"El talento es sólo el punto de partida" (Irving Berlin)
El beso de la muerte
30/08/2010
Fragmentos
Como la escena está en inglés, os pongo en antecedentes así por encima, para que intentéis entender la brutalidad de Richard Widmark en su primera aparición en una película: Encarnando a un sádico asesino a sueldo, Tommy Udo, se dirige a casa de Peter Rizzo a liquidarlo, por chivato. Cuando llega, sólo encuentra a su madre, postrada en silla de ruedas, quien le dice que su hijo ha salido y llegará por la tarde. Tommy deduce que le está engañando y la amarra con un cable a la silla y, con una sonrisa escalofriante, le da un paseíto...
Magistral secuencia de Charlot en "El Circo" (1928), cuando huye de la policía y se refugia en el laberinto de los espejos. La secuencia con el martillo es antológica.
Mientras hago la encuesta sobre el mejor final de la historia del Cine, nos quedamos con este candidato al primer puesto. El impactante final de "El planeta de los simios", de 1968, con un Charlton Cheston abatido, maldiciendo a la Humanidad.
Hace ya bastantes años que vi esta película, y la tenía en VHS etiquetada y todo. Me pareció una auténtica y cruel obra maestra, donde aflora lo peor del ser humano. No voy a enrrollarme porque el protagonismo de este post es, principalmente, para Alec Baldwin, en una de sus mejores, sino la mejor, intepretación de su ondulada carrera. Uno de los discursos más duros que he visto en el Cine, dirigido a nada menos que Ed Harris, Jack Lemmon y Alan Arkin. Y respaldado por Kevin Spacey.
- ¿Cómo se llama?
- ¡Que le den por el culo! Así me llamo.
Si tenéis 6 minutos 56 segundos, dedicárselos a este fragmento, ome.
Dentro de la saga de El Padrino hay fragmentos sublimes para dar y tomar. No en vano es la mejor película de la Historia.
Hoy me ha dado por este, la secuencia de El Padrino I en la que Marlon Brando es acribillado ante la frágil e incompetente mirada de su hijo Fredo, justo después de comprar fruta.
JOHN CALE: En 1965 Lou Reed ya había escrito "Heroin" y "Waiting for the man". Conocí a Lou Reed en una fiesta, donde tocó esas canciones con una guitarra acústica; y no le presté demasiada atención, porque la música folk me parecía un coñazo. Odiaba a Joan Baez y a Dylan. ¡Cada canción era una maldita pregunta! Pero Lou insistió en que leyera las letras y no se parecía en nada a lo que cantaban Joan Baez y toda aquella gente.
En aquella época, yo tocaba con La Monte Young en el Dream Syndicate, y el concepto del grupo era aguantar una sola nota durante dos horas.
SUSAN PILE: La gente hacía cosas raras cuando se metían speed. Hubo un tío que apareció en el Max's Kansas City con el brazo en cabestrillo.Todo el mundo le dijo, "¿Qué te ha pasado?".
Y él dijo, "Oh, me metí speed y no pude parar de tocarme el pelo en tres días"
IGGY POP: (Hablando de su primera mujer) Una noche se me ocurrió una idea para una canción, pero allí estaba aquella mujer en la cama. En aquel momento me di cuenta. Era imposible. Tenía que ser una cosa o la otra. O ella o mi carrera.
No creas, la quería mucho. Fue entonces cuando compuse una de mis mejores canciones, "Down on the street". Me metí en un armario con el amplificador y toqué le melodía, muy bajito. Era un ritmo tribal, intenso, sonaba bien. Entonces quise pasar a la siguiente parte de la canción, pero pensé, "Oh, no puedo hacer ruido".
Entonces pensé, "No, tío, se acabó el estar calladito".
Salí del armario y la siguiente parte de la canción era un ruido inmenso, un acorde atronador. Le di un susto de muerte a la pobre. Pero estaba bien, tenía la canción acabada. Fue un momento divertido. Al final tuve que decirle que se fuera.
BEBE BUELL: Iggy fue mi novio durante dos semanas, pero yo ya tenía novio, de modo que no podía ser mi novio oficial. Tuvimos un rollo, como se suele decir, pero a Iggy le molestaba que yo tuviese novio y viviera con él. Y me hizo cambiar el agua de la cama de agua. No me preguntes por qué.
