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Abdución (3) 03/03/2009
  Sudor frío



Esta historia viene de aquí, oiga...


El zumbido se vuelve estridentemente insoportable, como si frenase un tren en mi cabeza. Mis sentidos son desconectados. Sin embargo hay un cambio, vuelvo a poder pensar. Sin información del exterior, sin mi cuerpo, soy desterrado a una realidad metafísica. Estoy confuso, asustado. Permanezco flotando en este limbo etéreo por interminables horas, sin frio ni calor; sin olor; sin sabor, sin luz, ni oscuridad... Perdido en la nada de silencio ideal. Las referencias externas ahora no están, lo que yo daba por real, ya no existe. Comprendo que en mis condiciones, el tiempo ha dejado de tener significado. Lo inmediato es eterno. Sólo percibo una verdad: Yo. Nunca me he sentido tan claramente yo. Yo puro, sin la cárcel de mi cuerpo. Noto que sólo soy alma. ¿Qué significado tienen los recuerdos acumulados a lo largo de mi vida?... Son tan falsos desde mi única verdad... Miedos, placeres, complejos, alegrías, envidias, frustaciones... Todos estos sentimientos apuntan al exterior y carecen de significado cuando Todo equivale a mi.. El mundo físico es una carga... Soy energía. Soy libre...


De repente noto algo que me acecha, una presencia que me orbita. Mi nueva lógica se desmorona... Tengo miedo, he recordado el motivo por el que estoy aquí diluído en mi mismo. Y entonces ocurre. Algo entra en mi interior, en mi consciencia; lo que es sólo uno deja de serlo. Me fragmento como una balsa de aceite en mil gotas. Dejo de existir como tal. A capricho es alterada mi esencia, soy cambiado, despreciado, conquistado, expoliado, poseído... abducido... Querría desaparecer. Nada tiene tiene sentido... Mis deseos se cumplen. Termino por desaparecer.


***


Un rumor suave envolvía la sala. Cuando volví completamente en mi, pude ver mi cara desencajada por el miedo reflejada en sus grandes ojos cromados. Ese ser me estaba tocando con sus miembros fríos y viscosos. Temía por sufrir sin límites de nuevo, la idea de esperanza había sido expulsada de mi vocabulario. Quería llorar con todas mis ganas, pero no podía. No podía hacer nada. Mi cuerpo yacía paralizado, suspendido en el aire. Podía sentir su nauseabundo olor embotando mi nariz. Mi lengua seca, pegada a mi paladar derretía mi respiración en sonoros ronquidos. No podía dejar de mirar mi cara reflejada... ese era yo... En mi mente me volvieron a hablar. Me dijeron que no iba a recordar nada, que no tuviera miedo. Entonces me encerraron aquí, no sé dónde... Al menos algo sí tengo seguro. Sé quién soy. Soy un recuerdo negado. Y aunque sea en definición un recuerdo, soy primeramente yo, el mismo que fuí siempre. Enclaustrado. Hasta el final de mi existencia... si la tuviere.


FIN

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Abdución (2) 08/12/2008
  Sudor frío



Esta historia viene de aquí, oiga...


Intento fijar mi vista en las figuras, pero la luz es ahora cegadora y no logro distinguir nada. De repente algo me coge con fuerza por el cuello y me arrastra hacia atrás estrangulándome. Intento liberarme con las manos, pero no consigo ni siquiera tocar lo que me está asiendo la garganta. Estoy aterrado, ¿qué es lo que tira de mi? Mis talones buscan con afán anclarse al frío suelo en un intento de detenerme, pero la fuerza de tiro es imparable, además mis pies patinan debido al gel que embadurna mi cuerpo. Muevo todo mi cuerpo desesperado, tanteando un movimiento de escape que me libere; como respuesta, noto como se aprieta el cepo intangible que me asfixsia... Entonces los escucho. Por primera vez... Dentro de mi cabeza... Hablan con mi instinto. Con presencia hueca, sin palabras. Me dicen que no pasa nada, me lo dicen sintonizándo con la idea pura de este concepto, como se le dice a un niño para tranquilizarlo: "No pasa nada". Mi cabeza está llena de sangre, parece que mi cara fuera a estallar por la presión sanguínea. Pienso que voy a morir. "No pasa nada". El pánico me sobrepasa, mi vista se nubla; retumba en mi cabeza el eco de la idea "no pasa nada". Pierdo el conocimiento.


