Guía de Berlín (III)

DÍA 3

Para el sábado decidimos salir de la urbe y visitar un campo de concentración. El más cercano a Berlín está a unos 20km, en Oranienburg, donde más vale que no se os pierda nada. Ahí comenzó a funcionar  en julio de 1936 el campo de internamiento de Sachsenhausen, hasta que llegaron los rusos y polacos en abril del 45, y se lo quedaron ellos para seguir puteando hasta marzo de 1950, cuando se cerró definitivamente. En 1961 se abrió el campo como lugar conmemorativo y museo.

Bien, para llegar allí hay varias formas. Nosotros optamos por tomar el tren RE5 (destino Rostock) desde la estación central de Hauptbanhof, cogiendo el tranvía M5 desde Alexander Platz, nuestra casa. Hay un tren cada hora, y tarda unos 25 minutos.

Estación de Hauptbanhof

Una vez que llegas a Oranienburg puedes esperar sentado que pase el autobús  804 frente a la estación, o mejor caminar hasta el campo. ¿Por dónde? Sigue a las masas.  

Si hubiera de elegir un día para visitar un campo de concentración, hubiese sido este día. El día más frío de mi vida, caminando bajo una niebla opresiva por las calles de Oranienburg (rodeado de españoles, para variar). Tras 20 o 25 minutos andando, llegamos a las puertas del campo, y compramos nuestra audioguía por 3€, aunque yo casi no la utilicé, por no sacar las manos de los bolsillos.

La visita a Sachenshausen te puede llevar varias horas. De hecho a nosotros nos llevó varias horas y eso que la hicimos en plan rápido. Aún así vimos los dos barracones del sector judío reconstruidos (38 y 39), donde te puedes hacer una idea de las condiciones inhumanas, inconcebibles, en las que vivían los prisioneros, vimos la prisión del campo (hay que ser retorcido), los postes de tortura, la cocina, el foso de ejecución, etc.

En cada estancia se disponen fotografías, documentación, proyecciones u objetos de la época. No pude dejar de imaginarme a los desdichados que tuvieran que pisar donde yo estaba pisando, en días similares al que estaba haciendo, en condiciones lamentables para subsistir. Una pesadilla. La verdad es que ese día el frío casi que pudo conmigo y me echó de ese páramo brumoso y desolado sin verlo en su totalidad.

Tocaba caminar otros 20-25 minutos hasta la estación de tren, donde nos sentamos en el primero que vimos, que no era el RE5 de antes, sino un tranvía, que tardó el doble y nos dejó en la parada de Friedrichstrasse – la calle más larga de Berlín, a  la sazón-. Allí llegamos muertos de hambre (de frío ya se da por hecho), pero tuvimos la suerte de encontrar un Peter Pane, totalmente recomendable, justo al salir del la estación y nos comimos con las manos, contra corriente, a lo loco, un pedazo de hamburguesa.

Ya era de noche y nos planteamos ir a la isla de los Museos, aunque fuera a verlos por fuera, porque eran ya las 17 y a las 18 cierran (mala suerte, ¿eh?  😉 ), así que fuimos Friedrichstrasse arriba hasta la confluencia con Unter Den Linden. Al poco de comenzar a caminar vimos un fuerte despliegue policial, se oía a alguien lanzando proclamas desde un megáfono, y comenzaron a pasar lecheras de las que salieron decenas de antidisturbios que tomaron posiciones en medio de la calle. Cuando llegamos hasta ellos, vimos que había una manifestación de unas 15 personas (una minifestación, en ese caso), con el del megáfono en primera fila, gritando como si no hubiera un mañana. No entendía bien lo que decía, pero no me extrañaría nada que estuviera exhortando a la gente a tomar por la fuerza los sudetes. Alguien a nuestro lado nos dijo en inglés, “Así son, les gusta hacer estas demostraciones de fuerza”, señalando a los 50 antidisturbios que se habían colocado frente  a la manifestación. Con el frío que hacía.

El resto del día discurrió por la zona de confort. Pasear por el otro lado de la calle de Unter Den Linden, pasando por Bebelplatz, el monumento a Shinkle, la ópera… aunque de noche no es lo mismo. Cruzamos la calle para dar un vistazo a la isla de los museos, pero hacía mucho frío, qué queréis que os diga. Así que buscamos un bar, donde nos sirvió un joven alemán, el típico bisoño que matan el primero en las películas de guerra, una suerte de Michael York precario.

