Probablemente muchos habéis visto la película que da título a este post, protagonizada por Michael Caine, Max Von Sydow, Sylvester Stallone… y con colaboradores de lujo como Pelé (esa chilena!) o al argentino Ardiles. La película cuenta la historia de un grupo de prisioneros de un campo nazi que se enfrentan con soldados alemanes en un partido de futbol. Aunque la historia de la película es pura ficción (ese Stallone partiéndose el brazo), está basada en un triste hecho real que sucedió en Ucrania en 1942.
En la Kiev ocupada se formó un equipo con 8 jugadores del Dynamo de Kiev y 3 del Locomotiv, denominado FC Start. Los soldados alemanes seguían con curiosidad los entrenamientos que realizaban en un solar hasta que, en un alarde de generosidad, les cedieron el estadio Zenith para que lo hicieran. Pero la cosa fué más allá. A alguien se le ocurrió celebrar un partido entre el Start y y una selección de soldados alemanes, para que estos se distrayeran y para que la población ocupada viera que no eran tan malos como los pintaban.
Aunque en un principio era super-amistoso, más de distensión que de tensión, a medida que se acercaba la fecha del encuentro, el 12 de julio, se fue politizando el tema ya que los alemanes debían ganar para demostrar que la raza aria era muy superior y una derrota sería un varapalo a la ideología del Reich.
Total, que ni raza aria ni leches. Les metieron 4, con el consiguiente cabreo del general Eberhard (no hace falta que os lo presente, ¿no?), que abandonó el palco antes de que acabara el partido, al más puro estilo Lopera. Los alemanes, enfurecidos, pidieron revancha. Se reforzaron, y les cayeron 6, el día 17. Luego pidieron ayuda a sus aliados húngaros, que perdieron por 5-1, dos días después, y por 3-2 el día 26.
Así hasta que decidieron llamar al Flakelf, equipo de la Primera División alemana, para que pusiera rectos a los del Start. ¿Qué se habrían creído esos ucranianos? El día fijado, el 9 de agosto. El estadio abarrotado, deseoso de ver una nueva paliza a los invasores. Comenzó bien la cosa para los nazis, pues se adelantaron en el marcador, pero al final de la primera parte ya perdían por 2-1. Estaban acojonados sólo de pensar en la cara de Hitler si se entera de que habían perdido. Así que en el descanso un oficial bajó al vestuario del Dynamo y les dijo que, o perdían o….
El cartel anunciando el partido. ¿Os lo traduzco?
Así que salieron desanimados, tristes, a jugar la segunda parte. Pero vieron al público que se había venido arriba, orgullosos de su equipo, y se picaron de nuevo, aun sabiendo las consecuencias de una victoria. Total, que les metieron dos chicharros más, y al final del partido lo celebraron con el público, mientras los alemanes se retiraban a toda prisa, bajo la mirada fulminante de los oficiales en el palco.
La venganza no tardó en llegar. Los jugadores fueron arrestados uno a uno, y a partir de ahí se les pierde la pista a la mayoría, aunque se confirmó el fusilamiento de cuatro de ellos.
Hoy día un monumento (en la foto inferior) dentro del estadio del Dynamo de Kiev honra la memoria de aquellos héroes.
Hace unos años, a raíz de catástrofe aérea de Río de Janeiro, tuve conocimiento del Aeropuerto Antonio Carlos Jobim, lo que me hizo pensar automáticamente en el Aeropuerto John Lennon de Liverpool, y me lancé a la búsqueda de aeropuertos con nombres de músicos. Lo primero que hice fue probar «Airport Memphis», porque estaba seguro de que el aeropuerto de Memphis se llamaría Elvis Presley, pero, extrañamente, no tuve resultado.
Esto es lo que os he conseguido:
Antonio Carlos Jobim (Río de Janeiro, Brasil)
El principal aeropuerto de Rio es este al que le da nombre el gran compositor nacido en la misma ciudad, Antonio Carlos Jobim, y fallecido en 1994.
