Guía de Escocia (I)

 MARTES 16-09-2008

 LIVERPOOL – DUMBARTON 
Amaneció lluvioso en la ciudad portuaria de Liverpool, y fuimos directamente al punto señalado: el museo de los Beatles, en Albert Dock. ¿Aparcamos en la puerta? Hay un párking. No, hombre, te clavan 2 libras por hora por aparcar en la puerta del museo. Salgamos fuera, a otro parking, y andemos un poco. Mira un subterráneo, allá vamos. 2 libras la hora, ya no podemos dar marcha atrás. El tiro por la culata, y la muesca sin poner aún.
Bueno, llegamos al museo (12,50 £) y estuvimos un par de horas la mar de entretenidos con las peripecias de los de Liverpool, viendo las guitarras que usaron los Quarrymen, mirando por el periscopio del submarino amarillo…. y veinte minutos (los más sangrantes del viaje) en la tienda anexa. Y bueno, ya era hora de ir a Escocia, que a eso íbamos. Tras intentar pasar por Anfiel Road y tener que pagar dos veces un peaje en un túnel por equivocación (el Tom Tom no hace milagros), decidimos que íbamos a lo que íbamos, a Escocia, coño.
Así que enfilamos la M6 con sus tres carriles armados de paciencia a eso de las dos y media o tres de la tarde. Llegamos a Glasgow más o menos a las ocho, haciendo varias paradas para poner el corazón en su sitio. Como en Glasgow no se nos había perdido nada, marcamos un pueblo en el mapa para pasar la noche. Dumbarton fue el elegido.
Salimos de Glasgow (de noche, lloviendo, cansados…) por la A82 en dirección al Oeste y, a los pocos kilómetros dimos con Dumbarton y nos adentramos en el pueblo a buscar un Bed&Breakfast, que nos han dicho que en Escocia es lo que se lleva y que está minado de ellos. Bueno, pues para empezar recorrimos medio pueblo y nada. En una de estas (de noche, lloviendo, cansados…), me paro en una rotonda, miro (a mi derecha, siempre a mi derecha!!), no viene nadie. Le doy para mi izquierda, y me veo un coche encima mía. Toque. Beat.

La cara que se me quedó tras el toque
Me bajo (de noche, lloviendo, cansado…) y del otro coche sale John Locke, de Perdidos (en Escocia hay muchos calvos iguales), y empieza casi a chillarme en inglés, claro. A mí los calvos con pliegues en el cuello me imponen mucho, pero en esa ocasión ni me inmuté. Yo sólo buscaba cómo decir “rotonda” en inglés. Acudiendo a mi inglés Pop repasé mentalmente la discografía de Dylan (seguro que habla de rotondas en alguna canción) (y Frank Zappa seguro que tiene un LP dedicado a las rotondas). Me vinieron a la cabeza canciones de Dylan relacionadas con coches como “From a Buick”, “Highway 61”, incluso “Fast cars” de Buzzcocks, pero no daba con la tecla, mientras el calvo seguía clavando sus grises ojos  en mí y diciendo cosas raras. Yo sólo acertaba a decir “I was inside the circle!!”, para que entendiera que yo ya estaba en la rotonda cuando él me endiñó. Total, que encima metió la calva en mi coche para rellenar los datos sin mojarse. Me escribió su nombre y su dirección (7 líneas, vaya dirección) y yo le dí mi nombre y mi matrícula y me cagué en toda su familia y en Benjamin Linus. “Vamos a salir de esto ya”, era lo más repetido en aquellos momentos. Es que venía que ni pintado, vaya.
Al salir del incidente (de noche, lloviendo, cansados…) me metí de nuevo en la carretera, pero por el lado derecho, europeamente, inconscientemente. Hasta que un tráiler que venía disparado contra mí me iluminó con su fogonazo y pude reaccionar a tiempo (en ese punto me pensaba si no sería más conveniente llevar el corazón en un tarrito).
Pude abordar luego a un taxista, al que le di la noche preguntándole por algún sitio donde dormir. Escocés y  jerezano en dura pugna en pos del entendimiento entre los pueblos, pero nada. Entre que yo estaba bloqueado y agobiado (y mi inglés es inglés-Phil-Spector), y el taxista lo único que quería era seguir leyendo su periódico (a esas horas), estuvimos cerca de 15 minutos dando manotazos. Al final me hizo hasta un croquis el buen hombre tras bufar una veintena de veces, aunque si yo hubiera insistido seguro que nos dejaba dormir en su taxi. Abajo, el croquis. Tengo pruebas de todo:
 Siguiendo las instrucciones del mapa del tesoro del pirata Morgan, encontramos The Milton Inn, donde pasamos la noche por 58 £. Tampoco era tan caro por dos vidas humanas. (Ahora, con el paso de los días, me doy cuenta de que si hubiera interpretado bien el mapa, hubiera encontrado el B&B pasando el Hotel…)
A la hora que era (21:30) sólo nos dieron de cenar alitas de pollo súper picantes (a lágrima viva) y champiñones en “salsa”. Nuestra primera experiencia en Escocia no había sido muy grata, pero eso no nos iba a arredrar. Menudos somos nosotros.