Al salir de ahí recurrimos al glühwein en el mercadillo de Alexander Platz, y nos acercamos a la iglesia de St. Marienkirche, pero estaban dando misa y la patulea de guiris que queríamos entrar dentro a estar calentitos nos tuvimos que ir a la plaza de nuevo, comer algo y para casa.

Glühwein - Guía de Berlín - Carleso

 

Parte IV

Guía de Berlín (IV)

DÍA 4

El domingo amaneció soleado, y vimos que era el día perfecto para ir al pulmón de Berlín, al Tiegarten, que allí hay muchas cosas que ver, que lo he leído yo. Por tanto, cogimos nuestro U2 hasta Alexander Platz, y ahí enlazamos con el U8 hasta Hansaplatz, desde donde accedimos a Altonaer Strasse para divisar al fondo el Siegessäule, otro icono de Berlín.

La columna de la victoria se erigió en 1874 para celebrar las diversas palizas que los prusianos le habían dado a sus vecinos recientemente, entre ellos los franceses, que quisieron dinamitarla al acabar la 2GM. Menos mal que los angloamericanos no les dejaron, que si no no hubiera podido dejarme las rodillas en sus 285 escalones. La entrada al monumento vale 3€ solamente, y las vistas son muy chulas – aunque a mí me entró un ataque de vértigo y casi no podía despegarme de la columna -, así que merece la pena el esfuerzo. Abren a las 10 de la mañana (luego nos llaman flojos los andaluces), y fuimos los primeros en llegar y en subir a las alturas (luego nos llaman lentos a los andaluces).

El siguiente objetivo era el Memorial de guerra soviético – el primero de los dos que veremos -, a un kilómetro y poco de donde estábamos, así que comenzamos a andar por la Avenida 17 de junio y luego nos metimos en el parque para disfrutar de la estampa otoñal que ofrecía (pelín cursi la frase, vale).

Tiegarten - Guía de Berlín - Carleso

Estampa otoñal, ya lo decía yo

Consiste en una escultura de un soldado soviético (levantada con el mármol procedente de la cancillería del Reich), flanqueada por dos de los primeros tanques T-34 que entraron en Berlín en 1945. El monumento se levantó pocos meses después de la toma de la ciudad por los soviéticos, aunque luego tras la división de Berlín quedaría en el sector británico. Unas risas…

A la espalda de este monumento, cruzando el parque, se erige el Reichstag, la sede del parlamento alemán, tantas veces visto en los documentales de la batalla de Berlín, esos soldados soviéticos ondeando su bandera en la fachada de un edificio semiderruido. Como no fuimos previsores, no pudimos reservar con tiempo el acceso a la famosa cúpula de cristal de Norman Foster, así que nos contentamos con ver el edificio por fuera y hacer las fotos de rigor. Si pensáis visitarla, haced la reserva con antelación (http://www.bundestag.de/en/visittheBundestag/dome/registration/245686). Es una orden.

Desde el Reichstag bordeamos el Tiegarten hasta la Puerta de Brandenburgo, que había que verla a la luz del sol, de día, y llena de españoles, para variar. La recorrimos con tranquilidad, nos tomamos un café y nos pusimos en marcha de nuevo. Tranquilos, que no vamos a Unter Den Linden otra vez, que ahora ya toca ir al famoso mercadillo de Mauer Park, allá donde Adenauer perdió el tambor. Si es domingo, es día de mercadillo. Y si hace sol, mucho mejor. La parada de metro más cercana a Mauer Park es la de Eberswalder.  Así que para ir allí desde la Puerta de Brandenburgo, cogimos el tranvía hasta Potsdamer Platz y allí el omnipresente U2 hasta Eberswalder. Una vez que nos bajamos en la efervescente parada de metro de Eberswalder, la pregunta de siempre: “Y ahora, ¿por dónde tiramos?”. Y la respuesta de siempre: “Sigamos a las masas”. Como ese método nunca falla, al cabo de 15 minutos andando detrás de la gente, llegamos a las puertas del mercadillo, donde se apreciaba un ambiente bastante chulo. Una vez allí dentro podréis ver conciertos improvisados, alguna que otra reivindicación social, comer en diferentes puestos a precios asequibles (medio litro de cerveza 3,20€, lo más barato que vi en Berlín)  y comprar todo lo que se puede comprar en un mercadillo. Si te gustan los vinilos, podrás flipar. Yo me compré seis singles, y porque decidí no seguir mirando.