Astor Piazolla (Mar del Plata, Argentina)
El bandoneonista platense, o marplatense, fallecido en 1992, en le dio nombre en 2008 al aeropuerto de su ciudad.
Louis Armstrong (New Orleans , USA)
El 11 de julio de 2001, el aeropuerto de New Orleans fue renombrado en honor al músico de jazz Louis Armstrong en el centenario de su nacimiento. Tengo ganas de ir a New Orleans.
John Lennon (Liverpool, Inglaterra) – LPL
Aunque se abrió oficialmente el 1 de julio de 1933 bajo el nombre de Aeropuerto Internacional «Speke», en 2002 se le bautizó con el nombre del hijo más ilustre de Liverpool.
Fredric Chopin (Varsovia, Polonia) – WAW
En marzo de 2001, el famoso compositor polaco Chopin le dió nombre al Aeropuerto Internacional de Varsovia. Tengo ganas de ir a Varsovia.
Wolfgang Amadeus Mozart (Salzburgo, Austria) – SZG
Este aeropuerto, relativamente moderno, adoptó el nombre del compositor salzburguense. Tengo ganas de ir a Salzburgo
Giuseppe Verdi (Parma, Italia) – PMF
El 5 de mayo de 1991, el Aeropuerto de Parma pasó a llamarse Giuseppe Verdi, mi músico anterior a 1890 preferido.
Ferenc Liszt (Budapest, Hungría) – BUD
El músico nacido en un imperio (austriaco) y muerto en otro (alemán) le da nombre desde hace muy poquito – marzo de 2011 – al aeropuerto de la capital de Hungría, donde dio clases y pasó una buena parte de su vida. Tengo ganas de ir a Budapest.
Se trata de un hombre de mediana edad, gaditano probablemente, que «acciona» los chistes más que contarlos, y es de tal calibre su vis cómica, el magnetismo que ejerce sobre la risa del prójimo, que no bien se levanta de su asiento, la gente, desde el propio Pepe Carrol hasta los técnicos del estudio, pasando por el público de plató, los telespectadores y los compañeros cuentachistes se descojona de risa. Y lo curioso es que el humor de Chiquito de la Calzada no es escatológico, ni genital, ni de anciana que resbala sobre una piel de plátano, esto es, no es un humor «español» al uso, sino que nace de las travesuras de la inteligencia y de los guiños surrealistas de la razón. Chiquito de la Calzada ha sido el personaje del verano en televisión, y aunque a partir de ahora invadirá el medio una turba de sujetos grotescos y risibles (los contertulios, las estrellas, los políticos del Régimen), espero que consolide su cetro en el otoño. Los chistes que cuenta son malísimos, pero nadie sería capaz de contarlos tan bien como él.
Fats fue uno de los afectados por el huracán Katrina en Nueva Orleans, al punto de que la gente pensó que había muerto en la tragedia. Incluso pintaron en la fachada de su casa «RIP Fats. Te echaremos de menos» (la gente es más morbosa…). Su agente salió al paso de los rumores cuando tuvoi noticias de que Fats y su familia habían sido rescatados de la tragedia. Lo que sí perdió en el huracán fue su Medalla de las Artes, que le había otorgado Bill Clinton. Por eso George Bush fue a su casa a darle una nueva.
Gracias George, ya te puedes ir
Y aún sigue pisando los escenarios. Si vais a Louisiana, estad atentos por si véis a un viejecito rechoncho tocando el piano en algún garito.
Ayer reuní a dos calcetines, después de muchos días si saber nada el uno del otro. Parecerá una tontería, pero no lo es. ¿O si?
Sea como fuere, desde no sé cuándo había un calcetín solo, sin pareja, en el fondo del oscuro cajón del armario, entregado a sus cavilaciones («¿volveré a verle? ¿me obligarán a tener una nueva pareja contra mi voluntad? ¿quedaré para limpiar el polvo? ¿para guardar las canicas de alguna criatura? ¿para darle vida a una marioneta?»).
