Guía de Berlín (III)

DÍA 3

Para el sábado decidimos salir de la urbe y visitar un campo de concentración. El más cercano a Berlín está a unos 20km, en Oranienburg, donde más vale que no se os pierda nada. Ahí comenzó a funcionar  en julio de 1936 el campo de internamiento de Sachsenhausen, hasta que llegaron los rusos y polacos en abril del 45, y se lo quedaron ellos para seguir puteando hasta marzo de 1950, cuando se cerró definitivamente. En 1961 se abrió el campo como lugar conmemorativo y museo.

Bien, para llegar allí hay varias formas. Nosotros optamos por tomar el tren RE5 (destino Rostock) desde la estación central de Hauptbanhof, cogiendo el tranvía M5 desde Alexander Platz, nuestra casa. Hay un tren cada hora, y tarda unos 25 minutos.

Estación de Hauptbanhof

Una vez que llegas a Oranienburg puedes esperar sentado que pase el autobús  804 frente a la estación, o mejor caminar hasta el campo. ¿Por dónde? Sigue a las masas.  

Si hubiera de elegir un día para visitar un campo de concentración, hubiese sido este día. El día más frío de mi vida, caminando bajo una niebla opresiva por las calles de Oranienburg (rodeado de españoles, para variar). Tras 20 o 25 minutos andando, llegamos a las puertas del campo, y compramos nuestra audioguía por 3€, aunque yo casi no la utilicé, por no sacar las manos de los bolsillos.

La visita a Sachenshausen te puede llevar varias horas. De hecho a nosotros nos llevó varias horas y eso que la hicimos en plan rápido. Aún así vimos los dos barracones del sector judío reconstruidos (38 y 39), donde te puedes hacer una idea de las condiciones inhumanas, inconcebibles, en las que vivían los prisioneros, vimos la prisión del campo (hay que ser retorcido), los postes de tortura, la cocina, el foso de ejecución, etc.

En cada estancia se disponen fotografías, documentación, proyecciones u objetos de la época. No pude dejar de imaginarme a los desdichados que tuvieran que pisar donde yo estaba pisando, en días similares al que estaba haciendo, en condiciones lamentables para subsistir. Una pesadilla. La verdad es que ese día el frío casi que pudo conmigo y me echó de ese páramo brumoso y desolado sin verlo en su totalidad.

Tocaba caminar otros 20-25 minutos hasta la estación de tren, donde nos sentamos en el primero que vimos, que no era el RE5 de antes, sino un tranvía, que tardó el doble y nos dejó en la parada de Friedrichstrasse – la calle más larga de Berlín, a  la sazón-. Allí llegamos muertos de hambre (de frío ya se da por hecho), pero tuvimos la suerte de encontrar un Peter Pane, totalmente recomendable, justo al salir del la estación y nos comimos con las manos, contra corriente, a lo loco, un pedazo de hamburguesa.

Ya era de noche y nos planteamos ir a la isla de los Museos, aunque fuera a verlos por fuera, porque eran ya las 17 y a las 18 cierran (mala suerte, ¿eh?  😉 ), así que fuimos Friedrichstrasse arriba hasta la confluencia con Unter Den Linden. Al poco de comenzar a caminar vimos un fuerte despliegue policial, se oía a alguien lanzando proclamas desde un megáfono, y comenzaron a pasar lecheras de las que salieron decenas de antidisturbios que tomaron posiciones en medio de la calle. Cuando llegamos hasta ellos, vimos que había una manifestación de unas 15 personas (una minifestación, en ese caso), con el del megáfono en primera fila, gritando como si no hubiera un mañana. No entendía bien lo que decía, pero no me extrañaría nada que estuviera exhortando a la gente a tomar por la fuerza los sudetes. Alguien a nuestro lado nos dijo en inglés, “Así son, les gusta hacer estas demostraciones de fuerza”, señalando a los 50 antidisturbios que se habían colocado frente  a la manifestación. Con el frío que hacía.

El resto del día discurrió por la zona de confort. Pasear por el otro lado de la calle de Unter Den Linden, pasando por Bebelplatz, el monumento a Shinkle, la ópera… aunque de noche no es lo mismo. Cruzamos la calle para dar un vistazo a la isla de los museos, pero hacía mucho frío, qué queréis que os diga. Así que buscamos un bar, donde nos sirvió un joven alemán, el típico bisoño que matan el primero en las películas de guerra, una suerte de Michael York precario.

Al salir de ahí recurrimos al glühwein en el mercadillo de Alexander Platz, y nos acercamos a la iglesia de St. Marienkirche, pero estaban dando misa y la patulea de guiris que queríamos entrar dentro a estar calentitos nos tuvimos que ir a la plaza de nuevo, comer algo y para casa.

Glühwein - Guía de Berlín - Carleso

 

Parte IV

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