A Rafa Angulo

Hoy hace cuatro años ya que se fue Rafa, y escribí esto de abajo. Brindemos por/con él.

«Escribo esto no porque se haya ido mi mejor amigo, ni siquiera un amigo íntimo. Escribo esto porque lo necesito.

La primera vez que vi a Rafa fue a finales de los años 80, en La Confi, el sitio donde nos reuníamos a beber y fumar. Era instituto o Confi. Si no estabas en un sitio, estabas en el otro. Yo andaba de charla con Mariló, mi primera novia, y se nos acercó un chaval con melena, guapo, delgado, de ojos claros, que hablaba fino, y se puso a hablar con nosotros. Con ella, más bien, que era compañera de instituto. Después de esa charla, entre ella y yo le llamábamos  Super-Rafa porque, con un deje un poco pijo, le anteponía el “súper” a todo: “súper poca gente, “súper lejos”, “súper frío”…

A partir de ese momento ya comencé a verle por los ambientes por donde yo me movía, o sea, por la “escena jerezana” (os dejo que os riáis , venga…). Llegó a formar un grupo con Julio de la Rosa, Siluetas del Tiempo – a los que mis amigos y yo, enarbolando una rivalidad ficticia entre modernos y rockeros, llamábamos jocosamente Ciruelas del Tiempo, hoy lo confieso -, y llegaron a compartir local con el grupo en el que yo tocaba en aquellos tiempos, La Casa Usher. Aquél Rafa, pañuelo en la cabeza, melena al viento, aún no era Rafa. Yo tampoco era yo.

Posteriormente le perdí de vista, yo estudiaba en Sevilla, él se fue de Jerez. Al cabo de unos años, a finales de los 90, conocí a Rakel, nos enamoramos y Rafa de repente pasó a ser mi cuñado: era el novio de su hermana Mertxe, que vivía en Zaragoza. Ese Rafa, entregado a la vida, ya era nuestro Rafa, o se acercaba mucho. Se había hecho un nombre en la escena aragonesa, escribía de música, montaba conciertos y vivía para y de la música. Había hecho lo que yo no me atreví a  hacer. Ya con él en la familia, le fui conociendo más, me guió por los Pirineos o por los bares de Zaragoza. Sin ser íntimos, ya había cuajado eso que te ocurre con ciertas personas, a las que siempre te alegrarás de ver, pase el tiempo que pase. De hecho, por circunstancias de la vida, pasó mucho tiempo hasta que volví a verle, encuentros fugaces en festivales aparte.

Hace dos años, en septiembre de 2013, pasé unos días con él en Teruel, sitio raro para verse. Era el mismo Rafa. El mismo no, era un mejor Rafa, su corazón se había hecho más grande en Filipinas, pero arrastraba un halo de desencanto, sin arraigo. Aún así, vivía movido por una fantasía que le podía cambiar la vida, al menos sazonársela. A él y a cualquiera, claro. Estaba esperando que cuajara “La vuelta al mundo en 80 discos”. Un proyecto pensado por y para él: música, viajes, gente y mochila. Pero el fondo de Rafa era tristeza. Al contrario que los vampiros, él la veía al mirarse al espejo; pero a nosotros nos regalaba sus disparates y sus risas. Poco antes había podido verter todo ese desgarro en el video de su gran amigo Julio, “Un corazón lleno de escombros”, sin necesidad de actuar.

Y se fue hacia el huracán, parafraseando a sus amigos de Tachenko. Cualquier mortal con dos dedos de frente hubiera cancelado ese vuelo. Él no. ¿Era una señal? Llegó a Malapascua y se refugió mientras se desataba el infierno sobre la isla. Allí tenía a su otra familia. Sobrevivió al huracán y volvió, recaudando fondos para reconstruir la isla. El 15 de marzo del año pasado le vi por última vez, en Sevilla. Su proyecto de vuelta al mundo hacía aguas, por lo que solo le quedaba volver, Filipinas. Tras pasar el día juntos nos despedimos comprando gominolas en un chino de la calle Feria. Rara despedida, pero, ¿quién lo iba a suponer?

Ayer me dieron la noticia y yo no he llorado más en los días de mi vida. Quizá él recogió todos nuestros escombros y se los llevó a un sitio apartado para enterrarlos, y a cambio nos dejó todo su amor

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