Gregory Corso

Gregory Corso y su corbata

Hoy dejamos la música a un lado (tanta música) y nos centramos en el noble arte de la poesía, para conmemorar el treceavo aniversario de la muerte del poeta-boliza de la generación beat, Gregory Nunzio Corso, a causa del puto cáncer.

Así que, sin más dilación, ya que de poesía no controlo nada, y de la vida de Corso menos, os dejo con un bonito poema suyo que me ha gustado:

YO OBSEQUIE

Obsequié el firmamento
junto a las estrellas los planetas las lunas
y también las nubes y los vientos del clima,
las formaciones de aviones, la migración de las aves…

“¡De ninguna manera!” aullaron los árboles,
“¡Los pájaros cuando no vuelan son nuestros, no los podés obsequiar!”
Así que obsequié los árboles
y el terreno que ellos habitan
y todas aquellas cosas que crecen y se arrastran sobre él

“¡Un momento!” marearon los mares,
“¡Las costas, las playas son nuestras, los árboles para los barcos,
para los astilleros, nuestros! ¡no los podés obsequiar!”
Por lo tanto obsequié los mares y todas las cosas que los nadan,
los navegan…

“¡De ninguna manera! tronaron los dioses,
¡Todo lo que has obsequiado nos pertenece! ¡Nosotros lo creamos!
¡Incluso creamos a aquéllos como vos!”

Entonces fue cuando obsequié los dioses.

Tom Waits en Barcelona

[Camerinos del Auditorium de Forum, Lunes 14 de julio de 2008, 22:00]

– Sr. Waits…ejem…el público empieza a silbar…se está impacientando…llevamos media hora de retraso

– ¿Media hora? ¿Qué es eso después de 35 años esperándome? ¿Qué es eso frente a las 12 horas que esperaba yo en la puerta del Troubadour para que me dejaran cantar sólo 20 minutos? ¿Sabe lo que significa acaso mi apellido? – Tom se vuelve y sigue dándole con un hueso de carnero a una tubería.

[Cinco minutos más tarde]

Tom Waits (aquí pega decir, pero no lo diré, el de Pomona), vestido de negro entero, tocado con un sombrero (ninguna sorpresa, vaya), y su compañía circense aparecen bajo la imaginaria carpa y el auditorio se viene abajo en medio de aplausos sin contención. Lo que durante años había sido una quimera para todos los allí presentes, estaba a punto de materializarse.

Siendo fiel a la coherencia que le ha caracterizado, Tom Waits sabía a lo que se enfrentaba. A miles de personas que querían ver, en dos horas, sus treinta y pico años de carrera. Es lo que tiene no haber venido nunca a España. Tom era consciente de ello, y del precio que todos habíamos pagado por verle. Y también era consciente del estatus que ha adquirido, casi de  intocable. Algo que sabe y utiliza a su antojo. Así, montó su circo en un escenario que a mí me gustó mucho y, como maestro de ceremonias del espectáculo, nos entregó al Tom Waits primitivo  y aullante (el que Kathleen Brennan contribuyó a crear, o creó, directamente) ("Rain dogs", "Make it rain" esparciendo confetti dorado, "Metropolitan glide"), transformó la carpa de circo en un cabaret berlinés ("Jockey Full Of Bourbon", "Lie to me"), cogió la guitarra en varias canciones ("Day after tomorrow" para acabar, por ejemplo), nos llevó al Motel Tropicana y recuperó al Tom Waits del humo y el alcohol y se sentó al piano, sin humo ni alcohol (ni la voz de hace 30 años), solo, para hacer el paréntesis más folk del concierto, rematado con la increíble "Innocent when you dream", cantada a dúo con el público, totalmente entregado (aunque hubiese sido más idóneo haber hecho eso en una taberna irlandesa, no en un teatro). Totalmente entregado desde el minuto 1 de partido. A un gesto de Waits, todos tocaban/tocábamos las palmas, a otro gesto, todos callados. Solícitos. Si Tom Waits hubiese pedido un café le hubieran llovido 3000 tazas al instante. Me regaló una de sus mejores canciones para mí, "Hang down your head", y una lágrima furtiva se me escapó y cayó al suelo, convirtiéndose en confetti. Yo, que no lloraba desde que el Caramuerto me suspendió Trabajos Manuales en 6º de EGB (hoy día soy todo un experto en trabajos manuales, jojojo….bueno, no nos desviemos del tema). En el apartado de hardware, resaltar que también tocó una especie de yunque con un martillo que se accionaba con el pie (qué menos!), y que sacó las maracas al más puro estilo hechicero-yanomami-screaminjayhawkings en la salsero-vaudevilesca "Hoist That Rag", el delirio.

A medida que avanzaba el concierto-momento-histórico, el contador mental que lleva el estado de la amortización de la entrada llegó a cero, y empezó a sumar en positivo (¡¡eso es optimismo. El martillo de Waits había destrozado al fantasma del Euribor¡¡). Para mí llegó a cero con la canción anterior, y aún quedaba mucho concierto. Quedaba extasiarse con la destreza del guitarrista Omar Torrez (mira que era difícil no echar de menos a Marc Ribot….pero lo consiguió. Es que el puesto de trabajo guitarrista-de-Tom-Waits es uno de los mejores del mundo, junto con el que dispara el revólver en la salida de los 100 metros lisos o el que le pone nombre a los huracanes), sonreir ante la humanidad de un Tom Waits locuaz y jocoso (solamente cuando se sentó al piano, tampoco echemos las campanas al vuelo) (nuevos propósitos: aprender inglés para que no sólo se ría mi vecina en un concierto de Tom Waits), mirar a tu lado y ver cómo la gente se echaba las manos a la cabeza ("no puede ser esto que está pasando") y las parejas allí presentes se amaban más.

Por cierto, que no sólo Dylan retuerce sus creaciones. También Tom Waits se sube al carro de "estoy hasta los huevos de estribillo y ahora lo canto como me da la gana" (léase "Jockey…" o "Come On Up To The House"…por ejemplo).

De todos modos no le perdonaré que no me tocara "Time", ni "In the neighborhood" (¿canción candidata para mi funeral?), ni "Martha", ni "Telephone call from Istanmbul" ni "Old’ 55", ni…. Tampoco le perdonaré que no sacara el altavoz o que no subiera hasta la fila 3 del anfiteatro a darme la mano.

Pero, aún así, creo que volveremos a vernos.