Deacon Blue (Glasgow) – «Real Gone Kid»

Guía de Escocia (Intro)

Comienzo aquí mi particular Guía Turística de Escocia, al estilo de la que ya  hice para Praga, por entregas. La idea es que sirva de algo a quien vaya visitar ese país, y tenga alguna referencia, y al que no lo vaya a visitar nunca jamás, pues que aprenda algo (el saber se va a acabar, qué diga, el saber no ocupa lugar) y se ría un poco.

En esta primera entrega haré una pequeña introducción sobre algunas cosas que hay que tener en Cuenca  a la hora de viajar a Escocia, así como el relato de nuestra llegada triunfal a Liverpool, así que no esperéis muchas anécdotas. Si veis que no os interesa, siempre podéis oir a Blue Cheer en Youtube.
¿Cómo moverse?
Escocia no es un país demasiado grande, lo ideal es recorrerlo en coche, al menos su parte occidental que es la más espectacular. Dependiendo del número de días que vayáis a estar veréis más o menos (esa frase me la podía haber saltado y ahora no estaríamos leyendo esta aclaración, perdiendo el tiempo tontamente). Así que lo suyo es desembarcar en Escocia (o en el norte de Inglaterra, como fue mi caso), y alquilar un coche con su volante a la derecha, perder el miedo, y lanzarse por sus carreteras. Recomiendo encarecidamente que lo alquiléis con navegador GPS u os llevéis el vuestro. Desde que lo descubrí, recientemente, la vida al volante es mucho más fácil. Por contra, no os perderéis por las carreteras de Escocia, minimizando la posibilidad de encontraros con el típico fantasma escocés, un alma en pena sin GPS vagando sin encontrar su castillo.

Venga ome, que ya no están tan caros
Carreteras
En cuanto a las carreteras, subiendo de Glasgow o Edimburgo (más o menos están alineadas), hay muy poco de autopista. Es decir, la parte que os recorreréis en coche son carreteras de doble sentido. Tú por la izquierda, ¡siempre!. Al ir por la izquierda, por un país desconocido, lo normal es que vayamos con precaución, con lo cual cada dos por tres tendremos un coche de algún aborigen comiéndonos el culo. Para los que no soportan la presión y se hunden (no pasa nada, incluso a los mejores nos pasa: Raúl, Roberto Baggio, Eljkaer Larsen…), existen repartidas por las carreteras unas zonas de Parking donde puedes pararte, limpiarte el sudor y dejar que pase el de atrás. No confiéis en carreteras solitarias. Por muy solitaria que sea la carretera, por muy tarde que sea, por inclementes que sean las condiciones, SIEMPRE va a haber un coche detrás nuestra. Asumámoslo. Pero aquí no acaba todo. La cosa se puede complicar, porque hay carreteras en las que sólo cabe un coche (sólo puede quedar uno). Y nosotros con el volante a la derecha. Para eso hay habilitadas también unas zonas llamadas «passing places«, en los arcenes, donde tú, o tu «contrincante», tendréis que pararos para dejar pasar. Al final no es tan problemático porque suele haber uno cada 100 metros o así, y la gente te da las gracias cuando te paras, y tú les saludas cuando ellos se paran. Es un juego.
¿Y dónde duermo? ¿Eh, carleso? Tú que lo sabes todo. Anda, listo!
 Para los que no lo sepáis, el alojamiento por excelencia en Escocia es el Bed & Breakfast: casas particulares en cuyas habitaciones puedes dormir, y donde te harán el desayuno pagándole al dueño/a el precio fijado, que es muy variable, partiendo de unas 20 £ por cabeza. Es aquí donde se pone de manifiesto la hospitalidad de este pueblo y la amabilidad de sus gentes. Ceden su casa a extraños, y la mayoría no acepta que les pagues hasta que te vayas, sin pedirte ningún tipo de fianza. Todos estos alojamientos están indicados con un cartel en la fachada de la casa con el símbolo B&B, donde suele aparecer «VACANCIES»/»NO VACANCIES», dependiendo de si tienen habitación libre o no. Algunos incluso muestran el precio. Aquí pasa como con todo. Cuando no te hacen falta, no paras de verlos, y todos «Vacancies»; pero cuando la noche cae y empiezas a angustiarte buscando uno, no aparecen por ningún lado. Así que, buscarlo con tiempo y sin prisas.

Cartel del B&B frente a la casa. En las ventanas, «VACANCIES».
La monea
La moneda oficial es  la libra (£), y en el momento de hacer mi viaje, estaba a 1,3 €. Lo digo para que hagáis vuestros cálculos a lo largo de la Guía. El símbolo £ se deriva de la letra «L», de la abreviación LSD (¡anda, mira qué cosas!) – librae, solidi, denarii – usada para las libras, chelines y peniques del sistema monetario duodecimal original. Libra era la unidad romana básica de peso, que se derivaba del latín de «balanza». ¡Viva la Wikipedia!
Bueno, pues nada más, espero que os guste. Cada entrega irá acompañada de una canciòn de algún grupo o cantante escocés, todo de calidad indiscutible.