BOB QUINE: Cuando bajé del escenario, Lou me cogió y me dijo, "eres un gran guitarrista".
Le dije, "te lo agradezco mucho porque tú me has influido mucho".
"Eso me importa un carajo", me dijo, "eres genial, y bla, bla, bla...". Pero lo que siguió fué muy desagradable.
Me dijo, "debes saber que no estás tocando con un grupo. La música es poder y dominación, deberías imponerte y hacerte con el grupo. Deberías ir al otro lado del escenario y acabar con la tristeza del guitarrista". Alguien pasó al lado de nuestra mesa y yo le miré, y entonces Lou me dijo, "maldita sea, mírame a la cara cuando te hablo o te voy a pegar una ostia".
Me puse a reir.
"No rías ni un segundo. Hablo en serio. Si vuelves a apartar la vista te suelto una ostia en la cara".
Y esto mientras me decía lo bueno que era.
JAMES GRAUERHOLZ: Al cabo de un rato, fuimos a un bar de striptease frecuentados por camioneros paletos. Iggy bebía sin parar. Y otra vez que me arrastra hasta el aparcamiento para hablar: "Tío nadie me comprende, soy muy sensible, la gente cree que soy feliz tirándome a todas esas chicas, y tomando drogas, y siendo una estrella, pero en realidad me siento solo, y necesito a alguien que estabilice mi vida, alguien como tú". Para entonces ya se había tumbado en el suelo, sobre un codo, y yo le imité, porque era Iggy Pop, de manera que estábamos los dos tumbados en el suelo del aparcamiento.
De pronto se enciende el motor del camión aparcado justo delante de nosotros y el tío empieza a dar marcha atrás hacia nosotros. Mientras Iggy lloriqueaba sobre su soledad, le cogí sin avisar y dimos cuatro vueltas sobre nosotros mismos para alejarnos del vehículo. El tío no no había visto.
Iggy se levanta y empieza a gritarle al conductor "¡Maldito cerdo, hijo de puta, casi me matas!. ¿No sabes quien soy?, podrías haber detenido la historia del rock and roll".
Pensó que la carretera estaría tan mal que no habría nadie pero se equivocaba. Acamparon casi en la calzada misma y encendieron un gran fuego, acarreando ramas muertas de la nieve y apilándolas sobre las llamas donde sisearon y despidieron vapor. No había modo de impedirlo. Las pocos mantas que tenían no les daban suficiente calor. Procuró no dormirse. De repente se despertaba, incorporándose y palpando a su alrededor en busca de la pistola. El chico estaba muy flaco. Lo observó mientras él dormía. La cara chupada y los ojos hundidos. Una extraña belleza. Se levantó y llevó más leña hasta la lumbre.
Sáquele el dinero y, si es necesario, hágale una pequeña incisión en la cabeza para que no quede nada en el interior. Límpielo, cepíllelo suavemente para no dañar la piel, lávelo para que esté presentable. Deje que se haga el caldo. Si el agente está gordo hacen falta cuatro horas de cocción, si no, tres serán suficientes.
Para servirlo, coloque una póliza de seguros en la fuente, decore con monedas, carnés de identidad, flores y acompañe el dinero con un largo silbido de admiración que a él apenas le impresionará pero que a usted le hará bien.
INOCENTE EN APUROS
Coja a un inocente, desnúdelo, pisotéelo, dele patadas, mátelo, córtelo en trozos de un mismo grosor y métalo en la olla con un gran trozo de mantequilla, sal, pimienta, especias, chalotes y perejil picado. Déjelo freir un tiempo, añada un trago de vino blanco y un poco de caldo. Cuando el inocente empiece a hervir, retírelo del fuego y sírvalo sobre un mantel bien apurado. Cómalo discretamente mientras habla de otra persona.
Odiamos a los Simple Minds. Estuvieron en el número uno de nuestros "primeros cinco grupos o músicos que habría que matar a tiros cuando llegue la revolución musical" (Michael Bolton, U2, Bryan Adamns y, sorpresa, sorpresa, Genesis, que se colaron por los pelos en quinto lugar. Barry también quiso matar a tiros a los Beatles, pero le señalé de pasada que eso ya lo había hecho otro). Me cuesta entender cómo ha terminado Dick liándose con una fan de los Simple Minds; es tan difícil como imaginarle emparejado con un miembro de la familia real o con otro del gabinete en la sombra. Y no es la atracción que pueda haber entre ellos lo que se más pasmado me deja, sino cómo es posible que se hayan juntado.