Me recobro súbito, víctima de una descomunal vibración que recorre todo mi ser. He perdido el control corporal, la oscilación es tan intensa, que noto como se fraccionan mis pensamientos. Les oigo por segunda vez, me dicen que no me va a doler. La vibración torna poco a poco, lenta y grave. Siento mi razón comprimirse con ideas inconexas al son de la onda. Como si amasaran mi mente. No me puedo ver, pero sé que estoy de pie, con los brazos y las piernas extendidos. De alguna manera se termina colapsando mi capacidad de formar juicios. El temblor para sin aviso... Ahora sólo soy un paciente espectador, una esponja de percepción... Me vuelven a prometer que no me dolerá con la confianza que inspira una madre que te tiene en su regazo. Un murmullo empieza a sonar a mi alrededor, como un enjambre de sonidos puros. Los ruidos parecen posicionarse en torno a mi, encerrandome en un holgado sarcófago sónico, en un suave zumbido. No sé pensar qué debo hacer, sólo se me permite esperar. Noto el sonido acercarse. No me va a doler... Los sonidos penetran en mi interior como mil puñaladas y se mueven dentro caprichosamente, sólo puedo sentir el dolor impasible. Un dolor infrahumano... Mi vista se parte en dos planos diferentes de visión; mi lado derecho se separa, como si algo se llevase mi ojo de paseo... "No te va a doler"... logro verme cuando el ojo prófugo gira hacia mi... Estoy despiezado, con mi piel a tiras, abierto de par en par... Mis organos se encuentran flotando en el aire, como las ramas de un árbol, unidos tan sólo por venas y arterias. Los sonidos siguen cortando, separando, buscando... No puedo pensar, solo puedo sufrir sin límites..."No te va a doler"... No sangro.


sigue aquí


 

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Abdución (1) 04/12/2008
  Sudor frío



Yo soy un recuerdo negado. Y aunque sea en definición un recuerdo, soy primeramente yo, el mismo que fuí siempre. Cuando a los recuerdos se nos encierra, nos traemos adheridos a nosotros a la persona, íntegra. Cuando se recuerda, hay otro tú simultáneo a ti decidiendo; los recuerdos no se conservan, se recrean en la mente. Mi carcel es el dolor de lo que una vez sufrí, un dolor inhumano, inflingido por unos seres de una crueldad sin límites. Despiadados por pura e inocente ignorancia...



Volvía tarde del trabajo. Eran las tres de la madrugada, lo sé, ya que escuché los pitidos en la radio que insertan en los programas siempre a en punto. Pasada la curva de la venta El Lebrillo, una extraña interferencia solapó la emisora que estaba escuchando. El aparato sintonizaba ahora, lo que parecía ser un programa de actualidad, pero en un idioma extraño, oriental. Así permaneció un rato, entre entrevistas incomprensibles y espacios publicitarios de músicas exóticas, intenté arreglar en varias ocasiones esta intromisión desde el mando del dial del volante, pero fue en vano, el receptor no parecía hacerme caso. De repente el motor de mi todoterreno, se detiene de improviso, quedándome parado en medio de los extensos campos de cultivos, todavía desnudos debido a su reciente siembra. Me bajo e intento comprender con una diminuta linterna, y prácticamente metido en el motor, el motivo de mi parada. De repente una luz me ilumina por la espalda. Pienso que es un vehículo que me alumbra con las largas para ayudarme, pero al mismo tiempo, y mientras me doy la vuelta, pienso que no lo he escuchado acercarse. La luz, de una brillante intensidad, me deslumbra, pero logro ver por un instante, que delante de mi, muy cerca, quizás veinte pasos, hay una esfera luminosa algo achatada de enormes dimensiones. El miedo me domina por completo, entonces noto como algo me estrecha fuertemente por la cintura y los brazos, arrastrándome poderosamente a la esfera. Intento escapar desesperadamente pero una dolorosa e intensa vibración sacude mi cabeza y pierdo el conocimiento.