Mientras todo esto pasaba en el cajón, ¿quién sabe qué aventuras corrió su pareja en solitario? Apuesto a que comenzó su errática andadura bajo la cama, sumido en la oscuridad, pidiéndole ayuda a alguna pelusa (en vano, claro, las pelusas no hablan. Entienden, sí, pero no pueden hablar). De ahí pasaría un buen día al cesto de la ropa sucia, donde buscaría afanosamente a su hermano, sin resultado. Me lo imagino luego en el bombo de la lavadora, centrifugándose en soledad, que es lo peor que hay. No se lo deseo a nadie, de veras. Finalmente descansaría solo en el tendedero, como convidado de piedra (o de algodón) en las conversaciones de las demás parejas, felices, limpias y al sol. Por mucho corporativismo que se diga que hay en el mundo del calcetín, seguro que nadie le tendió una mano amiga para secarse en compañia.
Al fin, cuando todas sus esperanzas se diluían, lo dejé en el cajón, rodeado de pelotas de parejas. En ese momento vi otro calcetín huérfano al fondo. Lo saqué, y miré su leyenda «Saturday» (son de estos de H&M con los días de la semana bordados, cada día de un color. 7 pares, 14 euros). Miré la leyenda del calcetín que tenía en mi mano, y, voilá, ¡¡»Saturday» también!!.
Al más puro estilo «El diario de Patricia», los uní, algo emocionado, hice la pelota correspondiente, y los metí en el cajón, retirándome para que tuvieran intimidad.
Hace unos años, un día como hoy, señalado para mí, hice una lista de mis ancianos favoritos. El paso del tiempo ha hecho que tenga que actualizarla, tachando algunos nombres (García Márquez, George Martin, Leonard Cohen…) 🙁
Considerando anciano a alguien mayor de 80 años, aquí tenéis una relación de personajes que han superado o igualado dicha cifra y que a mí me caen bien, y no me gustaría que muriesen nunca, aunque es probable que durante este 2017 nos deje alguno de ellos.
Sea como sea, cualquiera de los que aparece aquí tiene un legado detrás al que podremos recurrir en caso de (inexorable) pérdida.
Michael Caine (83)
Kirk Douglas (100)
Olivia de Havilland (100)
Della Reese (85), ella tiene el blues
Willie Nelson (83)
Sophia Loren (82), sin comentarios
Chuck Berry, el Rey (90)
Tony Bennet (90), puro swing
Ya me he cansado de poner fotos. Otros ancianos ilustres que he detectado son: Berry Gordy (87), Fats Domino (88), Robert Duvall (85), Jerry Lee Lewis (81) o Little Richard (84)..
En el pelotón de los setenteros (personas jóvenes hoy día) aguardan nombres como Bob Dylan (75), Mick Jagger (73), Anthony Hopkins (79), Robert Redford (80), Keith Richards (73), Ringo Starr (76), Jack Nicholson (79)…
Para el sábado decidimos salir de la urbe y visitar un campo de concentración. El más cercano a Berlín está a unos 20km, en Oranienburg, donde más vale que no se os pierda nada. Ahí comenzó a funcionar en julio de 1936 el campo de internamiento de Sachsenhausen, hasta que llegaron los rusos y polacos en abril del 45, y se lo quedaron ellos para seguir puteando hasta marzo de1950, cuando se cerró definitivamente. En 1961 se abrió el campo como lugar conmemorativo y museo.
Bien, para llegar allí hay varias formas. Nosotros optamos por tomar el tren RE5 (destino Rostock) desde la estación central de Hauptbanhof, cogiendo el tranvía M5 desde Alexander Platz, nuestra casa. Hay un tren cada hora, y tarda unos 25 minutos.