Lo único que de verdad me preocupaba era el éter. No hay nada más inútil, irresponsable y depravado que un hombre con un colocón de éter. Y yo sabía que no tardaríamos en meternos aquella porquería. Probablemente en la próxima gasolinera. Ya lo habíamos probado casi todo y ahora... sí, había llegado el momento de hacer una larga inhalación de éter. Y después, hacer los ciento sesenta kilómetros siguientes en una especie de horrible y desvalido estupor espasmódico. La única manera de mantenerse alerta con el éter es meterse un montón de amilos... no todos de golpe, sino de manera continua, lo suficiente para mantenerse a ciento cuarenta kilómetros por hora a través de Barstow.
"Miedo y asco en Las Vegas" - Hunter S. Thomson (1971) ("Lo mejor de Rolling Stone")
En efecto, Guillermo había pasado rápidamente las páginas hasta llegar al texto griego. Advertí de inmediato que los folios eran de otro material, más blando, y que el primero estaba casi desgarrado, con una parte del margen comida, cubierto de manchas pálidas, como las que el tiempo y la humedad suelen producir en otros libros. Guillermo leyó las primeras lineas, primero en griego y después traduciéndolas al latín, y luego siguió en esta última lengua, para que también yo pudiera enterarme de cómo empezaba el libro fatídico.
Me levanté, con las manos extendidas, y volviéndome con tanta rapidez que estuve a punto de caerme. ¿Y qué?... Se veía como en pleno día, ¡y no me vi en mi espejo!... ¡Estaba vacío, claro, profundo, lleno de luz! Mi imagen no aparecía en él... ¡y yo estaba enfrente! Veía el gran cristal límpido de arriba a abajo. Y miraba aquello con ojos enloquecidos; y no me atrevía a avanzar, no me atrevía a hacer un movimiento, aunque sintiendo perfectamente que él estaba allí, pero que se me escaparía de nuevo, él, cuyo cuerpo imperceptible había devorado mi reflejo.
Durante un instante reinó un silencio absoluto. Se oyó de pronto el rumor de las olas y las notas de una música de jazz en la radio del salón; percibimos con claridad cada paso en cubierta y el tenue susurro del viento que penetraba por las rendijas de las ventanas. Todo había sucedido de manera tan repentina que nos habíamos quedado sin aliento, confundidos ante la proeza inverosímil de aquel desconocido que había sido capaz de imponer su voluntad al campeón del mundo en una partida ya medio perdida. McConnor se echó hacia atrás, y la respirasción contenida dejó paso a un "¡ah!" de satisfacción en sus labios. Yo, a mi vez, observaba a Czentovic. Ya durante los últimos movimientos me había parecido observar en él una palidez cada vez mayor. Pero supo dominarse. Continuaba manteniendo su rigidez aparentemente indiferente. Mientras retiraba con mano tranquila las piezas del tablero preguntó con displicencia:
Con el corazón encogido por toda aquella sucesión de horrores comentados por aquel manoteante chimpancé, vi a unos hombres paralizados parcial o totalmente, y a otros privados artificialmente de la vista. Vi a una joven madre cuyo instinto maternal, antes muy desarrollado, según Helius, había desaparecido por completo después de una intervención del córtex cervical. Rechazaba con violencia a uno de sus hijos de corta edad cada vez que trataba de acercarse a ella. Era demasiado para mí. Pensé en Nova, en su inminente maternidad, y cerré los puños con rabia. Por suerte, Helius me hizo pasar a otra sala, y tuve tiempo para recuperarme.
Cuando el mayordomo hubo salido, me acerqué a la negra ventana y, a través de los empañados cristales, contemplé las veloces nubes y la silueta de los árboles que agitaba el viento. Aun en el interior, la noche era inclemente. ¿Qué no sería, pues, en una cabaña en medio del páramo? ¿Qué pasión, qué odio puede dominar a un hombre para llevarle a ocultarse en un lugar tal y con un tiempo como ése? ¿Y qué ferviente y ansioso propósito puede tener ese hombre para no reparar en pruebas tan duras? Allí, en la cabaña del páramo parece residir el meollo del problema que tanto me inquieta. Prometo que no pasará un día más sin que haga todo lo que esté al alcance de la mano del hombre para llegar al origen del misterio.