Mercadillo de Mauer Park - Guía de Berlín - Carleso

Allí pasamos casi toda la tarde, hasta que decidimos hacer nuestra última visita del día y acercarnos a ver el Museo de la Stasi (estación de metro Lichtenberg). En esta ocasión nos perdimos por aquellas calles, el google maps en Berlín nos la estaba jugando, la noche estaba cerrada, teníamos frío y miedo, ¡queríamos salir de la zona soviética! Ya en el metro de vuelta para casa nos dimos cuenta de que las compras que hicimos en Mauer Park (bote  de salsa “Crazy Bastard” e imanes aparte), que fueron un bolso con motivos berlinescos y mauerparkescos y mis seis singles dentro (a saber: “Kodachrome” de Paul Simon, “Jackie Wilson said” de Dexy’s Midnight Runners, dos de Ian Dury & The Blockheads, uno de Boomtown Rats y el “Hot Love” de T. Rex), se nos olivdaron en el bar donde comimos, por lo que el final del día fue un poco amargo. Pero para paliar eso, nada mejor que dos o tres jarras de glühwein.

¿Dónde estarán mis singles?

 

Parte V

Guía de Berlín (V)

DÍA 5

El día 5 tocaba hacer barrido por cosas que teníamos pendientes. Aún así, se nos han quedado muchas en el tintero, que veremos en nuestra próxima visita.

Una de las cosas que queríamos ver era un edificio lleno de graffitis que aparecía en la portada de la Guía que nos llevamos a Berlín, que es el que encabeza esta entrada. Tras investigar, vimos que se hallaba en el barrio de Friedrichshain, cerca de Frankfurter Tor, donde ya estuvimos el segundo día. Por tanto, si lo queréis incluir en vuestra ruta, pasad esto al día 2, que os cogerá de camino. Para llegar allí cogimos el U5 desde Alexander Platz y nos bajamos en las torres de Frankfurter Tor. Sabíamos que estaba cerca de Boxhaneger Platz, así que caminamos  hasta allí, cinco minutos aproximadamente, recorriendo el barrio.

Kino en Friedrichshain - Guia de Berlín - Carleso

Un cine en Friedrichshain

Preguntamos a los parroquianos, pero allí nadie sabía nada. No habían visto ese edificio en su vida, y mira que tiene colorines. Total, que dando vueltas lo encontramos en Kreutziger Strasse, una oda al arte del graffiti, en el cual estoy súper versado…. Bueno, que merece la pena echarle un vistazo al edificio. Por la zona, además, hay varias muestras más de arte urbano, por si os va el rollo.

La segunda visita del día no la traíamos preparada pero fue surgiendo sobre la marcha, y era Trepower Park, donde se levanta otro memorial a los soldados soviéticos caídos en la 2GM. Para llegar allí caminamos hasta la estación de Frankfurter Allee, donde cogimos el S41 que nos iba a dejar a las puertas de Treptower Park.

El parque discurre pegado al Spree (o el Spree discurre pegado al parque, casi mejor), así que un paseíto por la ribera es la mar de agradable. Cuando nos cansamos de andar, buscamos lo que habíamos ido a ver, para lo cual tuvimos que volver sobre nuestros pasos y cruzar la carretera que corta el parque. Allí vimos un arco de piedra que marca la entrada al recinto del memorial, inaugurado en 1949 (este ya lo hicieron bien, en la zona soviética….). Silencioso, majestuoso, va uno andando hacia la estatua de la Madre Patria llorando a sus hijos, tras lo cual te encontrarás de frente, en la lejanía, con EL SOLDADO.

Flanqueado por jardines y sarcófagos que contienen a los 5.000 caídos,  al final de una gran explanada gobierna el recinto la impresionante estatua de un soldado soviético que, con la espada en la mano, protege a una niña pequeña de los Nazis, representados como una esvástica destrozada a sus pies. La estatua, realizada en bronce por el escultor Yevgeny Vuchetich (decidme dos obras más de Yevgeny), mide 12 metros de altura, y te harás una foto con ella detrás. Debajo de ella hay una especie de capilla con otro recordatorio a los caídos.