Un escalofriante cosquilleo por la espalda me hace volver en mi. Me encuentro tumbado en un bajisimo habitáculo sin esquinas y muy iluminado. Me encuentro aturdido. Un grave y fuerte sonido inunda el ambiente. Estoy desnudo, con medio cuerpo metido en una especie de frío gel azulado, una especie de espeso y pegajoso moco. Mis extrañas circunstancias me hacen recordar la esfera luminosa, también pienso en extraterrestres. Tengo miedo. Me doy cuenta que es el gel lo que me está produciendo lo que ahora es ya un insoportable hormigueo, noto como ese picor va penetrando cada vez más en la piel, como diminutos pinchazos. Me rasco con fuerza la espada, los brazos, me muevo con violencia en el diminuto espacio, me sigo frotando con una insistencia desesperada, pero no sirve de nada y me deshago en un grito histérico. Siento que cada vez hay más y más gel. Comprendo que el receptáculo se está llenando. Me incorporo todo lo que puedo en un intento de alcanzar el poco aire que resta arriba, pego la cara al techo. El picor es ahora un terrible escozor. Ya no queda aire; aguanto la respiración y cierro fuertemente los ojos. Mi piel parece arder; querría seguir gritando, desearía respirar. La percepción de calor es insoportable, y termino por dar una fuerte bocanada del pringoso gel. Mi boca, mi traquea, mi pecho se queman ahora. Abro los ojos desquiciado, quizás sea lo último que vea, ya me da lo mismo sufrir. Pero extrañamente no me ahogo, y compruebo desconcertado que la mucosidad es como si fuera dolorosamente respirable. Estoy tan asustado que no pienso en el terrible escozor. De repente, el habitáculo gira rápidamente hasta conseguir su vertical. Quedo bocabajo, desorientado; veo como una especie de sumidero se abre ante mis ojos, el cual velozmente succiona todo el gel. Quedo con la cara aplastada por el peso de mi cuerpo, con el cuello completamente doblado. El espacio es tan reducido que no puedo cambiar de posición. Con un zumbido agudo, las paredes se retiran de golpe. Caigo como una marioneta a la que le cortan los hilos. Me levanto lo justo para vomitar el maldito gel mezclado con restos de la digestión de la cena. Toso con fuerza, pareciera que me fuera a volver del revés en una expectoración. Con mis ojos irritados, totalmente rebosantes de lágrimas me parece ver dibujadas en el resplandor unas siluetas que se acercan.


sigue aquí


 

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Reflejos 03/11/2008
  Sudor frío



No salgo ya de casa.


He dejado las pastillas. No me quiero mentir más con falsas esperanzas químicas. Lo que veo en el reflejo es real. Ojalá fuese verdad eso que dice el doctor... que soy un esquizofrénico. Ojalá lo pudiera parar con fármacos. Pero no es así, colocado es aún peor. No sé cuantos tipos de pildoras he probado ya. Me he cansado de que me digan que me puedo curar. No estoy enfermo, me gustaría estarlo. Lo que veo es real. Lo más real que he visto jamás. He dejado las pastillas, al menos que descanse mi hígado. El miedo no ataca al hígado.


El lunes quité todos los azulejos del baño y pinté los sanitarios de negro mate. Estaba cansado de hacer mis necesidades a oscuras. Al principio sólo me pasaba con los espejos. Después en cualquier reflejo, incluso en superficies satinadas, éstas son aún peores, no te dejan ver con claridad; el resto lo pone mi imaginación. He puesto alfombras en toda la casa. He pintado también los cristales de las ventanas. Como en platos de cartón, y bebo con los ojos cerrados del grifo. El agua refleja... Me encantaría darme una ducha caliente, pero sólo me puedo asear con toallitas húmedas. Los objetos que me rodean estan vendados, cubiertos de cinta de carrocero o pintados. La época que nos toca vivir identifica nuevo con reluciente. Ya no leo, guardé mis gafas con sus terribles cristales en un cajón, las metí en su funda y las guardé; sin ellas no puedo leer mucho, me da dolor de cabeza. Me distraigo escuchando la radio. Cuando me apetece oir una canción llamo a la emisora para hacer una petición. Hace tiempo que me deshice de mis discos compactos. También he dejado de ver la tele. Al principio la veía a través de una sábana que la cubría, era como verla con niebla espesa. Desde que no uso gafas, ya ni me molesto en encenderla, prefiero la radio.


Me siento solo, apenas recibo visitas, nadie quiere pasar su tiempo con un loco. A la persona que más veo es al chico de los recados del colmado del barrio. Estoy acorralado, completamente acolchado en mi miedo. Me siento solo.