 LUNES 15-09-2008 
SEVILLA-LIVERPOOL
Lo más reseñable de la primera noche fue la recogida del coche, un Opel Zafira (demasiado grande…), en el aeropuerto de Liverpool y la toma de contacto con la conducción en Gran Bretaña. De noche, en una ciudad y país extraños, y con el volante a la derecha, fue un milagro que no me comiera varias veces a los coches que venían en sentido contrario. El giro a la derecha es terrible (repetid conmigo en voz baja). Menos mal que las 23:00 son como aquí las 2:00 o así, y no había demasiado tráfico. Pero el que había se acordará de mí…
No sé cómo, pero localizamos el Hillcrest Hotel (39 £) en una carretera perdida de las afueras de Liverpool. Llegamos a las 12 de la noche, hora totalmente intempestiva allí, como ya he dicho. El hotel cerrado. Llamamos al timbre, y nadie salía. Ya estaba echando mano en mi mochila a la “Guía para pegarle fuego a un hotel correctamente en Inglaterra” (Salvat, 2002) cuando salió el hermano de Michael Palin, con todo su gracejo y su flema británica, metiéndose la camisa por dentro del pantalón, y nos hizo pasar. Rellenamos el papeleo de trámite y a dormir, que es muy tarde en Gran Bretaña.


Edwyn Collins (Edimburgo) – «A girl like you»
Índice de capítulos

 

Viajar en autocaravana

Ahora que acabo de volver de mi segundo viaje en autocaravana plasmaré mis impresiones y/o/u/e consejos acerca de esta forma de viajar.

La primera experiencia fue en 2004, cuando alquilamos una autocaravana entre cuatro coetáneos y nos fuimos a recorrer España de sur a norte. Fue algo inolvidable, totalmente recomendable, y fuimos desde Sevilla hasta Donostia parando donde nos daba la gana.


Por Donostia, como si fuéramos en barco

Como éramos inexpertos en esas lides, para empezar aparcamos en Segovia en una pendiente, como el que deja un coche. Luego, a la hora de dormir, nos entró la risa histérica intentando conservar la horizontalidad en las camas. Pero bueno, como íbamos medio borrachos… En fin, anécdotas hay para rellenar dos o tres posts. No es ese mi objetivo.

La segunda experiencia ha sido hace una semana, yendo al Cabo de Gata (Almería, España) en autocaravana, más larga que la anterior (7 metros de eslora), en un viaje menos desmadrado que el anterior, más relajado.


Con ella llegamos al faro del fin del mundo

Consejos
Es una experiencia que recomiendo, eso de llevar tu casa encima como un caracol baboso, aunque me gustaría soltar algunos consejos:

  • No tengas prisa. Es pa ná. Más de 120 km/h no vas a alcanzar.
  • Cuidado con las curvas, o las latas de atún irán todas al suelo. Lo mejor es tomar las curvas a la velocidad que recomienden las señales. Por una vez en la vida que le hagamos caso a las señales no nos pasa nada. Yo he superado la prueba. Vosotros también podéis.
  • Llévate pegamento (¿qué fue de Supergen, por cierto? Es un buen nombre para grupo de «Disco Grande»). Todas las autocaravanas se caen a pedazos a medida que las vas utilizando…
  • No intentes aparcar sin ayuda. Es más, aún aparcando con ayuda sudarás la gota gorda.
  • Como ya he dicho, no aparques en pendiente, sobre todo si piensas dormir. La mayoría de caravaneros lleva unas cuñas amarillas que las meten bajo las ruedas para ponerla a ras (o dejo unos segundos para que recordéis el sketch de Luis Moya…)(¿ya?), si el terreno no es liso. Otra opción es llevar una botella de whisky y veréis cómo no os importa nada la pendiente ni el desnivel a la hora de dormir.

La cocinita

El bañito

El salón, pasen

Interior

¿Dónde dormir?
Un tema importante es elegir entre dormir en un camping o «a la intemperie». Argumentos a favor de lo primero: la seguridad y los servicios (duchas, baños, electricidad y demás). A favor de lo segundo: todos los demás, entre ellos, dormir donde te dé la gana con las vistas que te den la gana (si los Amigos de Gines, la Benemérita, te dejan, claro, y encuentras sitios apropiados, claro). En este viaje hemos dormido en cámpings, y para meter la autocaravana en la parcela que te dan, cruza los dedos y santíguate. Claro que aquí surge la «solidaridad campera» y, en cuanto te ven que lo estás pasando mal, salen en tropel de sus tiendas y caravanas cientos, miles de campistas (el 80% en chándal) para guiarte. Así, mires por el retrovisor que mires te ves a 3 o 4 tíos (2 o 3 en chándal), haciendo aspavientos con las manos y dándole golpes a la caravana para decirte que pares, que te comes algo. Aún así, me comí un tronco asesino que rayó el lateral del vehículo. Acto seguido, un campista se lió a golpes con el tronco como si hubiese sido el causante de que se hubiera quedado sin trabajo hace un mes. Cómo son los campistas. Y cómo es la coca.