[Comentario destacado: “Hazme la foto, pero que salga el muñeco entero”]

En definitiva, un parque y un memorial que merece la pena ser visitado si estáis en Berlín.

Una de las “atracciones” que no queríamos dejar de visitar antes de irnos de la ciudad era una recorrido por los búnkeres  o refugios para civiles de la 2GM. Y teníamos el tiempo justo para ello, pero teníamos que llegar a la estación de metro de Gesundbrunner, desde donde se inician estos tours, organizados por la empresa Berlin Unterwelten, que intenta recuperar y… – a ver, cómo lo digo para que no me chirríen los oídos…- poner-en-valor el patrimonio subterráneo de Berlín, que no es poco. Pues bien, cogiendo el S42, el tranvía de circunvalación, desde Treptower Park, llegamos justo al lado de la parada de metro de Gesundbrunner (la línea U8 te lleva allí). Y justo a tiempo para el tour de las 12:30. El siguiente y último era a las 14 y si perdíamos el de las 12:30 dime tú qué hace uno una hora y media en Gesundbrunner. En Gesundbrunner nada menos. Bien, el tour que vimos, de 90 minutos de duración (11€), fue el denominado “Mundo en tinieblas”, y nos llevaron, accediendo por una puerta verde de la estación de metro, a lo que fue el único refugio para civiles que queda intacto después de la 2GM. Aunque yo esperaba bajar más y más y examinar pasadizos y recovecos (incluso encontrarme algún cadáver de la época!), la profundidad no fue tanta, menor que la de las vías del metro que iban por debajo. Pero sí fueron reveladoras las explicaciones que aportaba la guía acerca de la vida en el refugio, los protocolos a seguir bajo los bombardeos, etc… [Comentario destacado: “Vaya pepino”. Una española mirando una vitrina con munición antiaérea]. Al salir a la superficie, la ciudad seguía intacta. El bombardeo no había surtido efecto y podíamos volver a nuestra vida normal. Esto es: Alexander Platz  😀 Era nuestra última tarde y aún queríamos ver la isla de los museos de día, la nueva sinagoga, el barrio de San Nicolás, la iglesia de St. Marienkirche, comprar algunos souvenirs e ir a una tienda de ropa de segunda mano, ¿qué os parece el plan?

Tras coger el U8 allí mismo y volver a Alexander Platz, lo primero fue comer en un restaurante típico alemán, “La Vespa”. La comida alemana nos gustó bastante: pedimos tagliatelle bolognesa y fetuccini pollo mascarpone, y estaba muy rico, aunque de fondo sonaba Nicola Di Bari… Sin más demora fuimos bordeando el Spree para ver la catedral desde otra perspectiva, y para ver, – desde fuera, claro, sólo nos faltaba entrar en los museos con la agenda que teníamos… -, el Altes Museum, la National Gallery y el Pergamonmuseum. Mu bonitos. Cerca de donde estábamos se encuentra Hackescher Markt, punto neurálgico para los adictos a las compras, o sea, no para nosotros, por lo que pasamos de largo para enfilar Oranienburger Strasse y ver desde fuera la nueva sinagoga, con una cúpula espectacular, donde Albert Einstein tocó el violín una vez (el típico premio Nobel que tocaba el violín).

Dan ganas de convertirse al judaísmo. Desde Oranienburguer bajamos de nuevo, buscando la tienda Kilo, de segunda mano. Y la encontramos, no sin esfuerzo, en Alte Schonhausser, pero vaya, nada del otro mundo. En El Ropero de Sevilla hay camisas más guapas y baratas. Y ya a esas horas, de noche, con todo lo que llevábamos encima, nos quedaban pocas pilas.

Alexander Platz - Guía de Berlín - Carleso

Así que compramos algunos souvenirs y fuimos a ver lo último que nos dio tiempo y ganas, la iglesia de St. Marienkirche, justo al lado del Fernsehturm. Esta iglesia es una de las más antiguas de la capital. Fue fundada en 1260 y renovada en el siglo XIV, y…. bueno…. yo creo que ya está bien, ¿no?