Estación de Hauptbanhof
Una vez que llegas a Oranienburg puedes esperar sentado que pase el autobús 804frente a la estación, o mejor caminar hasta el campo. ¿Por dónde? Sigue a las masas.
Si hubiera de elegir un día para visitar un campo de concentración, hubiese sido este día. El día más frío de mi vida, caminando bajo una niebla opresiva por las calles de Oranienburg (rodeado de españoles, para variar). Tras 20 o 25 minutos andando, llegamos a las puertas del campo, y compramos nuestra audioguía por 3€, aunque yo casi no la utilicé, por no sacar las manos de los bolsillos.
La visita a Sachenshausen te puede llevar varias horas. De hecho a nosotros nos llevó varias horas y eso que la hicimos en plan rápido. Aún así vimos los dos barracones del sector judío reconstruidos (38 y 39), donde te puedes hacer una idea de las condiciones inhumanas, inconcebibles, en las que vivían los prisioneros, vimos la prisión del campo (hay que ser retorcido), los postes de tortura, la cocina, el foso de ejecución, etc.
En cada estancia se disponen fotografías, documentación, proyecciones u objetos de la época. No pude dejar de imaginarme a los desdichados que tuvieran que pisar donde yo estaba pisando, en días similares al que estaba haciendo, en condiciones lamentables para subsistir. Una pesadilla. La verdad es que ese día el frío casi que pudo conmigo y me echó de ese páramo brumoso y desolado sin verlo en su totalidad.
Tocaba caminar otros 20-25 minutos hasta la estación de tren, donde nos sentamos en el primero que vimos, que no era el RE5 de antes, sino un tranvía, que tardó el doble y nos dejó en la parada de Friedrichstrasse – la calle más larga de Berlín, a la sazón-. Allí llegamos muertos de hambre (de frío ya se da por hecho), pero tuvimos la suerte de encontrar un Peter Pane, totalmente recomendable, justo al salir del la estación y nos comimos con las manos, contra corriente, a lo loco, un pedazo de hamburguesa.
Ya era de noche y nos planteamos ir a la isla de los Museos, aunque fuera a verlos por fuera, porque eran ya las 17 y a las 18 cierran (mala suerte, ¿eh? 😉 ), así que fuimos Friedrichstrasse arriba hasta la confluencia con Unter Den Linden. Al poco de comenzar a caminar vimos un fuerte despliegue policial, se oía a alguien lanzando proclamas desde un megáfono, y comenzaron a pasar lecheras de las que salieron decenas de antidisturbios que tomaron posiciones en medio de la calle. Cuando llegamos hasta ellos, vimos que había una manifestación de unas 15 personas (una minifestación, en ese caso), con el del megáfono en primera fila, gritando como si no hubiera un mañana. No entendía bien lo que decía, pero no me extrañaría nada que estuviera exhortando a la gente a tomar por la fuerza los sudetes. Alguien a nuestro lado nos dijo en inglés, “Así son, les gusta hacer estas demostraciones de fuerza”, señalando a los 50 antidisturbios que se habían colocado frente a la manifestación. Con el frío que hacía.
El resto del día discurrió por la zona de confort. Pasear por el otro lado de la calle de Unter Den Linden, pasando por Bebelplatz, el monumento a Shinkle, la ópera… aunque de noche no es lo mismo. Cruzamos la calle para dar un vistazo a la isla de los museos, pero hacía mucho frío, qué queréis que os diga. Así que buscamos un bar, donde nos sirvió un joven alemán, el típico bisoño que matan el primero en las películas de guerra, una suerte de Michael York precario.
Al salir de ahí recurrimos al glühwein en el mercadillo de Alexander Platz, y nos acercamos a la iglesia de St. Marienkirche, pero estaban dando misa y la patulea de guiris que queríamos entrar dentro a estar calentitos nos tuvimos que ir a la plaza de nuevo, comer algo y para casa.