¿Cuánto gasta de gasolina?
Mejor no pensarlo.

En fin, no os cuento más historias. Si queréis algún consejo alguna vez y puedo darlo, no dudéis en pedírmelo. Lo mejor es que os alquiléis una y cojáis kilómetros, y seguro que no os defrauda la experiencia.

Aquí os dejo mi primer videoclip (chispas), rodado en el asiento del copiloto volviendo del Cabo de Gata. Lo mejor de él, la canción que suena por los altavoces en ese momento, «Dress Sexy At My Funeral», de Smog.Por lo demás, podéis ver parte del camino, pasando por la costa, podéis ver túneles, vehículos, asfalto, los churretes del parabrisas, cielo, nubes, incluso a la Guardia Civil esperándome al final del trayecto. Ah, también cerca del final hay un pequeño plano del interior de la autocaravana, y de mi gorra, ya inseparable.

Praga (V): Vida Cultural

Ya con este acabo, de verdá de la buena.

La vida social y cultural de Praga es rica y amplia, como la de cualquier capital europea que se precie y se desperece. Aparte de la consabida oferta de música clásica, diseminada por cualquier iglesia, capilla o convento de la urbe, Praga es reconocida por su apego y cultivo de la música jazz. Aunque intentamos acudir a algún garito reputado (el Agharta y el Reduta son los más mejores), no se dieron las circunstancias para ello, así que en la próxima vista le ajustaremos las cuentas al revisor gordo cabrón, y asistiremos a alguna velada de jazz.

En cuanto a otro tipo de garitos más rockeros, nuestra experiencia fue más bien decepcionante. Acudimos al reclamo del Roxy, un local emplazado sobre lo que fue un antiguo teatro, mítico en la ciudad. Cuando llegamos, unos carteles con la palabra TRANCE nos echaron para atrás… Uy uy uy…trance…madre del amor hermoso… Bueno, joe, ya que estamos, entremos. Tras pasar entre los codos de dos gorilas de color (de color negro), poniendo mi mejor sonrisa, bajamos la escalera hasta el interior del local. Si alguien ha estado en La Comedia en Jerez (mítico también) se puede imaginar mi cara cuando vi aquello. Unos cuantos canis checos, la mayoría esperando que les hiciera efecto el MDMA, pululaban por la pista de baile, enfocada por las luces esas que resaltan lo blanco (ojos, algunos dientes…). Todo ello bajo la mejor música TRANCE del momento. Un vistazo rápido al antro, y escaleras parriba a pasar de nuevo entre los codos de los dos gorilas de color, que permanecían en la misma postura. Ese fue nuestro contacto con la noche rockera de Praga…

En cuanto a museos, ya hablé del Museo Nacional en otro post, con su esqueleto de ballena, sus galerías de fósiles, minerales, personajes históricos y mucho más. También hablé del mini-museo del juguete, sito en el Castillo de Praga. El otro museo al que acudimos fue el Museo del Comunismo, situado en pleno centro también.


Entrada al museo (pulsa para agrandar, ome)

Esto es cómo montar un museo en un piso. Un piso amplio, vale, pero ahí está. Tiene sus curiosidades, algunas recreaciones de la vida checa bajo el férreo régimen que les subyugó hasta 1989, una sala de interrogatorio para los más morbosos (léase YO) y demás objetos y motivos asociados al comunismo. No está mal para pasar un ratillo y aprender cosas. Ahí leí lo del sacrificio de Jan Palach, y la historia de la construcción de un mega monumento a Stalin en la parte alta de la ciudad, derruido a los pocos años cuando salió a la luz la barbarie del susodicho. En su lugar, instalaron en 1991 un metrónomo gigante (¿¿??).

Lo mejor de la vida cultura praguense lo vivimos en una de las representaciones del Teatro Negro de Praga, justo al lado del Museo del Comunismo, precisamente. La que fuimos a ver (en Praga existen varios locales donde se represent este tipo de teatro) versa sobre la explosión Beatle y adoptaba la iconografía de Yellow Submarine. Claro, uno piensa en el Teatro Negro de Praga y no se imagina una habitación poco más grande que el salón de casa de mis padres. Con una pequeña tarima al fondo y varias filas de sillas de oficina a modo de patio de butacas. ¿Cutre? Coqueto, más bien. ¿Para qué más? Lo que vimos allí no tendría el mismo efecto en un pomposo teatro, seguro que no. Con un elenco de 5 actores visibles, y 4 o cinco en la sombra, se desarrolló el espectáculo y la magia de sombras y colores, ambientado todo con canciones de The Beatles. Lo recomiendo.


Teatro Negro (pulsa para agrandar, ome)

Ya. Se acabó.