Quizás, me tendría que enfrentar a mi mismo en el espejo. Llegar hasta el final. No puedo continuar así. Tampoco sé si esto iba a servir de algo... Aunque creo que de todos modos nunca me atreveré. Lo que veo es pura esencia, la antítesis de la esperanza... Dolor en bruto, inhumano. Pienso en el suicidio muy a menudo, aunque también dudo que este sea el final para mi mal, tengo la sensación que me perseguirá allá dónde vaya. La muerte es fácil, demasiado fácil para detener a eso. Tengo que salir de esto ya, pero no sé cómo. Ojalá no hubiera existido nunca.

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La horda 23/09/2008
  Sudor frío



David estaba empapado en sudor. Los músculos de sus piernas estaban a punto de reventar. Acababa de deshacerse de sus perseguidores más inmediatos y no se encontraba con fuerzas de correr más. Al llegar a la curva, encontró lo que un día fue una bonita casa de campo, completamente destrozada. Entró sigilosamente y comprobó habitación por habitación que estuviera limpia de amenazas. Absolutamente desfondado y en cuclillas, apoyó la cabeza en la pared de la última estancia del pasillo, intentando ajustar su respiración, la cual se encontraba exageradamente agitada. No era para menos, llevaba una hora escapando de la horda. David se había visto  obligado a volver por sus pasos, el camino que llegaba a la base militar estaba plagado de estos pobres desgraciados. Era de locos, en tan sólo una semana, la tranquilidad cotidiana que él conocía, había mutado en un caos irracional imposible de sufrir. ¿Cómo se había llegado a esta situación? No se sabía, las ciudades, centros neuronales de la civilización, fueron las primeras en caer. Los últimos corpúsculos de la desordenada resistencia humana, se había trasladado al medio rural. Realmente ya le daba lo mismo el saber porqué. Tan sólo podía pensar en sobrevivir. La humanidad estaba completamente vendida. Devorada por la muerte de sí misma... Lo más parecido que él conocía para denominar a sus perseguidores, era el término zombi.


David recargó su Mossberg de nueve disparos y su escopeta improvisada de cañones recortados. La experiencia adquirida en los últimos días le había enseñado a estar listo ante cualquier encuentro fortuito. Desafortunadamente esos encuentros cada vez eran más frecuentes, completamente lógico si sabes que la mayoría de los caídos pasan a formar parte del otro bando. Después sacó una caja de cartuchos de la mochila y volvió a reponer la canana mientras se asomaba tímidamente por la ventana para vigilar el exterior. Todo parecía tranquilo. Poco a poco David fue recuperando el aliento, a la vez, un cansancio avasallador relajaba todo su cuerpo. Sus parpados empezaron a pesarle, y antes de que el sueño le venciera allí mismo, se subió al altillo del armario empotrado que tenía la habitación. Cerró las pequeñas puertas del mismo y se echó a dormir.


Gritos y disparos le despertaron con un violento sobresalto. Envuelto en la más completa oscuridad y totalmente desorientado, tardó unos instantes en caer en la cuenta de su actual situación. Acto seguido empuñó su recortada de doble cañón y aguantando la respiración, afinó lo más que pudo su oído en un intento de descubrir sus actuales circunstancias. Más disparos sonaron arropados entre esos terribles alaridos tan conocidos por él, acercándose a la casa velozmente cada vez más y más. David maldijo en voz baja su suerte, golpeando con su cogote el suelo de su escondite repetidamente. Era demasiado tarde para escapar, lo que sonaba fuera era una verdadera jauria de zombis rodeando la casa. Luego escuchó a varias personas, puede que tres, entrando precipitadamente en el interior. Entre gritos se afanaban en levantar una barricada en la entrada con los muebles y objetos que encontraban a su alrededor. David se dió cuenta que sin haber movido un sólo dedo, estaba sudando exageradamente. La idea de salir a ayudar a sus congéneres fue desechada de inmediato, no daba un duro por ellos. Conocía bien a la horda. Una vez que se fijan en alguien son imposible de parar, es como intentar detener al mar con una muralla de arena. La única opción válida es huir. David oyó como la improvisada barrera fué rebasada de inmediato con estrepitoso estruendo. Los disparos y los gritos desesperados de pánico se iban trasladando por el pasillo hacia la estancia dónde permanecía escondido. A David le temblaban las manos. El rugido de la macabra turba se adueñaba de la casa entre violentos golpes y angustiosas súplicas. Los últimos disparos sonaron allí mismo, en aquella habitación. Entre el ensordecedor e infernal ruido pudo distinguir el llanto de una mujer implorando, pidiendo por favor... Finalmente el sonido de su vida escapándose con aterradores chillidos. Después el clamor de la orgía. El festín. David estaba aterrorizado, y hubiera querido llorar pero ahogó como pudo los sollozos. Con cuidado se recostó sobre su lado derecho encañonando la puertecita. Conocía la futilidad de su defensa, si los zombis se percataban de su presencia, correría igual suerte; quizás sólo fuera instinto de supervivencia. Un movimiento mecánico. Paulatinamente el fúnebre bullicio fue desapareciendo entre gruñidos y lamentos infrahumanos, hasta que terminaron por callarse.


