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Qué nombre, Belinda.
Cuando juego al Cluedo procuro hacerme con la representación de la ficha azul, que corresponde a la Señora Celeste, personaje que me evoca a Belinda Carlisle. La reminiscencia es doble, por la característica azul de los ojos y la denominación celestial, como su gran hit, Heaven is a Place on Earth.
Belinda Carlisle es para mí una referencia inequívoca de los ochenta, empezando por su protagonismo en las incomparables Go-Gos, la primera all-girl band que estando absolutamente emancipada (lo componían y tocaban todo) fue número uno en USA, el celebérrimo debut Beauty and the Beat (1981).
Tras otros dos álbumes la banda se separó y Carlisle se lanzó en solitario con Belinda, publicado en 1986 por I.R.S. (el sello de R.E.M.) y colaboraciones estelares: Lindsey Buckinhgham de Fleetwood Mac; Andy Taylor de Duran Duran; Susanna Hoffs de Bangles. En la portada, Belinda viste pantys negros sobre fondo rosa, un color que vincula los tiempos (de la época debe ser Pretty in Pink) con el candor candy de tamaña colección de pildorazos pop. Una sublimación de teclados new wave ornamenta la deliciosa voz de la Carlisle desde la primera toma, un Mad About You que epitomiza la que será estructura clásica de sus canciones: estribillo temprano, la pausa tras el solo. Una cocción ideal para las radiofórmulas. Pero la sonoridad no anda lejos otras canciones del nuevo rock americano que desde la segunda fila percuten bandas como The Del Fuegos. Y no se priva Belinda de algunos arrojos de garganta, pero siempre manteniendo el tono y evitando la trampa de la estridencia. Esto es para todos los públicos pero no AOR y está fuera de los registros tremendistas de Bonnie Tyler o Jennifer Rush. El disco también está aromado de rock clásico en forma de saxos e street band y órganos sixties (Gotta Get to You), girl soul (I Feel the Magic -prima no tan lejana del Wake me Up... de los Wham!, Band of Gold), baladas de piano y alcoba (Since Youve Gone, Stuff Your Nonsense) y saludable ochentismo sintético (Shot in the Dark, From the Heart, I Need a Disguise).
Claro que el pelotazo llega apenas un año después con Heaven on Earth, en MCA y Virgin (reeditado este año en edición de lujo), uno de los álbumes de la década, donde la credencial popera se acentúa de un sonido ochentero que rompe las listas de ventas con el jitazo Heaven is a Place on Earth, la que abre el disco y para quien esto escribe la menos interesante del lote. Belinda luce de nuevo con cuerpo entero en la portada, tendida sobre un fondo de arquitectura azul. Ha mutado el look, sepultando las mechas rubias en un intenso pelirrojo, casi granate metálico, que le recompone la seña de identidad. Rubia y pelirroja, siempre azul. Belinda y Belinda. No busquen en Spotify porque el álbum no consta y préndanlo de aquí a la vieja usanza. El videosingle fue dirigido por Diane Keaton, lo cual no representa el primer link de Belinda con el cine puesto que nuestra heroína había lucido brevemente palmito ante las cámaras en Chicas en Pie de Guerra ( Jonathan Demme, 1984) participando en un cartel de lujo que exhibía a Kurt Russell y Goldie Hawn, ésa pareja, Holly Hunter, Ed Harris y hasta Roger Corman.
Si ya andaba sobrada de fotogenia, Belinda rompe esquemas con este segundo trabajo en virtud de un nuevo look de pelo jengibre que potencia el azul atlántico de su mirada (aunque ella nació en la Costa Oeste, fíjate). Del disco salieron media docena de singles, entre ellos la heterodoxa versión de Cream, I Feel Free. Revisando el resto del lote, Circle in the Sand remite a las mejores canciones de Stevie Nicks, ese gitanismo chic; Should I Let You In confirma que aún perdura un poso New Age, siquiera en las guitarras blondianas, aunque la espina dorsal del disco es un sonido de ochentismo medido, donde las baterías acolchadas aportan el peso adecuado para compensar la ingravidez del conjunto. World Without You, I Get Weak y We Can Change abundan en esa coherencia, un temblor más poderoso que la encantadora fragilidad que latía en tantas partes del primer álbum. Uniformidad absoluta, con un pico de de azúcar y montaña rusa en Nobody Owns Me y despedida entre almohadas de plumas e invierno soleado con Love Never Dies. Era muy propio de Belinda referencias las lluvias estivales y las luminosidades de diciembre.
El segundo disco ha lanzado al estrellato a la Carlisle, en una subcategoría de zafiros azules que compartiría con Chris Isaak, la única luz más bella que ella en los triunfos de Coverdale, George Michael, Prince y otras divinas que abordaremos en sucesivas entregas de esta sub-serie.
En Runaway Horses, su tercera entrega, Belinda dispara otro singlazo titulado Leave a Light On, confirmando su fuelle MTV con un roadclip que de tan libre duele para todo aquel que habita un piso con ascensor. La canción titular engaña al arrancar con un amago de voz quebrada que en seguida brinda otro adhesivo sencillo cuya fortaleza es el estribillo y sólo el estribillo. Una consigna que se repite en Summer Rain, donde efectivamente comprobamos que cualquier atisbo New Wave se fue al carajo en beneficio de una sofisticación (en el buen sentido de la palabra) cuyo mayor aval sigue siendo la renuencia a las estridencias. Y con salpicones latinos que también refulgen en La Luna, single molón principiado con la guitarra española de rigor. Es la canción que hubiera merecido El Zorro de Banderas, un evidente paralelismo respecto a la madonniana Isla Bonita. Esos detalles cicconescos también se aprecian en la forma que Carlisle canta Vision on You, rutinario medio tiempo impecablemente facturado. Sucede que si nuestra pelirroja se acomodaba en un plácido álbum de madurez, Madonna estaba por repuntar hacia el dance de vanguardia. Siguiendo con lo nuestro, Shades of Michelangelo se va hasta los seis minutos y mete a la Carlisle en su primer charco sensiblero. El caballo encalla en arenas movedizas. Menos mal que Deep Deep Ocean recompone algo la cosa con la fórmula pegadiza de costumbre; Valentine nos devuelve los teclados; Whatever it Takes espejea razonablemente al Springsteen pop y la fantástica We Want (The Same Thing) se reivindica como propicia para los primeros y grandísimos Roxette.
Escalada, cumbre y leve mantenimiento. En términos artísticos ese es el convencional trayecto de la carrera de la Carlisle en los ochenta. En la década siguiente, época que trasciende la frontera de esta sección, la discografía crece con Live Your Life Be Free (1991), Real (1993) y el sensacional y sabio A Woman & a Man (1996), con los mejores arreglos de su carrera y nuestra chica en precioso primer plano de portada. En todo caso, tiempos menos propicios donde el relevo lo han tomado las diones y las careys. En 2007 hubo álbum de retorno, Voila, íntegramente cantado en francés. Una inesperada y brillante reaparición en clave de versiones chanson (y modernas!, esa apropiación de Bonnie and Clyde), irreconocible aunque imposible de decepcionar pese a que alguna abusa de la convención. Que lo analice Flint, claro.
Claro y celeste. Como cuando tienes la última pista del Cluedo.
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