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Praga (IV): Monumentos (Part Two)

Previously on Praga

Otro punto de visita obligada es el Castillo, que alberga la sobrecogedora Catedral de San Vito (pedazo de nombre, ¿que no?). El Castillo en sí es una pequeña ciudad dentro de la ciudad. Hay varios tipos de itinerarios para visitarlo. Dependiendo de cual elijamos la visita puede durar un par de horas o un día entero (o más). Yo recomiendo visitar y maravillarse con la Catedral, y, lo demás, la verdad es que no me gustó mucho. Hay un palacio frío, la Basílica de San Jorge, coqueta ella, el convento adyacente y algunas cosas más. Cosas que se olvidan. Sobre todo la Torre de la Pólvora, un pequeño timo añadido para ver arcabuces, sables y cañones de la época. Algunos, porque la mayoría son reproducciones. Además hace mucho calor dentro y la anciana de la puerta no te mira a la cara. Aunque yo tampoco me miraría, la verdad. En fin, que si cogéis el metro ese famoso de la multa (Staromeska), y luego el tranvía 23 en dirección correcta (no como nosotros, que desandamos todo lo andado (o anduvido…) al cogerlo en dirección contraria, con lo que la multa tomó, además de cariz económico, un cierto tinte de recochineo). Pues lo dicho, la catedral, de cuento de hadas y brujas arpías merece la pena disfrutarla y ver las capillas que contiene y varias de sus tumbas, entre ellas, la más importante e imponente, la del patrón San Juan Nepomuceno.


Catedral de San Vito

En el interior del recinto del Castillo podréis visitar por un par de euros el Museo del Juguete, una planta dedicada a juguetes antiguos, y la mayoría dan un pco de grima. Y otra planta dedicada a las «barbies» (TODAS dan MUCHA grima).


Muñecos

Cerca del conjunto del Castillo se halla la colina de Petri. Si lleváis perro al viaje, es un sitio idóneo para que retoce a su antojo. Si no lleváis siempre podéis alquilar allí un Setters Irlandeses de unos 3 años durante dos horas. Es broma, es que yo soy así de jocoso. La colina de Petri es un gran pulmón verde situado en lel distrito de Mala Strana a la cual se accede a través de un funicular, o andando si sois de esos que están en forma, así como sanos. Lo que os espera arriba es una zona verde agradable con jardines y estanques, una réplica de la Torre Eiffel desde la cual se divisa toda Praga,una iglesia ortodoxa, de tan ortodoxa que era que ni entré, y un pabellón con un laberinto de espejos (¿?). Parece que a la colina Petri suben lo que no saben donde meter, como los almacenes de los ayuntamientos donde suelen morir las estatuas defenestradas y donde suelen descansar los cabezudos de las fiestas del pueblo. Yo es que soy adicto a las visitas a almacenes de ayuntamientos, por eso sé tanto de esto.


Torre Eiffel

Pues eso, si bajáis a pie hasta la parada intermedia del funicular podéis tomar un algo en una terracita que hay allí con una vistas bastante bonitas. Y con suerte (¿suerte por qué?) podréis ver a alguna ardilla (¿qué tiene de afortunado ver a una ardilla?) pasar por delante vuestra hasta alcanzar uno de los muchos árboles de la zona (una puta ardilla, que es como una rata con rabo pelúo!!).


La terraza de la que os hablo

En la zona nueva de Praga, la referencia es la Plaza de Wenceslao (son los jefes poniéndole nombre a las cosas!!), que ni es plaza ni nada, pero bueno, ahí está eso. Es una amplia avenida salpicada de franquicias y hoteles. Limita, por un extremo, con el Museo Nacional, espectacular construcción donde podréis ver colgando del techo en una sala el esqueleto más grande del mundo, el de una ballena, que es impresionante. No lo pude fotografiar porque está prohibido, y lo intenté de escaqueo y me vi de frente a un vigilante, así que le hice una foto a él. Por el otro extremo, limita con la emblemática calle Na Prikope, por la cual me saludarán la próxima vez que pase, porque no sé cómo pero siempre acabábamos allí. En la Plaza de Wenceslao se inmoló en 1969 el estudiante Jan Palach, y germinó la Revolución de Terciopelo de Praga en 1989, una bonita historia sobre la lucha, la concienciación y la movilización de un pueblo.


Museo Nacional

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Praga (III): Monumentos

De todas las ciudades monumentales que he visitado, Praga es la que está más lejos.

Pero merece la pena plantarse allí y comenzar a recorrer la ciudad que, por otro lado, es la mar de manejable y recogida. Y como apuntaba en el primer capítulo de esta Guía, el transporte público recorre y desatasca sus arterias con muy buen criterio.

Segada por el río Vtlava (¿quién no conoce el río Vtlava? ¿quién no ha pronunciado alguna vez «Vtlava»?), varios puentes hacen de cremallera uniendo las dos orillas. De todos ellos sobresale el Puente de Carlos, visita obligada. Un bonito puente que parte desde la ciudad vieja y cruza el río para que pintores, músicos, artistas y vividores se exhiban entre estatuas, monumentos y cientos de turistas por minuto. El domingo, día cumbre, aparte de los «mercaderes» ofreciendo pinturas, caricaturas, postales y lienzos, pudimos oir a una orquesta de jazz, a un dúo checo evocando sonidos pantanosos de New Orleans (guitarra y armónica), muy majos, a una chica salida de un cuadro flamenco (me refiero a pintores belgas, holandeses…no a un grupo de bulerías) tocando guitarra clásica, y a un dúo (madre e hija, o algo así) con un teclado cantando coplillas líricas de estilo Nu-Catecumenal. En fin, el puente de Carlos es un divertimento por sí solo.