El domingo amaneció soleado, y vimos que era el día perfecto para ir al pulmón de Berlín, al Tiegarten, que allí hay muchas cosas que ver, que lo he leído yo. Por tanto, cogimos nuestro U2 hasta Alexander Platz, y ahí enlazamos con el U8 hasta Hansaplatz, desde donde accedimos a Altonaer Strasse para divisar al fondo el Siegessäule, otro icono de Berlín.
La columna de la victoria se erigió en 1874 para celebrar las diversas palizas que los prusianos le habían dado a sus vecinos recientemente, entre ellos los franceses, que quisieron dinamitarla al acabar la 2GM. Menos mal que los angloamericanos no les dejaron, que si no no hubiera podido dejarme las rodillas en sus 285 escalones. La entrada al monumento vale 3€ solamente, y las vistas son muy chulas – aunque a mí me entró un ataque de vértigo y casi no podía despegarme de la columna -, así que merece la pena el esfuerzo. Abren a las 10 de la mañana (luego nos llaman flojos los andaluces), y fuimos los primeros en llegar y en subir a las alturas (luego nos llaman lentos a los andaluces).
El siguiente objetivo era el Memorial de guerra soviético – el primero de los dos que veremos -, a un kilómetro y poco de donde estábamos, así que comenzamos a andar por la Avenida 17 de junio y luego nos metimos en el parque para disfrutar de la estampa otoñal que ofrecía (pelín cursi la frase, vale).
Estampa otoñal, ya lo decía yo
Consiste en una escultura de un soldado soviético (levantada con el mármol procedente de la cancillería del Reich), flanqueada por dos de los primeros tanques T-34 que entraron en Berlín en 1945. El monumento se levantó pocos meses después de la toma de la ciudad por los soviéticos, aunque luego tras la división de Berlín quedaría en el sector británico. Unas risas…
A la espalda de este monumento, cruzando el parque, se erige el Reichstag, la sede del parlamento alemán, tantas veces visto en los documentales de la batalla de Berlín, esos soldados soviéticos ondeando su bandera en la fachada de un edificio semiderruido. Como no fuimos previsores, no pudimos reservar con tiempo el acceso a la famosa cúpula de cristal de Norman Foster, así que nos contentamos con ver el edificio por fuera y hacer las fotos de rigor. Si pensáis visitarla, haced la reserva con antelación (http://www.bundestag.de/en/visittheBundestag/dome/registration/245686). Es una orden.
Desde el Reichstag bordeamos el Tiegarten hasta la Puerta de Brandenburgo, que había que verla a la luz del sol, de día, y llena de españoles, para variar. La recorrimos con tranquilidad, nos tomamos un café y nos pusimos en marcha de nuevo. Tranquilos, que no vamos a Unter Den Linden otra vez, que ahora ya toca ir al famoso mercadillo de Mauer Park, allá donde Adenauer perdió el tambor. Si es domingo, es día de mercadillo. Y si hace sol, mucho mejor. La parada de metro más cercana a Mauer Park es la de Eberswalder. Así que para ir allí desde la Puerta de Brandenburgo, cogimos el tranvía hasta Potsdamer Platz y allí el omnipresente U2 hasta Eberswalder. Una vez que nos bajamos en la efervescente parada de metro de Eberswalder, la pregunta de siempre: “Y ahora, ¿por dónde tiramos?”. Y la respuesta de siempre: “Sigamos a las masas”. Como ese método nunca falla, al cabo de 15 minutos andando detrás de la gente, llegamos a las puertas del mercadillo, donde se apreciaba un ambiente bastante chulo. Una vez allí dentro podréis ver conciertos improvisados, alguna que otra reivindicación social, comer en diferentes puestos a precios asequibles (medio litro de cerveza 3,20€, lo más barato que vi en Berlín) y comprar todo lo que se puede comprar en un mercadillo. Si te gustan los vinilos, podrás flipar. Yo me compré seis singles, y porque decidí no seguir mirando.