La horda no responde a ninguna lógica. David pudo sentir la tétrica pesencia en la habitación por largas e interminables horas, allí mismo, parados, inertes. ¿Qué coño esperaban?, ¿porqué no se iban? David tenía sed, hambre y ganas de ir al baño, pero permaneció inmovil, en silencio todo ese tiempo, apuntando a la diminuta puerta. De repente, sin más, notó movimiento al otro lado. Y con murmullo quejoso, a regañadientes, los zombis abandonaron lentamente la casa. Cuando David salió al exterior una hora después, estaba atardeciendo. Miró al cielo y observó a los pájaros que volvían a sus nidos.

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¿Quién es? 14/08/2008
  Sudor frío



Esta era la décima llamada de teléfono en la última hora. Como en las otras nueve, nadie contestó al descolgar. María volvió a formular la pregunta, su voz ya no guardaba la naturalidad con la que se mantiene una conversación telefónica.


Camuflada en un tic falso, enredó sus dedos en el cable de muelle de su viejo aparato de baquelita roja, en un intento de refugiarse en la trivialidad del acto. Una vez más, no hay respuesta. Por su cabeza relampagueó una idea. Pensó en el precio que se paga al tener estilo. La apariencia retro del dial le parecía de una enorme estupidez ahora; el circular metacrilato agujereado no le diría jamás el número desde el cual se producía la llamada. Eso bastaría para tranquilizarla o alertarla para tomar las medidas oportunas. Por una fracción de segundo odió los años setenta respirando 2008. Este traidor desamor le hizo colgar el teléfono con fuerza y rabia.


María desplomó su peso sobré su flamante sofá de Ikea. Miró sin atención ninguna su asimétrico anillo de acero y resopló hacía arriba levantando el largo mechón de su irregular flequillo de color fucsia. Desde que recibiera la quinta llamada, empezó a barajar la posibilidad de desconectar el odioso y molesto teléfono. Una razón disfrazada de posibilidad se lo impidió. Fran, su deseado compañero y amigo Fran, estaba de viaje de negocios en Canarias. Pudiera ser él, que andaba buscando un teléfono público que funcionase desde el cual llamarla. A la octava llamada dos contraatacantes razones desmoronaron la defensa basada en la hipotética llámada de Fran. La primera, que hoy por hoy, buscar una alternativa para comunicarte con alguien es bastante fácil, y más si el que quiere comunicarse es Fran, feroz comercial, medio adicto a la coca y esclavo de sus tres teléfonos móviles. La segunda razón, la dejaba como una tonta ingenúa sedienta de mentiras que alegraran su corazón envuelto en tan común paquete. Fran sólo estuvo con ella esa noche para echar un polvo. El hambre de un depredador carroñero no hace ascos nunca. El reloj marcaba las doce de la noche y su esperanza de ser importante para alguien a quien no interesaba nada, se transformó en calabaza con una dura y realista magia. La verdad sin pesados lastres es necesaria palparla cuando te hacen jaque.


María se encontró de cara con el motivo real para no desconectar el teléfono.


Un día de mayo dejo de sentir el aliento a alcohol y tabaco en su cara. Un día de mayo dejó de lijarse la piel con la manopla en la ducha, ese mismo día de mayo supo que sería cuestión de tiempo, el dejarse de ver, sus nuevos pechos de mujer, con la impotencia de la vergüenza; de ver su pubis con ira, de sentirse persona y no el deseo de un desgraciado cabrón. Ese mismo día de mayo su padre murió en un accidente de tráfico. Primavera. Esa primavera se prometió a sí misma no volver a tener miedo jamás.


El teléfono vuelve a sonar.

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