Otro punto de atención obligada es la Plaza de la la ciudad vieja. Aquí nos encontramos en el decorado de una película medieval (del estilo «La pimpinela escarlata» o «Alien»…). Una gran plaza ciurcundada por edificios imponentes, y con dos referencias por encima de todo. La torre del ayuntamiento, por un lado, se eleva portando el famoso reloj astronómico, una obra de arte que podréis fotografiar si os sacáis el codo del ojo del japonés de turno que se ha acoplada a tu lado y aprovecháis que el alemán (1,82 mínimo) de delante se agacha para abrocharse el velcro de la sandalia (con calcetines debajo,of course).


Reloj astronómico (pulsa para agrandar, chiquill@)

Si miramos a la derecha justo en este momento que acabamos de fotografiar el reloj (DSC01098.jpg. Las fotos hoy son nombres de fichero, y además, horrorosos), veremos las monumentales torres góticas de la Iglesia de Tyn, una estampa asociada a Praga en cualquier postal o imagen de la ciudad. Pues nada, foto al canto, intentando evitar el típico andamio que persigue al turista allá donde va y que recubre los principales monumentos (este andamio en cuestión me suena a mí de Florencia 2001, que me quedé con su cara).


Iglesia y andamio de Tyn (pulsa para agrandar, chiquill@)

Muy cerquita de allí está el barrio judío, el único que sobrevivió al nazismo en la zona, otra visita que aparece en todas las guías. A mí, la verdad, entre vosotros y yo, un barrio judío podría haber sido un barrio sueco, o croata. Vaya, el barrio en sí no tiene nada de especial. Bueno, seamos justos, en él nació Franz Kafka, icono de Praga. Pero como barrio barrio…no es nada del otro mundo (ahora pienso para mis adentros, NO HAY NADA DEL OTRO MUNDO!). Igual si uno paga la entrada para ver el cementerio y las sinagogas (3 sinagogas. ¿Son muchas? ¿Pocas? ¿Está bien el número? ¿Algún experto en sinagogas que me saque de dudas?), le ve más chicha al barrio judío. Sea como sea, los edificios son bastante bonitos e imponentes, al nivel de toda la ciudad vieja de Praga. El paseo por sus calles es agradable.


Monumento a Kafka (pulsa para agrandar, chiquill@)

Mañana o pasado: Praga (IV): «Monumentos (Part Two)»

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Praga (II): Gastronomía

La gastronomía en Praga es muy rica y variada. Puedes comer en un tailandés, en un mexicano, en un chino, en un italiano, e incluso en un checo… Pero lo mejor sin duda es la cerveza. Bueno, no la cerveza en sí, que también está buena, sino los PRECIOS de la cerveza. Como reclamo para los clientes colocan pizarras en el exterior de los bares anunciando el precio de la cerveza, y la cantidad de cerveza que te dan por ese precio. Lo más barato que encontramos, en un bar enfrente del hotel que no tenía barra, sino fregadero, fue 25 coronas el medio litro, es decir, menos de un euro. Y lo del fregadero es cierto, entramos en el bar y no había barra. Lo más parecido era un fregadero con un grifo tras el cual un chaval fregaba vasos. Al ver mi desazón (yo no sabía si pedirle dos birras o acercarle el Mistol, Mitstojska en checo) me indicó que tomara asiento, que no me preocupara por ese detalle «menor». Lo bueno es que entramos porque desde fuera sonaba una orquesta de dixieland. Eran cinco o seis personas de edades avanzadas. Más que avanzadas, remotas. Allí estaban sentados a una mesa, a lo suyo, contrabajo, guitarra, saxo, clarinete, recreando el espíritu de New Orleans. Fue sentarnos y finalizar Sweet Georgia Brown y recoger los instrumentos. Y nosotros, con el medio litro intacto.

En definitiva, el precio normal de la cerveza oscila entre 25 y 50 coronas, y las medidas, entre 33cl y 50cl. Las marcas más baratas, Urgell Pilsener y Gambrinus.


El interior de un típico restaurante checo

Si pedís un Gin Tonic, os recomiendo la siguiente estrategia:
1) Llamad al camarero
2) Atarlo a una silla
3) Decidle que os mire fijamente, prestando atención
4) «Queremos, EN UN MISMO VASO, TODO JUNTO, ALTOGHETER, UNITED, REBUJATED (si sabéis más idiomas, soltadlos en este punto), GIN AND TONIC» Hacemos los gestos pertinentes de verter primero la ginebra, y luego la tonica. CON HIELO, PLEASE!!
5) Desatamos al camarero no sin antes habernos asegurado de que lo ha entendido TODO, y le damos una palmada gratificante en la espalda.

En caso contrario te traerán un vaso de tubo con la tónica, un vasito de chupito aparte con la ginebra, y un cuenco con el hielo (lo del hielo podría ser peor y que te trajeran una nevera portátil, una cubitera y un vaso con agua) (de todos modos, el hielo tendréis que pedirlo un mínimo de dos veces). ¿Rodajita de limón? JA,JA,JA,JA….

