
En efecto, Guillermo había pasado rápidamente las páginas hasta llegar al texto griego. Advertí de inmediato que los folios eran de otro material, más blando, y que el primero estaba casi desgarrado, con una parte del margen comida, cubierto de manchas pálidas, como las que el tiempo y la humedad suelen producir en otros libros. Guillermo leyó las primeras lineas, primero en griego y después traduciéndolas al latín, y luego siguió en esta última lengua, para que también yo pudiera enterarme de cómo empezaba el libro fatídico.
"El nombre de la rosa" – Umberto Eco (1980)