 

Guía de Berlín (I)

Versión PDF para descargar, aquí

Hace poco he estado en Berlín. Como ya hice con mis viajes a Escocia o Praga, fui anotando cositas en una libreta para poder darle forma luego a una guía, que pueda servir como entretenimiento para quien le guste la lectura y la historia, y/o como guía, propiamente dicha, a quien tenga pensado viajar allí. No esperéis encontrar “el otro Berlín”, o algo súper alternativo, porque hemos ido en plan guiri. Faltaría más.

DÍA 1

La llegada a Schonefeld fue según lo previsto, a  las 10. El aeropuerto de los tiesos está a unos 24km de Berlín, por lo que hay que coger el tren metropolitano (S-Bahn). Del aeropuerto a la estación de tren hay un camino de unos 500 metros. Si no sabes por dónde, sigue a las masas.

Aeropuerto de Schonenfeld - Guía de Berlín - Carleso

Al llegar a la estación, has de comprar el billete en las máquinas (3,30€) y validarlo en la maquinita antes de subirte. Recuerda, tren RE7 o RE14. En tres paradas estás en Alexander Platz (de aquí en adelante nos referiremos a Alexander Platz como Alexander Platz). Nuestra casa Airbnb estaba situada cerca de la parada de Marchishkes Museum, así que cogimos la línea U2, nuestra línea madre, y allí nos bajamos y nos instalamos en el piso franco, muy bonito y muy calentito. Para quedarse allí dentro, en verdad.

Nota 1:

El metro comunica muy bien toda la ciudad, no como en Sevilla. El precio del viaje individual es de 2,70€ en los tramos AB, que son los más céntricos. Para Aeropuerto, Potsdam, Sachenshausen, etc.. es de 3,30€. El abono para un día en tramos AB es de 7€, y en ABC, de 7,60€. La tarjeta para una semana vale 37€, si mal no recuerdo. Aunque también os podéis montar sin pagar un duro, siempre que no os pille un revisor. Vosotr@s viajáis, vosotr@s decidís.

Para la primera incursión berlinesa no teníamos nada pensado. Caminar donde nos llevara nuestra intuición, siempre teniendo en el horizonte la Puerta de Brandenburgo. Sí, ¿qué pasa? Pues eso, de repente nos vimos en Leipziger Strasse,  una avenida amplia, limpia, fría y silenciosa. Tras saltarnos un par de museos por el camino (“ya habrá tiempo para ver museos”, eso no falla), llegamos a la octogonal Leipziger Platz, donde hay otros dos museos que vimos por fuera (es la última moda), el “Spy Museum” y el  “Museo Dalí” (este en Potsdamer Platz). Pero lo que queríamos ya a esas horas (11:30), eran dos cervezas. Déjate de museos.

Nota 2: Todo el mundo dice que “Berlín es barato”. Berlín no es barato. Barato es Bormujos, o Bornos. ¿Es más barato que París, Roma o Londres? Sí. Pero eso no quiere decir que sea barato. Barato es Bormujos, o Bornos. Quédense con eso. Sigamos.

Total, que pedimos las dos cervezas en una terracita al sol en plena plaza. Sí, como lo oyen. La mar de bien. Al acabarla, le hice a lo lejos al camarero la seña de “la cuenta”, así como firmando en el aire con la mano. Este me imitó y le hizo el mismo gesto a sus compañeros, que rieron todos haciéndose el mismo gesto. Total, que me clavaron 9€ y nos fuimos de allí, escrutados por el sonriente staff de camareros, sin mirar atrás. Justo al lado de Leipziger Platz está el primer hito turístico que visitamos, que no es otro que Potsdamer Platz, epicentro cultural en el siglo XIX, donde se instaló el primer semáforo europeo. Allí iba la gente a meterse el dedo en la nariz en la época. Hoy día más que cultural es comercial, gracias sobre todo al Sony Center y su cúpula bestial, al edificio de Daimler y al Beisheim Center.

Y en esta época, nos pilló el primer mercadillo navideño de los que vimos, que no fueron pocos. Casetitas de madera muy bien montadas y con diversidad de productos y comida, con un gran ambiente. El Museo del Cine está situado en el Sony Center. No lo visitamos (“ya habrá tiempo para ver museos”), pero sí echamos un ojo a su tienda, con cositas cinéfilas muy coquetas.