En cuanto a la gastronomía, sólo un par de recomendaciones:

a) si vais a un restaurante griego en el centro y os atiende una especie de Victor Valdés después de haber pasado una semana en un campamento jíbaro, mucho cuidado con vuestro dedo índice a la hora de señalar los platos que vais a pedir. Allá donde se pose vuestro dedo, allá que el nota apunta en su libreta. Así que como os dé por pasear el dedo por la carta mientras encontráis el plato en cuestión, haced hueco en la mesa, y preparaos para dejar hueca la cartera. En mi caso, por suerte, sólo trajeron DOS ensaladas en lugar de una. Luego, explícale tú a un griego-checoslovaco que la primera no valía. Al final, lo mejor es pagar y mandarlo al carajo. Qué tranquilo se queda uno sin tener que correr después de insultar a alguien…


La cara que se me quedó tras salir del griego

b) una vez asimilado el punto a),lo siguiente es indicar al camarer@ el orden de preferencia de los platos. En caso contrario, puede ser un caos. Mientras tú te comes un plato de pasta, el camarero espera a que tu acompañante se acabe la ensalada (suelen ser para compartir, ¿no?) para, una vez retirada esta, intercalar un platito de aceitunas comunistas y mirarte con su mejor sonrisa. Después de un tiempo incierto, traerá el plato que debió traer al tiempo que mi pasta, y tu acompañante comerá sol@, mientras tú, para solidarizarte con él/ella, irás picando tímidamente alguna aceituna que otra. Por defecto, traerán los platos en el orden en que los pediste. La lógica gastronómica no tiene cabida.

Por último, tenéis que saber que la propina allí te la recuerdan en el tiquet. Cogen un boli y te subrayan, en la parte inferior, donde aparece «SERVICE IS NOT INCLUDED». Aquí tenéis varias opciones de nuevo:

a) Si se han portado bien y tal, y tenéis coronas en la cartera, dejadle un porcentaje, un 10% o así de la cuenta suele ser lo acertado
b) Si se han portado bien y no tenéis coronas, o vuestro principios van en contra de las propinas, podéis coged el mismo boli y escribir en la parte posterior del ticket: EURIBOR=4%. Seguro que lo entienden, es un idioma universal
c) Si no se han portado bien, tengáis coronas o no, os remito a la parte final del apartado del restaurante griego


La prueba

Buen provecho.

Mañana: Praga (III): «Monumentos»

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Praga (I): Transporte público

Comienzo aquí mi particular «Guía del Viajero» sobre Praga comenzando por su servicio de transporte público. En sucesivas entregas hablaré sobre la gastronomía, monumentos, un montón de cosas…

La red pública de transportes (metro, bus y tranvía) comunica muy bien la ciudad. Existen bonos de un día, de tres o de siete días para hacer uso de cualquiera de ellos. Así que compramos el de siete días por unas 280 coronas (unos 9 euros).

Con dicho billete fuimos moviéndonos todo el tiempo, picándolo cada vez que nos subíamos a un transporte, y extrañándonos a su vez de que nadie picara (“serán aborígenes de aquí y, o no pagan por la cara, o tienen tarjetas mensuales o algo así”, pensamos sin darle importancia).

Con toda la tranquilidad del mundo bajamos al metro el sábado noche por nuestras escaleras mecánicas, cuando, en el túnel de acceso al andén (la mayoría de estaciones, por cierto, tienen un diseño muy setentero, muy bonito) se me planta un colega enfrente con una chapa en la mano, hablándome en checo. Yo pensé que eran algo así como Testigos de Jehová (el día anterior había visto a dos de ellos con la típica revista “¡Despertad!” -en mi casa duermen dos ejemplares desde hace meses esperando a que algún testigo venga a rescatarlos -, en checo, claro, pero estos no se acercaban, permanecían impasibles) e intenté pasar de largo. El nota se interponía en mi camino enseñándome la chapa (era algo así como las medallas que me daban en los boy-scouts por subir a un árbol a través de una cuerda que colgaba de una rama), y yo diciéndole que me dejara, ome. Había otro colega con él, con otra chapa, que juntó su hombro con el de su compañero formando una muralla infranqueable contra la cual se estrellaba mi frente una y otra vez (los checos son altos, y yo, no). Hasta que a uno de ellos se le encendió una luz y pronunció la palabra “TICKET”, y el tiempo se detuvo.


Pared de una estación de metro en Praga

“Haberlo dichoooo, omeeee. No pensarían que quería pasar sin pagar ni nada de eso, ¿no?» (actitud Woody Allen). Eran revisores (en esos momentos la placa de los boy-scouts cobró un significado totalmente diferente, casi terrible). Total, que le mostramos nuestros tickets, los miraron, se miraron entre ellos, nos miraron, yo silbaba mirando al techo, y nos entregaron los tickets y deshicieron la muralla humana, y pudimos salir vivos de allí.