"El sabueso de los Baskerville" - Arthur Conan Doyle
Cuando fuimos a amordazar a Clutter y al chico, la linterna la llevaba él. Antes de que lo amordazara, Clutter preguntó, y ésas fueron sus últimas palabras, quería saber cómo estaba su mujer, si estaba bien. Y yo le dije que sí, que estaba bien, a punto de dormirse y le dije también que ya no faltaba mucho para que fuera de día, que entonces alguien los encontraría, y que a todos ellos, todo, yo y Dick y todo aquello les parecería como si lo hubieran soñado. Y no es que le estuviera tomando el pelo. Yo no quería hacerle daño a aquél hombre. A mí me parecía un señor muy bueno. De buenas palabras. Lo pensé exactamente así hasta el momento en que le abrí el cuello.
El muchacho fue retrocediendo en la procesión hasta que el soldado andrajoso se halló fuera de su vista. Entonces empezó a marchar con los demás.
Pero se hallaba entre heridos. El tropel de hombres avanzaba sangrando. A causa de la pregunta del soldado andrajoso, le parecía ahora que su vergüenza era algo que podía percibirse. Iba continuamente mirando por el rabillo del ojo, para ver si los hombres estaban contemplando las letras de culpabilidad que sentía grabadas ardientemente sobre su frente.
A veces miraba a los soldados heridos con envidia. Le parecía que las personas con cuerpos lacerados debían de ser peculiarmente felices. Deseaba que él también hubiese podido ostentar una herida, un rojo emblema de valor.
Me sentí llena de angustia después de aquel momento tan extraordinario, pero sin experimentar, gracias a Dios, terror alguno. Y él supo que no tenía miedo..., al cabo de un instante me descubrí maravillosamente segura de mí misma. Sentí, con plena convicción, que si no cedía terreno por espacio de un minuto no tendría ya que preocuparme de él, al menos por el momento; y durante aquel minuto, en consecuencia, la aparición fue tan humana y tan horrenda como si el encuentro hubiese sido real: horrenda precisamente porque era tan en carne y hueso como encontrarse a solas, al amanecer, en una casa donde todo el mundo duerme, con un enemigo, un aventurero, un criminal. Fue el silencio total de nuestra prolongada mirada a tan poca distancia lo que dio a todo el horror, enorme como era, su única nota anormal.
Me lo quedé mirando, perdido en el asombro. Allí estaba,delante de mí, en su traje de colores, como si hubiera desertado de una troupe de saltimbanquis, entusiasta, fabuloso. Su misma existencia era algo improbable, inexplicable y a la vez anonadante. Era un problema insoluble. Resultaba inconcebible ver cómo había conseguido ir tan lejos, cómo había logrado sobrevivir, por qué no desaparecía instantáneamente. "Fui un poco más lejos", dijo, "cada vez un poco más lejos, hasta que llegado tan lejos que no sé cómo podré regresar alguna vez. No me importa. Ya habrá tiempo para ello. Puedo arreglármelas. Usted llévese a Kurtz pronto, pronto..."
Y la risa del monstruo se alzó tan terrible que ya no oíamos el clamor suplicante de Christine... El vizconde de Chagny gritaba y golpeaba las paredes como un loco... Yo no podía contenerle... Pero sólo se oía la risa del monstruo..., y el monstruo mismo no debía oir más que su risa... Luego se produjo el ruido de una lucha rápida, de un cuerpo que cae contra el suelo y al que arrastran..., el estrépito de una puerta cerrada de un golpe, y luego nada, nada más que el silencio abrazado del medidodía a nuestro alrededor...¡en el corazón de un bosque de África!
Los viejos siempre están desvelados, como si cuanto más tiempo lleve un hombre viviendo, menos quiera tener que ver con cosa alguna que se asemejase a la muerte. Entre los capitanes de barco, los viejos son los que con más frecuencia abandonan su litera para visitar la cubierta de noche. Eso era lo que le ocurría a Ahab, aunque últimamente parecía vivir tanto al aire libre que, a decir verdad, eran más bien de cubierta al camarote que del camarote a cubierta. "Parece como si bajara uno a su propio sepulcro", murmuraba para sí. "Cuando un capitán viejo como yo baja por esta estrecha escotilla a su camarote cree entrar en una tumba".