Tocaba salir de Potsdamer Platz, así que cogimos Eberstrasse en dirección a la Puerta de Brandenburgo, que para eso hemos ido a Berlín. A mitad de camino, a  mano derecha, nos detuvimos para recorrer el Monumento al Holocausto, los 2.711 bloques de hormigón, obra de Peter Weissman.

 

Un espacio de desasosiego, de reflexión, de tristeza (de todo menos de jugar al escondite, como estaban haciendo allí unos niñatos)  erigido en 2005 en recuerdo a las víctimas del Holocausto.

Museo del Holocausto - Guía de Berlín - Carleso

No somos nada

Como curiosidad, la empresa que fabricó la sustancia anti-graffiti para cubrir los bloques, tenía una subsidiaria, que era la que produjo en su día el gas Zyklon-B. Casi nada.

Al salir de la zona, ya se veía la Puerta de Brandenburgo. Ni en mis peores sueños había imaginado encontrarme con el monumento de perfil. Eso no lo tenía previsto, pero así fue. Llegué hasta ella con la cabeza gacha, la rodeé y caminé hasta situarme frente a ella para expresar como una emoción impostada, “Oh”. Uno de los hitos, si no EL hito de mi viaje, era estar allí, y allí estaba. Y, gracias a la fecha en la que fuimos, no estaba atestada como yo preveía en mis peores sueños, así que pudimos disfrutar allí sin apreturas.

Pero bueno, tampoco nos volvamos locos, que hay mucho que ver. En uno de los bloques laterales de la Puerta se instaló la Cámara del Silencio, una habitación insonorizada para aislarte de todo, pensar, meditar y mirar el facebook. Y para resguardarte del puto frío, como fue nuestro caso. Aparte de eso, meditamos allí un poquito y salimos en dirección Unter Den Linden, la avenida de los tilos, la calzada prusiana.

Paseamos despreocupados por la larga avenida, pasamos por la Humboldt Universitat, que estaba cerrando ya, que si no… Más adelante nos detuvimos en Neue Wache (no me lo he inventado, es así), un edificio de Shinkel que dentro alberga una Piedad. Es un memorial a las víctimas de guerra y dictadura. Como la reja estaba cerrada, miramos la estatua y las flores del suelo desde la entrada, hasta que un operario alemán, el típico operario alemán, se bajó de una escalera que había dentro con un trompo en la mano y nos fuimos, con miedo y frío.

El siguiente edificio bajando por Unter den Linden es el Zieghaus, un antiguo palacio que ahora alberga el Deutsches Historisches Museum, o sea, el Museo de Historia Alemana, para los que no sepáis alemán. Como seguíamos con frío, entramos. A lo tonto a lo tonto, empezamos a subir escaleras y recorrer salas, desde 1930 hacia atrás, un recorrido histórico inverso de la historia alemana. Pero hete aquí que cuando iba por el año 1600, enfrascado yo en las andanzas de Maximiliano I de Baviera, se me acercó una señora alemana alemana, de edad avanzada, con gafas, mirando y señalando mi pecho fijamente y haciendo el “No” con el dedo. A mí me suele intimidar que me hablen en alemán, pero más me intimida casi que me miren en alemán. Miré al resto de visitantes y todos llevaban una pegatina, que HABÍA QUE PAGAR.  O sea, que nos habíamos colado sin pagar (las cosas del frío). Total hicimos como que bajábamos a pagar, y nos salimos del museo. Ya habíamos entrado en calor, la verdad. Aunque me dió coraje quedarme con la duda de quién ganaba la Guerra de los Treinta Años.

Seguimos el paseo monumental y lo siguiente en aparecer ante nuestros ojos, andamios aparte, fue la Berliner Dom, la catedral, relativamente nueva, pero majestuosa. La entrada, que te da acceso a subir también a la cúpula, vale 7€. Nosotros lo dejamos “para otro día”, porque ya era de noche (allí a las 16 es de noche en noviembre). Pero   justo recién cruzado el Spree nos encontramos con el Museo de la DDR, abierto en 2006, y este sí apetecía verlo. Mogollón de memorabilia de la época de la República Democrática, infografías, documentos, reproducciones de viviendas de la época, de salas de interrogatorio, de vehículos… en fin. Si te gusta lo vintage y la historia, puedes echar un buen rato aquí por 9,50€.

