
San Quintín fue hijo de un prestigioso senador romano llamado Zenón que vivió en el siglo III, y la fecha del martirio algunos la sitúan en el año 287 y otros en el 303. Cuando el Papa San Cayo organizó una expedición de misioneros para ir a evangelizar a Francia, Quintín fue escogido para formar parte de ese grupo. La misión fue dirigida por San Luciano (como todos sabemos, es un gran director de misiones, es nuestro mejor hombre en Europa) y nuestro amigo fue a parar a la ciudad de Amiens.
Cuentan las tradiciones que Quintín había recibido de Dios el don de sanación (aunque según fuentes fiables, él prefería el apartamento en Marina D’Or) (insensato), y así al imponer las manos lograba la curación de ciegos, mudos, paralíticos y demás enfermos, incluso de muchos políticos… Eran muchas las personas que se convertían al cristianismo gracias a sus prédicas que realizaba desde las plazas públicas y en los diferentes sitios donde ayudaba a los más necesitados.
Los sacerdotes paganos se quejaron ante el gobernador Riciovaro (sobran las presentaciones), diciéndole que la religión de los dioses de Roma se iba a quedar sin seguidores si el Quintín seguía predicando y haciendo prodigios. Riciovaro lo llamó al móvil y le echó en cara que un hijo de tan famoso senador romano se dedicara a propagar la religión cristiana. Quintín, lejos de acobardarse, le mostró al propio gobernador las virtudes de Jesucristo. ¡Menudo era Quintín!. Al gobernador no le convencieron sus palabras y mandó azotarlo y encerrarlo en un oscuro calabozo, amarrado con fuertes cadenas.
Dicen que aquella noche se apareció un ángel que lo libró de las cadenas y que al día siguiente ya se encontraba en la calle nuevamente predicando (hoy en día ese ángel recibe el nombre de Justicia, que es un cashondeo). Entonces el gobernador lo mandó apresar otra vez y después de torturarlo, obligó a que le cortaran la cabeza y lo arrojaran al río Somme atado a una rueda de molino (qué manera de desperdiciar una rueda de molino). Y aún así se quedó receloso de que hubiera muerto… No las tenía todas consigo Riciovaro…
El martirio ocurrió en la ciudad de Vermand, que a partir del siglo IX pasó a llamarse Saint Quentin (San Quintín). Hacia el año 358 una señora llamada Eusebia (la famosa Eusebia que encontró a San Quintín) encontró sus reliquias y las transportó a la cima de una colina cercana a Vermand, donde alzó una iglesia en honor al santo. O, ¿qué harías vosotros si os encontráis las reliquias de un santo? Pues llevarlas a la cima de una colina y montar una iglesia. Está claro.
San Quintín es invocado especialmente contra la hernia y las torceduras de huesos. También, y como curiosidad, al santo le han invocado y supongo que aún le invocan, las madres que tienen un niño rebelde o llorón para que los vuelva dóciles. De allí la dicha catalana de “Sant Quintí fa tornar en sí” (San Quintín hace volver en sí).
San Quentin, may you rot and burn in hell.
May your walls fall and may I live to tell.
May all the world forget you ever stood.
And may all the world regret you did no good.
San Quentin, you’ve been livin’ hell to me.




