Guía de Berlín (II)

DÍA 2

El segundo día amanecimos con el firme propósito de subir a lo más alto de la Fernsehturm, e incluso desayunar en el restaurante que tiene en la cúpula. Pero el clima no nos lo permitió. Cogimos nuestro U2 hasta Alexander Platz, pero al bajarnos vimos que la niebla no dejaba ver ni la cúpula de la torre, así que descartamos el plan “para otro día” y recurrimos al plan B: recorrer Karl Marx Allee, la gran avenida socialista.

Es curioso el contraste que se percibe al entrar en esta calle. Parece que uno retrocede varios años, hay quietud en el ambiente y menos gente paseando. Mires a derecha o izquierda, casi siempre ves los mismos edificios, sobrios, estalinistas. Y un frío del carajo.

Karl Marx Allee - Guia de Berlin

Nos acercamos al Kino International, el cine estrenado en 1963, que me habían dicho que se podía ver por dentro sin tener que ver una peli. Así que nos metimos en el edificio, que conserva todo el aire del año de su estreno, pero salimos en cuanto oímos a la taquillera decirnos algo. No sé si me hablaba en ruso, en alemán, o en inglés, pero nos fuimos de allí, intimidados de nuevo.

Después de tantos éxitos en lo que iba de mañana (…), tocaba desayunar, así que nos metimos en el primer bar que vimos, Albert’s (un nombre tela de soviético, eh?), y pedimos dos cafés, dos zumos y dos croissants (el típico desayuno socialista, vaya) y, para que no pasara lo del día anterior, con el gesto de “la cuenta?” y nos clavaran, la pedimos en perfecto alemán: “Zahlen, bitte”. La chavala nos sonrió, como agradeciendo nuestro esfuerzo, “Esta está en el bote, pensé”, y al poco trajo la cuenta: 16,50€. La típica clavada estalinista. Pagamos malhumorados y abandonamos el local. Me pareció escucharle a la camarera al salir: “Un abrazo”.

Lo siguiente fue seguir bajando Karl Marx Allee como si no hubiera un mañana hasta llegar a las columnas de Frankfurter Tor, donde tiramos a la derecha, buscando el siguiente objetivo: el Muro.

La avenida que, desde Frankfurter Tor, te deja al pie del único kilómetro de muro que se conserva se llama Warschauer Strasse. Es una larga avenida (otra) que viene a morir en el Spree, justo donde comienza la denominada East Side Gallery, que es una galería de arte al aire libre situada sobre una sección de 1.316 metros en la cara este del muro de Berlín, que fueron salvados del derribo. o sea, el Muro. Para llegar ahí, como teníamos el abono diario de transporte, nos subimos a un tranvía y recorrimos tres paradas, que ya habíamos andado bastante. Al poco ya vimos el comienzo del muro y, a la izquierda, sobre el río, el puente Oberbaumbrücke, que une a través del Spree los distritos de Friedrichshain y Kreuzberg (¿a que no parece que esté mirando la Wikipedia?), y es otro de los iconos de Berlín. Se ve y le hace uno sus poquitas fotos y ya comienza el recorrido por el muro y sus pinturas.

Oberbaumbrücke

Lástima el vallado con el que se protege el muro de vándalos y grafiteros, que impide disfrutarlo en todo su esplendor granítico. Aún así, podréis ver el beso de Breznev y Honecker y hacerse la foto de rigor.

Una vez visto el muro, continuamos por Mulhenstrasse palante palante hasta llegar a la estación de metro de Jannowitzbrücke. Que tenemos el abono diario y hay que amortizarlo. Volvimos a la zona cero, a la feria de Alexander Platz, y comimos Knobi Brot – una especie de rebanada grande de pan con aceite, decorada con tomate, mozarella y cebollinos – (4€ cada una), y un cartucho de patatas fritas de freiduría (3,90€, tócate el papo).

Después de comer tocaba ver el famoso Checkpoint Charlie, el más famoso paso fronterizo del Muro. Cogimos el U2 desde Alexander Platz hasta hacer transbordo con el U6 (no recuerdo en qué parada), y ya esta línea te lleva a la estación denominada Checkpoint Charlie, en Fiedrichstrasse. En realidad es una birria de caseta de madera pintada de blanco, eso ya se sabía, pero ahí está su reconstrucción y su valor simbólico, ya que ha sido testigo de no pocos dramas. Hay dos notas vestidos de policías fronterizos americanos para quien quiera hacerse la foto de rigor. No preguntamos cuánto costaba porque no queremos ná con la policía. Y menos con la policía norteamericana.

Mc Donalds y Checkpoint Charlie

El museo que está al lado cuesta 12,50€, pero no hacía tanto frío como para entrar. Lo que sí visitamos fue el pabellón informativo sobre el Checkpoint Charlie que hay cruzando la calle, el Black Box Cold War, que, curiosamente, es gratis, y ofrece fotos a gran escala e información sobre la historia de ese paso fronterizo y sobre las vidas que se quedaron en el camino en el intento de cruzarlo, o las que fueron encarceladas por dicho motivo.

Después de la visita, aún quedaba tiempo para ver otra cosita de Berlín, la Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm, junto a la comercial avenida  Kurfürstendamm. Para eso, desde donde estábamos, cogimos el U6 hasta Leopoldplatz y desde ahí la U9, que te deja en la misma avenida Ku’ Dam, al pie de la iglesia, o de lo que queda de ella. Rodeando a la misma, otro mercadillo navideños, con sus casetas de madera y sus puestos de comida. La construcción impresiona, ya que la iglesia está hecha un Cristo. Después del bombardeo del 23 de noviembre de 1943, la iglesia quedó en ruinas y poco después se decidió conservar la torre que está en pie hoy día. Se puede visitar, es gratis, y dentro se puede ver una exposición sobre la historia de la iglesia desde su construcción hasta su destrucción.

A su alrededor se levantaron dos edificios azules diseñados por Egon Eiermann entre 1957 y 1961, que hacen las veces de iglesia y campanario. El más alto no lo visitamos, la iglesia sí, y empezó a sonar el imponente órgano a nuestra llegada, todo un detallazo. Al poco de estar allí se subió un cura alemán al altar y empezó a decir misa. Suponemos que era misa. Teníamos que decidir entre volver al frío polar o escuchar una homilía en alemán. Ganó lo primero.

Ya tocaba irse de vuelta, porque, total, la zona de Ku’ Dam nos la traía un poco al pairo. Para ver tiendas de Inditex ya tenemos sitios de sobra en España. Así que cogimos el metro para irnos para casa. Nos subimos en un vagón atestado de gente y, cuando ya se cerraban las puertas y parecía que no iba a entrar nadie más, entró él. Con su bigote y su pelo ralo, sonriente, todo el vagón se volvió hacia él, que, ceremoniosamente, le daba la vuelta a una credencial que llevaba colgada del cuello para que todo viéramos que era un revisor del metro. La dolorosa experiencia de Praga me hizo tambalear durante unos instantes, a medida que el hombre del bigote, de origen armenio seguro, se volvía hacia mí sonriente. Parecía que sólo tenía ojos para mí, como cantaban The Flamingos. Un poco nervioso, la verdad, saqué mi ticket de la cartera y se lo mostré, esperando su veredicto. Su sonrisa no se alteró en ningún momento, por lo que respiré aliviado mientras el revisor se adentraba en el vagón pidiendo los billetes. Por una vez hicimos las cosas bien. En la siguiente parada, el armenio se bajó y ya no volvimos a ver más un revisor en toda nuestra estancia.

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