
El muchacho fue retrocediendo en la procesión hasta que el soldado andrajoso se halló fuera de su vista. Entonces empezó a marchar con los demás.
Pero se hallaba entre heridos. El tropel de hombres avanzaba sangrando. A causa de la pregunta del soldado andrajoso, le parecía ahora que su vergüenza era algo que podía percibirse. Iba continuamente mirando por el rabillo del ojo, para ver si los hombres estaban contemplando las letras de culpabilidad que sentía grabadas ardientemente sobre su frente.
A veces miraba a los soldados heridos con envidia. Le parecía que las personas con cuerpos lacerados debían de ser peculiarmente felices. Deseaba que él también hubiese podido ostentar una herida, un rojo emblema de valor.
"El rojo emblema del valor" – Stephen Crane



