Guía de Berlín (I)

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Hace poco he estado en Berlín. Como ya hice con mis viajes a Escocia o Praga, fui anotando cositas en una libreta para poder darle forma luego a una guía, que pueda servir como entretenimiento para quien le guste la lectura y la historia, y/o como guía, propiamente dicha, a quien tenga pensado viajar allí. No esperéis encontrar “el otro Berlín”, o algo súper alternativo, porque hemos ido en plan guiri. Faltaría más.

DÍA 1

La llegada a Schonefeld fue según lo previsto, a  las 10. El aeropuerto de los tiesos está a unos 24km de Berlín, por lo que hay que coger el tren metropolitano (S-Bahn). Del aeropuerto a la estación de tren hay un camino de unos 500 metros. Si no sabes por dónde, sigue a las masas.

Aeropuerto de Schonenfeld - Guía de Berlín - Carleso

Al llegar a la estación, has de comprar el billete en las máquinas (3,30€) y validarlo en la maquinita antes de subirte. Recuerda, tren RE7 o RE14. En tres paradas estás en Alexander Platz (de aquí en adelante nos referiremos a Alexander Platz como Alexander Platz). Nuestra casa Airbnb estaba situada cerca de la parada de Marchishkes Museum, así que cogimos la línea U2, nuestra línea madre, y allí nos bajamos y nos instalamos en el piso franco, muy bonito y muy calentito. Para quedarse allí dentro, en verdad.

Nota 1:

El metro comunica muy bien toda la ciudad, no como en Sevilla. El precio del viaje individual es de 2,70€ en los tramos AB, que son los más céntricos. Para Aeropuerto, Potsdam, Sachenshausen, etc.. es de 3,30€. El abono para un día en tramos AB es de 7€, y en ABC, de 7,60€. La tarjeta para una semana vale 37€, si mal no recuerdo. Aunque también os podéis montar sin pagar un duro, siempre que no os pille un revisor. Vosotr@s viajáis, vosotr@s decidís.

Para la primera incursión berlinesa no teníamos nada pensado. Caminar donde nos llevara nuestra intuición, siempre teniendo en el horizonte la Puerta de Brandenburgo. Sí, ¿qué pasa? Pues eso, de repente nos vimos en Leipziger Strasse,  una avenida amplia, limpia, fría y silenciosa. Tras saltarnos un par de museos por el camino (“ya habrá tiempo para ver museos”, eso no falla), llegamos a la octogonal Leipziger Platz, donde hay otros dos museos que vimos por fuera (es la última moda), el “Spy Museum” y el  “Museo Dalí” (este en Potsdamer Platz). Pero lo que queríamos ya a esas horas (11:30), eran dos cervezas. Déjate de museos.

Nota 2: Todo el mundo dice que “Berlín es barato”. Berlín no es barato. Barato es Bormujos, o Bornos. ¿Es más barato que París, Roma o Londres? Sí. Pero eso no quiere decir que sea barato. Barato es Bormujos, o Bornos. Quédense con eso. Sigamos.

Total, que pedimos las dos cervezas en una terracita al sol en plena plaza. Sí, como lo oyen. La mar de bien. Al acabarla, le hice a lo lejos al camarero la seña de “la cuenta”, así como firmando en el aire con la mano. Este me imitó y le hizo el mismo gesto a sus compañeros, que rieron todos haciéndose el mismo gesto. Total, que me clavaron 9€ y nos fuimos de allí, escrutados por el sonriente staff de camareros, sin mirar atrás. Justo al lado de Leipziger Platz está el primer hito turístico que visitamos, que no es otro que Potsdamer Platz, epicentro cultural en el siglo XIX, donde se instaló el primer semáforo europeo. Allí iba la gente a meterse el dedo en la nariz en la época. Hoy día más que cultural es comercial, gracias sobre todo al Sony Center y su cúpula bestial, al edificio de Daimler y al Beisheim Center.

Y en esta época, nos pilló el primer mercadillo navideño de los que vimos, que no fueron pocos. Casetitas de madera muy bien montadas y con diversidad de productos y comida, con un gran ambiente. El Museo del Cine está situado en el Sony Center. No lo visitamos (“ya habrá tiempo para ver museos”), pero sí echamos un ojo a su tienda, con cositas cinéfilas muy coquetas.

Tocaba salir de Potsdamer Platz, así que cogimos Eberstrasse en dirección a la Puerta de Brandenburgo, que para eso hemos ido a Berlín. A mitad de camino, a  mano derecha, nos detuvimos para recorrer el Monumento al Holocausto, los 2.711 bloques de hormigón, obra de Peter Weissman.