Museo de la DDR - Guía de Berlín - Carleso

Eso es una defensa y lo demás son tonterías

Ya al salir de ahí, nos tocaba pisar por primera vez Alexander Platz, convertida en centro neurálgico navideño. Noria, pista de patinaje, y decenas de puestecillos y bares instalados en cabañas de madera, y todo el mundo contento, como si no hiciera frío, bebiendo vino caliente (gluhwein).

Echamos un vistazo de cerca a la imponente torre de televisión. la Fernsehturm, otrora símbolo y orgullo del Berlín Oriental, al reloj mundial, que marca todos los husos horarios del planeta (y yo soy un fan de los husos horarios, como ya sabréis) y ciudades situadas en esos husos,  y a la fuente de Neptuno, rodeada por la pista de patinaje, y para casa.

Fin de la cita.

Guía de Berlín II

Guía de Berlín (II)

DÍA 2

El segundo día amanecimos con el firme propósito de subir a lo más alto de la Fernsehturm, e incluso desayunar en el restaurante que tiene en la cúpula. Pero el clima no nos lo permitió. Cogimos nuestro U2 hasta Alexander Platz, pero al bajarnos vimos que la niebla no dejaba ver ni la cúpula de la torre, así que descartamos el plan “para otro día” y recurrimos al plan B: recorrer Karl Marx Allee, la gran avenida socialista.

Es curioso el contraste que se percibe al entrar en esta calle. Parece que uno retrocede varios años, hay quietud en el ambiente y menos gente paseando. Mires a derecha o izquierda, casi siempre ves los mismos edificios, sobrios, estalinistas. Y un frío del carajo.

Karl Marx Allee - Guia de Berlin

Nos acercamos al Kino International, el cine estrenado en 1963, que me habían dicho que se podía ver por dentro sin tener que ver una peli. Así que nos metimos en el edificio, que conserva todo el aire del año de su estreno, pero salimos en cuanto oímos a la taquillera decirnos algo. No sé si me hablaba en ruso, en alemán, o en inglés, pero nos fuimos de allí, intimidados de nuevo.

Después de tantos éxitos en lo que iba de mañana (…), tocaba desayunar, así que nos metimos en el primer bar que vimos, Albert’s (un nombre tela de soviético, eh?), y pedimos dos cafés, dos zumos y dos croissants (el típico desayuno socialista, vaya) y, para que no pasara lo del día anterior, con el gesto de “la cuenta?” y nos clavaran, la pedimos en perfecto alemán: “Zahlen, bitte”. La chavala nos sonrió, como agradeciendo nuestro esfuerzo, “Esta está en el bote, pensé”, y al poco trajo la cuenta: 16,50€. La típica clavada estalinista. Pagamos malhumorados y abandonamos el local. Me pareció escucharle a la camarera al salir: “Un abrazo”.

Lo siguiente fue seguir bajando Karl Marx Allee como si no hubiera un mañana hasta llegar a las columnas de Frankfurter Tor, donde tiramos a la derecha, buscando el siguiente objetivo: el Muro.

La avenida que, desde Frankfurter Tor, te deja al pie del único kilómetro de muro que se conserva se llama Warschauer Strasse. Es una larga avenida (otra) que viene a morir en el Spree, justo donde comienza la denominada East Side Gallery, que es una galería de arte al aire libre situada sobre una sección de 1.316 metros en la cara este del muro de Berlín, que fueron salvados del derribo. o sea, el Muro. Para llegar ahí, como teníamos el abono diario de transporte, nos subimos a un tranvía y recorrimos tres paradas, que ya habíamos andado bastante. Al poco ya vimos el comienzo del muro y, a la izquierda, sobre el río, el puente Oberbaumbrücke, que une a través del Spree los distritos de Friedrichshain y Kreuzberg (¿a que no parece que esté mirando la Wikipedia?), y es otro de los iconos de Berlín. Se ve y le hace uno sus poquitas fotos y ya comienza el recorrido por el muro y sus pinturas.

Oberbaumbrücke

Lástima el vallado con el que se protege el muro de vándalos y grafiteros, que impide disfrutarlo en todo su esplendor granítico. Aún así, podréis ver el beso de Breznev y Honecker y hacerse la foto de rigor.