Allí pasamos casi toda la tarde, hasta que decidimos hacer nuestra última visita del día y acercarnos a ver el Museo de la Stasi (estación de metro Lichtenberg). En esta ocasión nos perdimos por aquellas calles, el google maps en Berlín nos la estaba jugando, la noche estaba cerrada, teníamos frío y miedo, ¡queríamos salir de la zona soviética! Ya en el metro de vuelta para casa nos dimos cuenta de que las compras que hicimos en Mauer Park (bote de salsa “Crazy Bastard” e imanes aparte), que fueron un bolso con motivos berlinescos y mauerparkescos y mis seis singles dentro (a saber: “Kodachrome” de Paul Simon, “Jackie Wilson said” de Dexy’s Midnight Runners, dos de Ian Dury & The Blockheads, uno de Boomtown Rats y el “Hot Love” de T. Rex), se nos olivdaron en el bar donde comimos, por lo que el final del día fue un poco amargo. Pero para paliar eso, nada mejor que dos o tres jarras de glühwein.
El día 5 tocaba hacer barrido por cosas que teníamos pendientes. Aún así, se nos han quedado muchas en el tintero, que veremos en nuestra próxima visita.
Una de las cosas que queríamos ver era un edificio lleno de graffitis que aparecía en la portada de la Guía que nos llevamos a Berlín, que es el que encabeza esta entrada. Tras investigar, vimos que se hallaba en el barrio de Friedrichshain, cerca de Frankfurter Tor, donde ya estuvimos el segundo día. Por tanto, si lo queréis incluir en vuestra ruta, pasad esto al día 2, que os cogerá de camino. Para llegar allí cogimos el U5 desde Alexander Platz y nos bajamos en las torres de Frankfurter Tor. Sabíamos que estaba cerca de Boxhaneger Platz, así que caminamos hasta allí, cinco minutos aproximadamente, recorriendo el barrio.
Un cine en Friedrichshain
Preguntamos a los parroquianos, pero allí nadie sabía nada. No habían visto ese edificio en su vida, y mira que tiene colorines. Total, que dando vueltas lo encontramos en Kreutziger Strasse, una oda al arte del graffiti, en el cual estoy súper versado…. Bueno, que merece la pena echarle un vistazo al edificio. Por la zona, además, hay varias muestras más de arte urbano, por si os va el rollo.
La segunda visita del día no la traíamos preparada pero fue surgiendo sobre la marcha, y era Trepower Park, donde se levanta otro memorial a los soldados soviéticos caídos en la 2GM. Para llegar allí caminamos hasta la estación de Frankfurter Allee, donde cogimos el S41 que nos iba a dejar a las puertas de Treptower Park.
El parque discurre pegado al Spree (o el Spree discurre pegado al parque, casi mejor), así que un paseíto por la ribera es la mar de agradable. Cuando nos cansamos de andar, buscamos lo que habíamos ido a ver, para lo cual tuvimos que volver sobre nuestros pasos y cruzar la carretera que corta el parque. Allí vimos un arco de piedra que marca la entrada al recinto del memorial, inaugurado en 1949 (este ya lo hicieron bien, en la zona soviética….). Silencioso, majestuoso, va uno andando hacia la estatua de la Madre Patria llorando a sus hijos, tras lo cualte encontrarás de frente, en la lejanía, con EL SOLDADO.
Flanqueado por jardines y sarcófagos que contienen a los 5.000 caídos, al final de una gran explanada gobierna el recinto la impresionante estatua de un soldado soviético que, con la espada en la mano, protege a una niña pequeña de los Nazis, representados como una esvástica destrozada a sus pies. La estatua, realizada en bronce por el escultor Yevgeny Vuchetich (decidme dos obras más de Yevgeny), mide 12 metros de altura, y te harás una foto con ella detrás. Debajo de ella hay una especie de capilla con otro recordatorio a los caídos.
[Comentario destacado: “Hazme la foto, pero que salga el muñeco entero”]
En definitiva, un parque y un memorial que merece la pena ser visitado si estáis en Berlín.