Pero no acabó ahí la cosa. Ojalá. El domingo por la mañana fuimos al castillo y nos bajamos en la estación de metro pertinente (Malostranska, para más señas). Al disponernos a salir, nos intercepta otro nota. Este iba solo, pero a este era más difícil rodearlo que saltarlo. Así que sacamos nuestros tickets de nuevo y se los dimos. Su expresión cambió. “Ooooohhhh no, too many stamps..no, no…it’s not valid… You have to stamp only the first time“ (Nota del traductor: «Ohhhh, palurdo español, hay demasiados sellos…no, no,…no es válido, sólo has de sellar la primera vez»). Y sacó el talonario de multas. “I have to penalize it…” (Nota del traductor: «Se te va a caer el pelo, so tonto…») o algo así, dijo. En mi inglés aprendido de cantar las letras de los Stones en la ducha le dije que no era posible, que el ticket valía para siete días y que ningún sitio pone que no se deba validar más de una vez. “Ohhhh, toleransia, you’ve only to pay one”. Vamos, que encima se iba a “enrollar” y a multarnos sólo una vez en lugar de dos. Como rodearlo era difícil, y para saltar no estábamos ya a esas alturas del partido, decidimos pagarle (500 coronas!! Casi 20€), insultarle en castellano y en checo-andaluz y salimos antes de que la policía secreta viniera y nos detuviera y nos interrogara y nos torturara en una oscura y desangelada oficina de un edificio decadente de la periferia de Praga antes de enviarnos a alguna prisión remota de la meseta checa de donde nunca saldríamos vivos. Tuvimos suerte, pues.


La cara que se me quedó tras pagar la multa

Como conclusión del encuentro y aviso a futuros visitantes, los tickets sólo han de validarse una vez, para que la fecha sea visible por el revisor. Tiene su lógica, porque en nuestros tickets sólo se veía una amalgama fechas superpuestas. Pero, joder, la “toleransia” checa me dejó de piedra. No vale abusar de los turistas, no vale. Eso nos pasa por ir por el metro con el plano en la mano, cantando «Abre la puerta» de Triana a voz en grito. Es que hay que disimular un poco más, joder….


Tampoco es tan ininteligible, ome…

Pero ahí no acaba la cosa. De vuelta de visitar el castillo de Praga nos montamos en un tranvía (el metro ya ni olerlo!!), con los mismos billetes. Nuestro orgullo español nos impedía comprar de nuevo los tickets, para un día y medio que nos quedaba allí. Además, no nos iban a para otra vez, ¿no?. Pues nada más subirnos escruté a mi alrededor y mi mirada se cruzó con la de un tipo de unos cincuenta y tantos años, asido con seguridad a la barra del tranvía, con bigote blanco, que no tenía mucha pinta de turista. En ese momento lo supe. Entre él y nosotros, unos risueños turistas picaban su billete en la maquinita del tranvía. Volví a mirarle de nuevo a través de la axila del guiri que estaba a mi lado y allí estaba, esperándome, desafiante, la mirada de aquél individuo. Las puertas aún no se habían cerrado. ¿Saltamos afuera? El hombre miró la puerta también. Fue una lucha de miradas que duró un minuto escaso. Aparté la mirada, resignado, mientras las puertas del infierno se cerraban a mi espalda y el tranvía comenzaba a andar.

“Tickets”. La maldita palabra sonó a mi espalda como un veredicto judicial. Me di la vuelta y, efectivamente, el tipo del bigote (antiguo policía del régimen, ahora metido a revisor de tranvías, seguro), placa en mano, le pedía el ticket a los turistas de sandalias con calcetines que estaban a mi lado, sin dejar de mirarme. Por fin llegó el momento, el tipo se encontró frente a mí. “Tickets”. Rebusqué en mi cartera temiendo dos cosas: a) que se viera el dinero (pensaba decirle que no tenía un duro si me ponía una multa) y b) que se me cayera la multa al suelo (pensaba decirle que no sabía nada de nada, ni inglés, vaya). Lo peor es que no encontré ni los billetes, entre el nerviosismo y la sonrisa de turista despistado. Menos mal que Rakel los tenía y se los dio. De nuevo el “Oooohh, too many stamps..”. Nos callamos la boca, diciendo únicamente “Seven days” (como la canción de Bob Dylan), mientras él intentaba explicarnos que sólo había que picar una vez. “¿English?”. No. “¿Italiano?”. No. Españoles, carajo. Nos hicimos los locos del todo. Vamos, si me llega a hablar en español le hubiera dicho que era de un pueblo remoto de galicia donde solo se fala galego. En fin, el tipo nos dió por perdidos y se dio la vuelta, mientras Rakel y yo comentábamos en un refinado checo los avatares que nos estaban pasando…

Al día siguiente, y para que nuestros miocardios no sufrieran más, compramos un tickecito de 20 coronas para echar el día. Y lo picamos SOLO UNA VEZ!!!! Y se lo iba enseñando a todo el que se subía al bus (imaginen a Mr. Bean en esta situación, y se harán una idea exacta).


Este sí que sí!

Mañana: Praga (II): «Gastronomía»