenzaba a ser sofocante, y me asomé a la ventana, desde donde podía ver a la multitud expectante, aguardando mi trágico final. De repente comencé a oír sirenas, a la vez que se iba nublando la vista. Del sueño había pasado a la realidad, y me encontré de pie, intentando abrir la ventana de mi habitación, asfixiado por el humo. Toda la estancia estaba ardiendo y yo intentaba abrir la ventana, mi única salida. Pude ver, igual que en mi sueño, a un grupo de personas agolpadas frente al apartahotel, señalando hacia donde yo me encontraba. Por fin pude abrirla y sacar la cabeza fuera, el tiempo justo para poder ver cómo se acercaba la grúa del camión de bomberos, y a un tipo con un abrigo gris hasta los pies que se alejaba apresuradamente sin mirar atrás. Luego me desmayé.

Continuará… O no.

Extraído de «Ningún Sitio», una colección de palabras nunca realizada

(Coñazo de blog, ¿eh?)

Francisco e Inés

Como cada tarde durante los últimos ocho años, Francisco apagó el fogón sobre el cual se quejaba, cansada, la vieja cafetera plateada. Todas las mañanas la limpiaba para que no perdiera en lo posible su brillo. Claro que después de tanto tiempo trabajando a pleno rendimiento, había cosas que nada podía disimular. Como en él. Como en ella, Inés. Estaban a punto de dar las seis en el reloj de la cocina, y las cinco en el del salón. Siempre una hora menos. Una manía. Heredada también.

Depositó la bandeja con las dos tazas de café y un platito con galletas, Cuétara siempre, sobre la mesa camuflada bajo un paño blanco de croché. Inés levantó la cabeza desde su butaca y dibujó una leve sonrisa de agradecimiento.

Como cada tarde durante los últimos ocho años, Francisco podría hablar con la que era su esposa, su vida, desde hacía una vida. Por alguna extraña razón aún no revelada en ningún estudio médico, las garras de la enfermedad que había diluído la memoria de Inés se aflojaban durante aproximadamente cuarenta minutos. Ese tiempo era todo un día en la vida de él, era SU día, sus veinticuatro horas. Para ella eran solamente cuarenta minutos de un día, en el cual tomaba café y veía la televisión o hablaba con él.

Francisco aprovechaba cada segundo de ese espacio de tiempo de lucidez concedido por un caprichoso destino, al cual se encomendaba, para decirle cuánto la quería y lo feliz que era a su lado. Le contaba lo que había hecho durante el día (más bien se lo inventaba, porque sus días y noches eran monótonas, previsibles) y le ponía al día sobre los asuntos de la familia. Especialmente de sus nietos, a los que ella adoraba antes de marcharse.

Como cada tarde durante los últimos ocho años, Francisco maldecía el minutero y maldecía la vida cuando, agotados los minutos de gracia, ella perdía su mirada en los dibujos de croché del paño y dejaba caer la taza sobre la bandeja, volviendo a su mundo en blanco, como el paño.

Como cada tarde durante los últimos ocho años, Francisco recogió las tazas y las depositó en el fregadero, junto a la cafetera, que respiraba aliviada. Las lavó sin detergente y las colocó en el mueble. Desde donde estaba podía volver la cabeza y ver a Inés viviendo en su butaca.

Como cada tarde durante los últimos ocho años, Francisco lloró.

Extraído de «Ningún Sitio», una colección de palabras nunca realizada

El mago y el egoísta

Localicé al mago por fin, en la entrada del parque, sentado en un banco junto al estanque donde sobrevivían una decena de patos deprimidos. La verdad es que no era lo que uno puede esperar de un mago. No tenía aureola, ni barba, ni magnetismo, ni presencia, ni siquiera mirada. Pero, no sé por qué, yo supe que era EL, y EL sabía que yo le iba a encontrar. Me senté a su lado mirando al frente, ignorando su presencia, como en las películas. Podría decir que lanzaba migas de pan a las palomas, pero eso ya se sabe.

– Y ahora que me ha encontrado, ¿qué? – me habló sin mirarme. Como en las películas.
– Quiero su poción contra el egoísmo. La quiero para mí – le miré por primera vez, pero él seguía sin mirarme.
– ¿Quién le ha contado semejante idiotez? – se volvió hacia mí, revelando unos ojos celestes casi transparentes, bajo el paraguas de dos cejas blancas, pobladas y despeinadas.
– Sé que lo hizo hace tiempo. Hace años “sanó” a una persona que sólo pensaba en sí mismo, y arruinó muchas vidas, la suya entre ellas.

La historia había llegado a mis oídos a través de mi hermana pequeña, que hoy ya no lo es. Un antiguo novio acudió al mago, angustiado, acorralado por su egoísmo, cuando se vio solo en el mundo que se había construido.

– Me temo que YO no puedo hacer nada por usted – se levantó con dificultad y tomó la dirección de salida, dejando un papel arrugado en el banco. Un perro enano le siguió indolente.

Mago en el parque

Recogí el papel del banco. En el encabezado rezaba esta indicación: “Aquí está mi consejo. Mírese a sí mismo y lo comprenderá”. Pero el resto era indescifrable. No parecía ningún idioma conocido. Era una sucesión de letras, sílabas, palabras sin forma, pero que debían cobrar sentido de alguna forma. Pero, ¿cómo?.

Toda la tarde estuve dándole vueltas al papel. En el sentido teórico y en el sentido literal. Intenté leerlo boca abajo, de derecha a izquierda, mezclando sílabas, pero todos mis esfuerzos fueron en vano. “Mírese a sí mismo y lo entenderá”. De repente lo vi. Tenía que leerlo mirándome a mí mismo, viéndome, A MI!. Me dirigí al estanque, como Narciso, para verme reflejado en el agua y enfrentarle el papel. Pero era verde, como todos los estanques. De ahí la depresión de los patos, deduje.

Corriendo, abandoné el parque en dirección a casa. Debía leerlo allí, frente a un espejo. Me lo había dado el mago, tenía que ser así, no cabía otra explicación. Pude pararme en los servicios de la estación de metro a leerlo, pero vencí la tentación y esperé a llegar a casa y leer el consejo del mago donde debía hacerlo. En mi dormitorio, frente al espejo.

Allí me situé, tembloroso, mirándome, esa cara que tantas veces había visto y que ahora casi ni conocía, y levanté el papel del mago y lo coloqué bajo mis ojos, frente al espejo. Pude leer:

“EL EGOÍSTA CARECE DE MEMORIA. SAL DE TU MUNDO Y DEJA LA PUERTA ABIERTA”

Extraído de «Ningún Sitio», mi colección de palabras nunca realizada