Una de las “atracciones” que no queríamos dejar de visitar antes de irnos de la ciudad era una recorrido por los búnkeres o refugios para civiles de la 2GM. Y teníamos el tiempo justo para ello, pero teníamos que llegar a la estación de metro de Gesundbrunner, desde donde se inician estos tours, organizados por la empresa Berlin Unterwelten, que intenta recuperar y… – a ver, cómo lo digo para que no me chirríen los oídos…- poner-en-valor el patrimonio subterráneo de Berlín, que no es poco. Pues bien, cogiendo el S42, el tranvía de circunvalación, desde Treptower Park, llegamos justo al lado de la parada de metro de Gesundbrunner (la línea U8 te lleva allí). Y justo a tiempo para el tour de las 12:30. El siguiente y último era a las 14 y si perdíamos el de las 12:30 dime tú qué hace uno una hora y media en Gesundbrunner. En Gesundbrunner nada menos. Bien, el tour que vimos, de 90 minutos de duración (11€), fue el denominado “Mundo en tinieblas”, y nos llevaron, accediendo por una puerta verde de la estación de metro, a lo que fue el único refugio para civiles que queda intacto después de la 2GM. Aunque yo esperaba bajar más y más y examinar pasadizos y recovecos (incluso encontrarme algún cadáver de la época!), la profundidad no fue tanta, menor que la de las vías del metro que iban por debajo. Pero sí fueron reveladoras las explicaciones que aportaba la guía acerca de la vida en el refugio, los protocolos a seguir bajo los bombardeos, etc… [Comentario destacado: “Vaya pepino”. Una española mirando una vitrina con munición antiaérea]. Al salir a la superficie, la ciudad seguía intacta. El bombardeo no había surtido efecto y podíamos volver a nuestra vida normal. Esto es: Alexander Platz 😀 Era nuestra última tarde y aún queríamos ver la isla de los museos de día, la nueva sinagoga, el barrio de San Nicolás, la iglesia de St. Marienkirche, comprar algunos souvenirs e ir a una tienda de ropa de segunda mano, ¿qué os parece el plan?
Tras coger el U8 allí mismo y volver a Alexander Platz, lo primero fue comer en un restaurante típico alemán, “La Vespa”. La comida alemana nos gustó bastante: pedimos tagliatelle bolognesa y fetuccini pollo mascarpone, y estaba muy rico, aunque de fondo sonaba Nicola Di Bari… Sin más demora fuimos bordeando el Spree para ver la catedral desde otra perspectiva, y para ver, – desde fuera, claro, sólo nos faltaba entrar en los museos con la agenda que teníamos… -, el Altes Museum, la National Gallery y el Pergamonmuseum. Mu bonitos. Cerca de donde estábamos se encuentra Hackescher Markt, punto neurálgico para los adictos a las compras, o sea, no para nosotros, por lo que pasamos de largo para enfilar Oranienburger Strasse y ver desde fuera la nueva sinagoga, con una cúpula espectacular, donde Albert Einstein tocó el violín una vez (el típico premio Nobel que tocaba el violín).
Dan ganas de convertirse al judaísmo. Desde Oranienburguer bajamos de nuevo, buscando la tienda Kilo, de segunda mano. Y la encontramos, no sin esfuerzo, en Alte Schonhausser, pero vaya, nada del otro mundo. En El Ropero de Sevilla hay camisas más guapas y baratas. Y ya a esas horas, de noche, con todo lo que llevábamos encima, nos quedaban pocas pilas.
Así que compramos algunos souvenirs y fuimos a ver lo último que nos dio tiempo y ganas, la iglesia de St. Marienkirche, justo al lado del Fernsehturm. Esta iglesia es una de las más antiguas de la capital. Fue fundada en 1260 y renovada en el siglo XIV, y…. bueno…. yo creo que ya está bien, ¿no?
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