 

Un espacio de desasosiego, de reflexión, de tristeza (de todo menos de jugar al escondite, como estaban haciendo allí unos niñatos)  erigido en 2005 en recuerdo a las víctimas del Holocausto.

Museo del Holocausto - Guía de Berlín - Carleso

No somos nada

Como curiosidad, la empresa que fabricó la sustancia anti-graffiti para cubrir los bloques, tenía una subsidiaria, que era la que produjo en su día el gas Zyklon-B. Casi nada.

Al salir de la zona, ya se veía la Puerta de Brandenburgo. Ni en mis peores sueños había imaginado encontrarme con el monumento de perfil. Eso no lo tenía previsto, pero así fue. Llegué hasta ella con la cabeza gacha, la rodeé y caminé hasta situarme frente a ella para expresar como una emoción impostada, “Oh”. Uno de los hitos, si no EL hito de mi viaje, era estar allí, y allí estaba. Y, gracias a la fecha en la que fuimos, no estaba atestada como yo preveía en mis peores sueños, así que pudimos disfrutar allí sin apreturas.

Pero bueno, tampoco nos volvamos locos, que hay mucho que ver. En uno de los bloques laterales de la Puerta se instaló la Cámara del Silencio, una habitación insonorizada para aislarte de todo, pensar, meditar y mirar el facebook. Y para resguardarte del puto frío, como fue nuestro caso. Aparte de eso, meditamos allí un poquito y salimos en dirección Unter Den Linden, la avenida de los tilos, la calzada prusiana.

Paseamos despreocupados por la larga avenida, pasamos por la Humboldt Universitat, que estaba cerrando ya, que si no… Más adelante nos detuvimos en Neue Wache (no me lo he inventado, es así), un edificio de Shinkel que dentro alberga una Piedad. Es un memorial a las víctimas de guerra y dictadura. Como la reja estaba cerrada, miramos la estatua y las flores del suelo desde la entrada, hasta que un operario alemán, el típico operario alemán, se bajó de una escalera que había dentro con un trompo en la mano y nos fuimos, con miedo y frío.

El siguiente edificio bajando por Unter den Linden es el Zieghaus, un antiguo palacio que ahora alberga el Deutsches Historisches Museum, o sea, el Museo de Historia Alemana, para los que no sepáis alemán. Como seguíamos con frío, entramos. A lo tonto a lo tonto, empezamos a subir escaleras y recorrer salas, desde 1930 hacia atrás, un recorrido histórico inverso de la historia alemana. Pero hete aquí que cuando iba por el año 1600, enfrascado yo en las andanzas de Maximiliano I de Baviera, se me acercó una señora alemana alemana, de edad avanzada, con gafas, mirando y señalando mi pecho fijamente y haciendo el “No” con el dedo. A mí me suele intimidar que me hablen en alemán, pero más me intimida casi que me miren en alemán. Miré al resto de visitantes y todos llevaban una pegatina, que HABÍA QUE PAGAR.  O sea, que nos habíamos colado sin pagar (las cosas del frío). Total hicimos como que bajábamos a pagar, y nos salimos del museo. Ya habíamos entrado en calor, la verdad. Aunque me dió coraje quedarme con la duda de quién ganaba la Guerra de los Treinta Años.

Seguimos el paseo monumental y lo siguiente en aparecer ante nuestros ojos, andamios aparte, fue la Berliner Dom, la catedral, relativamente nueva, pero majestuosa. La entrada, que te da acceso a subir también a la cúpula, vale 7€. Nosotros lo dejamos “para otro día”, porque ya era de noche (allí a las 16 es de noche en noviembre). Pero   justo recién cruzado el Spree nos encontramos con el Museo de la DDR, abierto en 2006, y este sí apetecía verlo. Mogollón de memorabilia de la época de la República Democrática, infografías, documentos, reproducciones de viviendas de la época, de salas de interrogatorio, de vehículos… en fin. Si te gusta lo vintage y la historia, puedes echar un buen rato aquí por 9,50€.

Museo de la DDR - Guía de Berlín - Carleso

Eso es una defensa y lo demás son tonterías

Ya al salir de ahí, nos tocaba pisar por primera vez Alexander Platz, convertida en centro neurálgico navideño. Noria, pista de patinaje, y decenas de puestecillos y bares instalados en cabañas de madera, y todo el mundo contento, como si no hiciera frío, bebiendo vino caliente (gluhwein).

Echamos un vistazo de cerca a la imponente torre de televisión. la Fernsehturm, otrora símbolo y orgullo del Berlín Oriental, al reloj mundial, que marca todos los husos horarios del planeta (y yo soy un fan de los husos horarios, como ya sabréis) y ciudades situadas en esos husos,  y a la fuente de Neptuno, rodeada por la pista de patinaje, y para casa.

Fin de la cita.

Guía de Berlín II

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