Una vez visto el muro, continuamos por Mulhenstrasse palante palante hasta llegar a la estación de metro de Jannowitzbrücke. Que tenemos el abono diario y hay que amortizarlo. Volvimos a la zona cero, a la feria de Alexander Platz, y comimos Knobi Brot – una especie de rebanada grande de pan con aceite, decorada con tomate, mozarella y cebollinos – (4€ cada una), y un cartucho de patatas fritas de freiduría (3,90€, tócate el papo).

Después de comer tocaba ver el famoso Checkpoint Charlie, el más famoso paso fronterizo del Muro. Cogimos el U2 desde Alexander Platz hasta hacer transbordo con el U6 (no recuerdo en qué parada), y ya esta línea te lleva a la estación denominada Checkpoint Charlie, en Fiedrichstrasse. En realidad es una birria de caseta de madera pintada de blanco, eso ya se sabía, pero ahí está su reconstrucción y su valor simbólico, ya que ha sido testigo de no pocos dramas. Hay dos notas vestidos de policías fronterizos americanos para quien quiera hacerse la foto de rigor. No preguntamos cuánto costaba porque no queremos ná con la policía. Y menos con la policía norteamericana.

Mc Donalds y Checkpoint Charlie

El museo que está al lado cuesta 12,50€, pero no hacía tanto frío como para entrar. Lo que sí visitamos fue el pabellón informativo sobre el Checkpoint Charlie que hay cruzando la calle, el Black Box Cold War, que, curiosamente, es gratis, y ofrece fotos a gran escala e información sobre la historia de ese paso fronterizo y sobre las vidas que se quedaron en el camino en el intento de cruzarlo, o las que fueron encarceladas por dicho motivo.

Después de la visita, aún quedaba tiempo para ver otra cosita de Berlín, la Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm, junto a la comercial avenida  Kurfürstendamm. Para eso, desde donde estábamos, cogimos el U6 hasta Leopoldplatz y desde ahí la U9, que te deja en la misma avenida Ku’ Dam, al pie de la iglesia, o de lo que queda de ella. Rodeando a la misma, otro mercadillo navideños, con sus casetas de madera y sus puestos de comida. La construcción impresiona, ya que la iglesia está hecha un Cristo. Después del bombardeo del 23 de noviembre de 1943, la iglesia quedó en ruinas y poco después se decidió conservar la torre que está en pie hoy día. Se puede visitar, es gratis, y dentro se puede ver una exposición sobre la historia de la iglesia desde su construcción hasta su destrucción.

A su alrededor se levantaron dos edificios azules diseñados por Egon Eiermann entre 1957 y 1961, que hacen las veces de iglesia y campanario. El más alto no lo visitamos, la iglesia sí, y empezó a sonar el imponente órgano a nuestra llegada, todo un detallazo. Al poco de estar allí se subió un cura alemán al altar y empezó a decir misa. Suponemos que era misa. Teníamos que decidir entre volver al frío polar o escuchar una homilía en alemán. Ganó lo primero.

Ya tocaba irse de vuelta, porque, total, la zona de Ku’ Dam nos la traía un poco al pairo. Para ver tiendas de Inditex ya tenemos sitios de sobra en España. Así que cogimos el metro para irnos para casa. Nos subimos en un vagón atestado de gente y, cuando ya se cerraban las puertas y parecía que no iba a entrar nadie más, entró él. Con su bigote y su pelo ralo, sonriente, todo el vagón se volvió hacia él, que, ceremoniosamente, le daba la vuelta a una credencial que llevaba colgada del cuello para que todo viéramos que era un revisor del metro. La dolorosa experiencia de Praga me hizo tambalear durante unos instantes, a medida que el hombre del bigote, de origen armenio seguro, se volvía hacia mí sonriente. Parecía que sólo tenía ojos para mí, como cantaban The Flamingos. Un poco nervioso, la verdad, saqué mi ticket de la cartera y se lo mostré, esperando su veredicto. Su sonrisa no se alteró en ningún momento, por lo que respiré aliviado mientras el revisor se adentraba en el vagón pidiendo los billetes. Por una vez hicimos las cosas bien. En la siguiente parada, el armenio se bajó y ya no volvimos a ver más un revisor en toda nuestra estancia.